Marta Blanco: Carta abierta a los hombres (golpeadores) chilenos

viernes 11 de mayo 2018
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“Ya es hora de contar a las esposas asesinadas. A las hijas. ¿No llegará nunca el día en que una mujer se libere de los golpes de puño, las patadas, las cachetadas, el miedo con que tantas se han acostumbrado a vivir?”. La escritora Marta Blanco hizo esta columna en 2006, sí, ¡hace 12 años!, frente a una seguidilla de actos violentos contra mujeres, que no han cesado. El Periodista la publicó en su portada, para que todos la leyeran en los quioscos, como un afiche. Hoy, años después, cuando nuevamente la sociedad es chilena por varios casos, la reproducimos para seguir tomando conciencia.

Escribe Marta Blanco

Señores jueces, señores fiscales, señores maridos, señores farmacéuticos, señores periodistas, señores contadores, señores curas, señores empresarios, señores militares, señores obreros, señores médicos, señores actores, señores ministros, señores carabineros, señores empresarios, señores abogados, señores obispos, señores profesores, señores y señores:

Recordarán la historia de una niña de diez años que iba a la escuela, corría por las veredas y comía helados. Murió asesinada. ¿Qué pudo haber hecho para terminar degollada como en la guerra, con crueldad y sevicia?

Nada, por supuesto. Excepto vivir en una población periférica y ser hija de la violencia, hábito demasiado común en la familia chilena. Y ser mujer. La violencia familiar es cuestión de género en Chile.

A Jacqueline la fue a buscar su papá al colegio, la llevó a su casa, donde la maniató, la torturó y luego la degolló. Al salir se despidió, “Vuelvo luego, mijita”.

El sinvergüenza se guardaba las espaldas. Seguro que lo declaran loco.

Cuando lo tomaron preso, confesó que la había matado por venganza. Su mujer lo engañaba. “Ahora tengo que pagar no más”. Mató a su hija. ¡La mató, señores!

Está claro que en Chile no se ha derogado la pena de muerte. El homicida de Alto Hospicio fue condenado a cadena perpetua porque no se fusilan delincuentes en Chile. Pero matan a las mujeres con más facilidad que a los perros.

Quemar, apuñalar, envenenar o tirar por la ventana a esposa o hijas es corriente. En esta sociedad tribal y patriarcal, el hombre “en lo propio pega” y a lo propio mata.

Está demostrado: un decreto no anula la pena de muerte. Jacqueline sufrió pena de muerte. Apostaría que su padre no morirá en la cárcel. Si no lo matan los presos, que suelen hacer justicia por sí mismos, será un asesino longevo, ejemplo para los bárbaros que hacen picadillo a sus mujeres, maltratan a madres, suegras, hijas y amantes. La testosterona desatada es más poderosa que la razón entre nosotros.

Siento ira al escribir esta carta, señores y señores. Pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que decirles que la ley es esencial a la cultura. Que no se dicta una ley para dormirse en sus laureles sino para cumplirla. Por la razón o la fuerza.

¿Cuándo llegará el día en que las mujeres se liberen de los puñetes, las patadas y cachetadas, el miedo con que tantas se acostumbraron a vivir?

¡Señores, señores! No me hablen del chador, de la burkha, de la rejilla a través de la cual miran las hijas del Islam. Aquí hay miles de mujeres inteligentes o tontas, feas o bonitas, gordas o flacas. Se visten con blue jeans o traje sastre, se ponen bikinis y van al gimnasio, conducen sus autos o van a su trabajo en metro, en bus. Muchas son profesionales independientes. Hasta que cruzan el umbral de sus casas. Hasta que llega el marido. Hasta que el tipo se embriaga, o se droga, o pierde la chaveta porque no le gustó la cazuela. O qué se yo. La mujer es una propiedad mueble. Creen disponer de ella. Y disponen demasiadas veces.

Señores y señores, lo sé. Muchas se portan mal. Ello no autoriza el asesinato ni legitima quemarla a lo bonzo, acuchillarla quince veces en la puerta del metro, tirarla balcón abajo o lanzar a una hija desde el séptimo piso por la ventana. Tampoco, torturarla y degollarla. Son testigos las vecinas que escucharon los gritos de auxilio.

Y somos testigos de conciencia quienes conocemos demasiados casos. Quienes alguna vez hemos recibido a altas horas de la noche a una amiga, una vecina, una desesperada sangrante. Que las hemos llevado a la posta o a una clínica, porque en las clínicas, señores, no hay carabinero, no se denuncia el hecho, las zurcen, las enyesan, les inyectan un tranquilizante y, en caso extremo, las dejan internadas.

Pero callan.

Recordemos. Las asesinan por dinero, por celos, por crueldad y venganza. Sus abogados alegan ataque de locura irracional, hecho que los excusa ante la ley. A las pobres mujeres muertas, eso sí, nadie las resucita. Guste o no, el milagro ese le ocurrió a Lázaro. A lo mejor sólo los hombres resucitan. Otra de poco hombre. Consideren cuántas mueren porque las viola ese enemigo a domicilio que duerme en su propia cama y después las obliga a abortar si quedan esperando un hijo y las pobres corren a lugares horribles donde se desangran como cerdos destinados a manteca, chuletas, costillares. Sí señores. Dije cerdos.

Escribo con la indignación que provoca el abuso de la fuerza, la violencia metódica y consentida. Que sólo la crónica roja reconozca esta barbarie no la invalida. Hay que gritar pidiendo castigo para los asesinos de mujeres. ¡Basta ya!

Señores y señores: No he escrito con medida ni prudencia. He usado la indignación, el horror, la impotencia, viejas herramientas de los débiles. Yo no soy débil. Soy periodista y escritora y la palabra es mi arma porque es el puerto de la libertad. Necesitamos de la cólera frente a la furia. Muchas veces, ser razonable exige ser irracional.

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Comentario

WASHINGTON HERRERA

Han pasado los años y nada a cambiado, seguimos lamentando hechos que ocurren a diario como los enumera nuestra escritora en su columna, la conducta de nuestros connacionales da vergüenza ajena, por no decir en forma clara, que son unas bestias mal nacidas, tales conductas están en nuestro ADN, que afloran al igual que una enfermedad contagiosa en nuestro actuar, de creerse superior ante la mujer y por ello cometer aberraciones descritas por Ud. Todo esto pasa por la enseñanza que se a dado a los varones desde que nacieron, hagamos historia, desde que nos descubrieron los españoles fueron domesticados como animales nuestros antepasados y las mujeres tomadas para ser preñadas igual que los animales y nacen los hijos de los conquistadores, un mestizaje que con el tiempo practican las mismas conductas de quienes los engendraron, hay muchos estudios sobre el comportamiento de nuestra raza en situaciones extremas, que no trepidan en resolver sus problemas con una agresión física, sabiendo que no será respondida de igual forma por la mujer afectada. Nada a cambiado, lo reitero nuevamente, las políticas de estados, los estamentos del estado, llámese Parlamento, Gobierno, Justicia, Educación y el periodismo en general, no han podido generar medidas drásticas en tratar este problema de convivencia sana entre la pareja, si ahora desde el pololeo ya el macho castiga a su compañera, sin importarle sus consecuencias y que decir después en vivir como pareja, el vasallaje es peor, con derecho o sin derecho ante la Ley, es por eso lo señalado en todo sus estratos sociales, se manifiestan de igual forma y dependiendo del nivel social serán sancionados como Ud. lo describe, amparándose en los resquicios que da la ley, para no ser castigado, por ser violento.
La felicito a Ud. nuevamente por su columna y al diario por su puesta en escena, en un tema que esta en portada y en la conciencia de muchos en nuestro país, y la vez que la educación en los colegios y universidades, sea tratado con altura de mira, para el bien de nuestras familias que componen nuestra sociedad.

martes 15 de mayo 2018 a las 02:48
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