La hallulla y la marraqueta

martes 26 de diciembre 2017
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Ahora todo lo bueno es pecado mortal. O sea, siempre lo fue. Hace una diferencia la ignorancia.

Escribe Marta Blanco*

A la hallulla y la marraqueta les quitaron la sal. Quedaron de malas que no les cuento. Eran el mejor pan del mundo. Y no es broma, el mejor. La marraqueta fue la miss Chile del pan fresco. Caliente, crujidora, de olor seductor entre los que se incluía la espectacular levadura, ese misterio que eleva las masas y las infla y las corrompe ayudada por su comadre doña sal, pecadora como una mujer bíblica, hacedora de males infinitos en el cuerpo humano, delicia entre las delicias y siempre al alcance de la mano, era la reina del regreso del colegio y del gran desayuno que nos despertaba con el olor del café y ¡la marraqueta!

Yo las conservaba en un canasto envueltas en una servilleta, sobre la Comet. Así, los atrasados siempre podían llevarse medio pan con mantequilla rumbo al colegio.

Qué buena era esa vida. La Comet, a pura parafina, no echaba olor, era barata, los “que trabajan” sabíamos que la citroneta y la parafina nos permitían llegar a fin de mes sin neumonías, asmas, bronquitis y sin niños en las urgencias del Calvo Mackenna. Genial, la llegada de la Comet. Fue como la del hombre a la luna para nosotros: increíble.

Ahora todo lo bueno es pecado mortal. O sea, siempre lo fue. Hace una diferencia la ignorancia. Ya no compro marraqueta. Son más lánguidas que la viscosa, pálidas que dan susto y desabridas. Yacen en unos estantes de los que se aleja el buen gourmet. Más encima las entregan en bolsas de plástico, asesinato pagado se llama este acto criminal.

¡Quééé lata! La carne roja tapa las arterias, el azúcar es una con la diabetes, todo –hasta respirar– sube la presión; la papa, la notable papa vestida de franciscano es perversa, nuestro gran aporte a la alimentación mundial, original de la cordillera de los Andes, es ahora una piltrafa desdeñable. Solo en Chiloé se dan más de cien especies diferentes de papas. Pero la prohíben los médicos, las nutriólogas, y nos hemos despedido de la cocina chilena, esa que los chilenos medio relamidos dicen que no es cocina. Lo siento, señores. A mí me gusta la cazuela de vaca, cuya carne se debe cortar con cuchara, ¡ojo!, cuidado que se asome el cuchillo en el plato o usted no es de campo ni de “picá”. No señor.

Quien niegue las delicias del pastel de choclo con pino y “trutro” de pollo dorado en fuente de greda (si tiene suerte, de greda negra sureña) al horno, hirviendo que se las pela, ese es un guiso extraordinario. El maíz –llamado en el austro choclo– es un alimento salido directamente de la mano de Dios.

El indígena andino, de notable fuerza, entereza, habilidad con el arte, la construcción y la agricultura, se mantuvo por siglos con maíz y hoja de coca. Y no arrisquen la nariz, todo aquel que vive a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar y hace labores de esfuerzo, si no masca hoja de coca muere asfixiado, le falla el corazón y no sirve para nada. No será usted de los que creen que la droga es el super descubrimiento de los niños y adolescentes. La droga no es dañina. Los seres humanos descubren siempre cómo no entrar al Paraíso… Quienes han llenado el planeta de drogados (y Chile está corriendo peligro) son seres de mala índole que matan por unos pesos y pavimentan su camino al infierno.

No nos enojamos lo suficiente con los malos, hasta en esto los chilenos somos apabullados y medio mustios… Soy partidaria de leyes fuertes y cárceles humanas, dignas y modestas, pero no las vergüenzas que están sobrepobladas y hoy nos humillan como país, donde sufren los presos, los guardias y las familias. No se está en una cárcel por premiado, pero un delincuente o un pecador siguen siendo seres humanos.

Claro que estoy a favor de ponerle unos granitos más de sal a la marraqueta. ¡La desnudaron! Ya no tiene gusto ni gracia. Unos granitos más a una que otra, cosa de sacarse la lotería si nos sale una de esas en el pan de la casa.

Y comamos comida, no esos minúsculos montoncitos de verduras cocidas y adiós a los postres, pero igual compran tortas y queques y churros y ¿quién hizo este año sopaipillas bañadas en chancaca?

Se hace tarde. Las reminiscencias son peligrosas. O lateras. Espero haber saltado esa valla.

A esta hora ¡qué daría por una sopaipilla caliente! Pero es la hora de dormir, ¡oh!, tentaciones. 

Y que se apiaden de nosotros, los exportadores de fruta y nos dejen unas pocas ciruelas con jugo, duraznos grandes, maduros y suculentos, peras de agua, las mejores uvas de varios colores y una gran sandía también. Buenas noches, amigos. Y no olviden: hay que comer a la antigua solo a veces… pero hay que comer comidas cocinadas al lento hervor de la propia casa, nadie debe olvidar que tiene un hogar.

*Escritora y Periodista

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