Regreso al mal cine de terror

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SilvaA lo largo de la historia del cine, ha habido películas de terror muy famosas que se han destacado por sus historias escalofriantes. Pero al mismo tiempo, hemos tenido películas de terror que lo único espantoso de ellas es que los estudios de cine autorizaron su producción.

Por Matías Silva Alliende, abogado

Lo mismo pasa en política. El miedo como herramienta política ha sido utilizado en el pasado, en algunos casos con éxito. Es el miedo el que catapulta a Bush Jr. a su segundo periodo en Estados Unidos. Pero la característica del miedo como herramienta política es que es limitada, en algún momento nos cansamos de tener miedo y lo enfrentamos.

El ridículo intento de las campañas del conservadurismo chileno de revivir el miedo, no toma en cuenta el cambio de escenario, pretenden repetir los mismos absurdos argumentos. Como esas malas películas de terror, donde la jovencita se cae diez veces antes de que el monstruo la atrape. O que cuando matan al monstruo, se acercan a ver si está realmente muerto y ¡obvio! ¡En ese momento revive!

Así, los agoreros del miedo sacan de contexto, toman una frase y pretenden tachar con ella al otro de violento, cuando la cita completa critica el camino de la violencia. Pretenden usar el miedo a su favor.

Olvidan que lo que caracteriza a la democracia pluralista es la instauración de una distinción entre las categorías de enemigo y de adversario. Esto significa que en el concepto del “nosotros” que caracteriza a la comunidad política, no se verá en el oponente un enemigo a abatir, sino un adversario de legítima existencia. Se combatirán con vigor las ideas, pero jamás se cuestionará su derecho a defenderlas. En este contexto nadie anda vestido con la máscara del malo de “Scary Movie”.

Distinguido de esta manera el antagonismo y el agonismo, podemos comprender por qué el enfrentamiento agonal, lejos de representar un peligro para la democracia, es en realidad la condición misma de su existencia. Es más, la democracia no puede sobrevivir sin ciertas formas de consenso-que han de apoyarse en la adhesión a los valores éticos-políticos que constituyen sus principios de legitimidad y en las instituciones en que se inscriben-, pero también debe permitir que el conflicto se exprese y eso requiere la constitución de identidades colectivas en torno a posiciones diferenciadas, sino no se justifica un sistema de partidos políticos. Es necesario que los ciudadanos tengan la posibilidad de escoger entre alternativas reales.

Para que esta diversidad se pueda dar con las condiciones para expresarse, debe entrar en escena la multiplicación de las posiciones de sujeto democráticas según dispositivos que permiten a las diferentes posiciones enfrentarse en el seno mismo de lo que reconocen como constitutivo de su espacio político común. Por eso es indisociable la instauración de un pluralismo agonístico. Únicamente con esta condición se podrán orientar las pasiones políticas hacia la confrontación democrática antes de su sometimiento a otros propósitos. A fin de dar forma al disenso sobre la interpretación de principios en un marco democrático, lo más adecuado para proporcionar polos de identificación son las concepciones diferentes de la ciudadanía.

El objetivo de una política democrática, por tanto, es multiplicar los espacios en los que las relaciones de poder estarán abiertas a la deliberación democrática. En la proliferación de esos espacios con vistas a la creación de las condiciones de un auténtico pluralismo agonístico, tanto en el dominio del Estado como en el de la sociedad civil, se inscribe la dinámica inherente a la democracia. Me parece que hay aquí una idea que podría permitir la cristalización de la democracia capaz de responder al desafío, tanto teórico como político, que, en el inicio del siglo XXI, constituye la herencia de la modernidad.

Ciertamente esto es posible a pesar de que algunos malos imitadores de Freddy Kruegger, Jason o Chuky, echando mano a los clásicos clichés del cine de terror sigan metiendo miedo. Ignorando que la gran mayoría ya sabemos detectar estas malas películas de terror y sus aburridos finales. Hemos aprendido a enfrentar el miedo, lo hemos mirado a los ojos, las advertencias de los traficantes del miedo no pueden seguir impidiendo los cambios. Aunque a unos pocos les beneficie el terror, la esperanza de cambio es para todos nosotros la estrategia conjunta más adaptativa. Las conocidas campañas del terror desplegadas están en retirada, al menos en términos de efectividad. Con una ciudadanía cada vez más informada y con menos temores concretos a la falsa hecatombe, los creativos del miedo deberán pensar en otras estrategias. El dialogo de la democracia plural puede ser una excelente idea a seguir.

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