¡No tenemos los mismos valores!

jueves 18 de julio 2013
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Daniel Ramirez, philosopheEs difícil de concebir, pero hay que decirlo claramente: los demás, no solo piensan y valoran de hecho diferentemente a nosotros, sino que tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Es una exigencia ética, aunque no nos guste.

Por Daniel Ramírez,Doctor en filosofía, Université Paris-Sorbonne.

En otras épocas, los valores fundamentales eran casi los mismos para todos, venían dados por la religión y la concepción dominante del mundo. En la era democrática esto no es así. Una gran variedad de valores, a veces opuestos, coexisten. Este pluralismo puede tomar la forma exacerbada de una “guerra de los dioses”, como si un nuevo politeísmo viera la luz, el politeísmo de los valores (1). Eso significa que nos oponemos en cosas fundamentales.

Educación, cultura, lengua, tradiciones, ideas viejas y nuevas, ejemplos que admiramos, influencias y modas, experiencias de vida, lecturas, películas que nos han marcado; todo ello concurre a formar nuestro mundo de valores morales, éticos, políticos, a veces religiosos, sexuales, estéticos… Costumbres, maneras de ser y de convivir, de amarse y de procrear, de trabajar y de crear. Dignidad humana, respeto a la naturaleza, religión, pareja, educación, justicia social, aborto, derechos de los homosexuales, culturas originarias; todo ello es evaluado, sopesado y así vamos construyendo nuestra identidad ética. Ella nos permite orientarnos en la vida.

Y es fundamental pensar y aceptar que los diferentes seres humanos no tenemos los mismos valores ni las mismas concepciones respecto a las cosas importantes.

Si esto no fuera así la sociedad seria uniforme, pobre en ideas, e incluso aburrida. Por otra parte, nuestro mundo de valores puede cambiar, si acaso permanecemos abiertos a nuevos descubrimientos y a los valores de otros. ¿Lo hacemos?

Es difícil de concebir, pero es fundamental decirlo claramente: los demás, no solo piensan y valoran de hecho diferentemente a nosotros, sino que tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Es una exigencia ética a la cual muchas veces nos gustaría escapar.

¿Que implica esto? Por lo pronto, que no son forzosamente “enemigos”.

Es normal y humano preferir cultivar relaciones con personas que comparten nuestros valores de existencia. La amistad, las afinidades electivas son terreno de enriquecimiento y nos sentimos reforzados al compartir nuestras preferencias.

Pero la vida no transcurre solo con quienes que valoran (y son) como nosotros.

Por otra parte, los seres más queridos, nuestros amigos del alma, no los queremos especialmente porque piensen como nosotros, ni porque sean como nosotros. Los amamos porque son como son, es decir, ellos mismos… Por eso sentimos que enriquecen nuestra vida.

¿Qué hacer entonces con quienes piensan de manera muy diferente? ¿Estamos obligados a despreciarlas o detestarlas? Parece evidente, intelectualmente y éticamente, aunque no nos guste, que la respuesta correcta es NO.

Hay sociedades (y períodos) donde las diferencias de valores conllevan rechazo profundo y odio, un clima de aversiones y la costumbre de no frecuentar en lo posible a quienes profesan y cultivan valores que rechazamos, ideas que detestamos, ideologías que nos enervan y que querríamos ver desaparecer. De esa manera nos reforzamos los unos a los otros en nuestras convicciones, sin darnos cuenta nos vamos encerrando en un pequeño mundo conocido, que va perdiendo la posibilidad de cambiar, de ensancharse, de enriquecerse.

Algunos dirán: ¡Qué! ¿Enriquecerme de… “esa gente”? ¡Jamás!

Sin embargo quedó claro que ellos tienen derecho a existir, a creer lo que creen y a cultivar sus propios valores… Claro, tal vez nos arrepentimos de haber establecido eso.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo podremos vivir juntos? ¿Cuál es la actitud ética frente a quienes piensan y más aún, viven de manera totalmente distinta que nosotros?

Yo pienso que una ética de la diversidad debe ser posible (2).

¿Cuál será la solución si no? ¿Echarlos al mar? ¿Dividir el país en dos? Lo primero es criminal (ya se ha hecho, por cierto), lo segundo irrealizable.

Si ya nadie aspira a ser dictador, a perseguir a quienes no piensan igual –hemos conocido eso–, si lo consideramos como un pasado indigno, estamos obligados a defender el derecho de pensar, no solo el nuestro –no faltaba más–, sino de quienes piensan lo contrario (3).

Hay un placer en rechazar, ridiculizar y caricaturizar sus opiniones. Da un sentimiento de pertenencia, una identificación: unirse en el desprecio a cierta gente. ¿Por qué privarse de tal placer? Simplemente por deber. Por coherencia, por exigencia ética. Es un placer inútil (e insano).

¿Qué hacer? Discutir, refutar, argumentar. Pero claro, para ello hay que conocer. ¿Escuchamos realmente a las personas que piensan diferente a nosotros? ¿Los leemos? Cuando discutimos, ¿Cual versión intentamos refutar? ¿La de ellos o las de nuestros amigos, es decir, una versión deformada, exagerada, caricatural?

Una regla ética de base para discutir es afirmar el respeto por quien tenemos al frente (4).

Otra es tomar siempre la mejor versión, la más argumentada, la más sólida, de nuestros adversarios. No es digno criticar y refutar versiones deformadas. Si nuestros adversarios practican el mismo deporte: deformación, caricatura, intolerancia –lo cual es lo más probable– no hay que ceder a ello.

El desafío ético entonces es 1) no participar en controversias o polémicas más que con interlocutores que considero inteligentes, informados, dignos. 2) No discutir otra cosa que las mejores versiones de sus ideas.

Si pensamos que la sociedad es de todos (¿lo pensamos?), no hay mil soluciones: La vía de la intolerancia y de la agresión –hay ejemplos históricos de adonde conduce esta “solución”–, o elevarnos a nosotros mismos, ensanchar nuestro mundo de valores, abrir nuestras perspectivas.

El asunto no es tanto imponer nuestras ideas y vencer. Lo primero es ser dignos de ello.

 1 La expresión es de Max Weber: “El político y el científico” (1918), Alianza Editorial, 2005.

2 Eso siempre se ha llamado, en su versión minimalista “pluralismo”, solo que no lo tomamos suficientemente en serio. Una ética de la diversidad debiera incluso ir más lejos que un simple pluralismo, que puede contentarse con una coexistencia indiferente, en la medid en que se evite la violencia. Por supuesto esto sería muy largo de explicar aquí.

3 Podemos recordar la frase atribuida a Voltaire: “Estoy en completo desacuerdo con sus ideas, pero lucharé hasta el final por su derecho a defenderlas”. En realidad esta cita es apócrifa, pero eso no es lo importante.

4 Jurgen Habermas ha establecido una lista de actitudes de una «ética de la discusión» en “Conciencia moral y acción comuncativa” [1985]. Península, Barcelona. Ver también: Kart-Otto Apel: “Teoría de la verdad y ética del discurso”, Paidós, Madrid, España, 1998.

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Comentarios (11)

hernan

Estoy de acuerdo en el planteamiento. Dejad que todos los capullos florezcan (pero no la maleza). No estoy de acuerdo en que sea nuevo. ¿Qué hay de nuevo bajo el sol? En la antigua Atenas se discutía todo, había los planteamientos más opuestos, unos abominaban de los dioses (eran más ateos y materialistas que Marx) y otros les honraban, y así. Quizá por eso fue grande Atenas.
Además, les encantaba discutir, tanto como a los bárbaros pelear.

jueves 18 de julio 2013 a las 22:29
1

Gracias por este espacio de reflexión, dentro del texto extraño conceptos como la moral( presente y oermanente en el pensamiento filosófico) y el relativismo de los conceptos e ideas de mundo de hoy.

sábado 20 de julio 2013 a las 13:50
2
Davide

El hecho del pluralismo es el factum de la globalización y de la era de las tecnologías de la comunicación, o tics. A un colombiano escuche definir el actual panorama de la ética como la del modus vivendi, como el tiempo en que hay que aprender a convivir con los que son enemigos, y a trabajar con ellos colaborando siempre en cierta medida. Esta percepción extrema estaba ya en la nausea de Sartre, pero en estos tiempos de la aldea global cobra un sentido nuevo y cibernético además. La única libertad posible, la del pensamiento, no se transa en un mercado de valores, que son las redes en que se van tejiendo las simpatías.

sábado 20 de julio 2013 a las 14:56
3
Alicia PErsico

la confrontacion en el marco de respeto y el afecto por el otro ser humano es necesaria , si no confrontamos no ponemos nuestras ideas no defendemos una forma de pensar , no aclaramos o reafirmamos….. no hay desarrollo , no activamos nuestro pensamiento se adormece….pero no siempre tenemos claro que el otro tiene los mismos derechos , entedemos la discusion como campo de batalla donde el fin es ganar no dar a conocer , y para ganar usamos todas las herramientas, minimizar, descalificar e insultar, desde una postura siempre de prepotencia…

sábado 20 de julio 2013 a las 15:31
4
Irmela Eckermann Ludwig

Un buen debate es gratificante cual música de Mozart.
Una discusión a ras de piso: porfía, pérdida de tiempo.

sábado 20 de julio 2013 a las 19:58
5

Lo mismo va pasando con nuestro lenguaje corporal, vamos repitiendo los mismos movimientos, adoptamos las mismas posturas, se nos olvida lo ondulante, lo circular, el reptar,gatear, el saltar, bailar de diferentes modos, caminar a distintos ritmos, viva la apertura y los diversos lenguajes!!

sábado 20 de julio 2013 a las 22:37
6
Oscar Vasquez

querido Daniel, podrías escribir, o agregar algo a esta crónica, respecto de que hacer cuando aquellos que no piensan como nosotros, que profesan valores que no nos gustan, a veces detestables… se ponen, no solo a pensar, si no que a ACTUAR de manera detestable… o sea, cuando se puede justificar nuestra acción contraria, para imponer nuestros valores, aunque sea por la fuerza… pienso en un ejemplo (pero hay muchos más) de las sociedades, tribus o grupos que practican la escisión a las niñas… ¿puede una ley internacional, basada en nuestros valores, imponerse por la fuerza? Dejo planteada la pregunta a su sabiduría…

lunes 22 de julio 2013 a las 14:48
7

En realidad se trata, como algunos lo ha visto, de una posición relativista; creo que no hay que temer esta expresión. Se trata de un relativismo moral de diálogo y de apertura, que va más allá que el simple pluralismo de las sociedades liberales. Y no se trata, como dice Davide, que ello se parezca a un “mercado de los valores”. Dialogar no impide estar fuertemente en desacuerdo pero significa de alguna manera colaborar; al menos a enriquecer el espacio de intercambio y los lenguajes humanos.
En la naturaleza, contrariamente a lo que expresa la fórmula “la ley de la selva”, hay muchos más ejemplos de colaboración y de simbiosis en la diversidad, que de competencia. Así, aunque nos opongamos en las ideas, damos lugar a lo que Alicia llama “la confrontación en el marco de respeto y el afecto por el otro ser humano”, lo cual por cierto excluye la descalificación y el insulto.
La metáfora de Carmen sobre los lenguajes corporales me parece acertada: variar las posturas, los movimientos, las sensaciones (en el diálogo es igual); todo ello no es posible más que en el marco de una confianza de base que debe constituir el espacio democrático. Nadie se atreverá a gatear, ondular o reptar, aunque su cuerpo se lo pida, si se tiene al frente alguien que está siempre pronto a la caricatura y a ridiculizar al otro.

lunes 22 de julio 2013 a las 16:25
8

Contesto ahora a Oscar Vasquez, quien me permite con su observación introducir un concepto que no tenía lugar para explicar en el texto.
Es evidente que frente a las atrocidades que cometen algunos brutos empedernidos como los talibanes en Afganistán: flagelaciones, lapidaciones, etc., el optimismo moral de diálogo que yo propongo parece frágil. ¿Qué hacer?
El concepto que falta es el de un “espacio de interacción moral” (llamémoslo EIM). Juzgar, comparar y actuar moralmente presuponen que exista un EIM, es decir, al menos un lenguaje común. Cuando un mafioso de Chicago, de Seul o de San Petersburgo comete un crimen, aunque las leyes no se apliquen, es condenado moralmente por los norteamericanos, los rusos y los sudcoreanos. Porque existe un “espacio de interacción moral” común; valores, lenguajes, racionalidades que comparten una parte significativa de elementos comunes.
¿Qué hacer entonces frente a las atrocidades? ¿Invadir? ¿Mandar cambiar el gobierno de esos ignorantes irredentos? Los G.I. de G.W. Bush lo hicieron. ¿Resultado? Algunos años en que algunas mujeres pudieron sacarse la “burqa” y respirar; y algunas parodias de elecciones. Pocazos años, por cierto, ahora están poniéndosela de nuevo el feísimo atuendo ya que parece evidente que los talibanes tarde o temprano se recuperarán el poder. La razón es que esos norteamericanos no tenían ni la intención ni la capacidad (ni el “savoir faire”) de forjar un EIM. Una victoria militar y una superioridad material no aseguran en absoluto una victoria moral.
Si se descubre una tribu aislada en el Amazonas (el gobierno peruano acertadamente ha prohibido visitarlos) que cortan y reducen cabezas, eso nos parece chocante. Pero ¿con qué legitimidad vamos a ir a intervenir? Y, si lo hiciéramos, ¿Cuál sería la eficacia? No tenemos el más mínimo EIM, lo único que podemos hacer es destruir su contexto cultural, con consecuencias sin duda peores, decadencia, alcoholismo, violencia.
Cuando una buena parte de los gobiernos africanos (no todos democráticos, por cierto) han prohibido la práctica innoble de las mutilaciones sexuales femeninas, no están actuando como los G.I. norteamericanos, la medida se inscribe en un incipiente EIM; las personas que quieren seguir practicando la excisión, aunque no estén de acuerdo y protesten vivamente, entienden las razones de los gobiernos que lo prohíben. Es el comienzo del fin (de ese tipo de prácticas).
El optimismo del diálogo que propongo, aspirando a respetar el derecho a valorar diferentemente, y esperando la constitución de una ética de la diversidad, no vale más que AL INTERIOR de un Espacio de Interacción Moral (EIM) común o al menos en formación…
Al exterior, de Hernán Cortés a Bush, nadie ha encontrado la solución. La dimensión ética no es el mundo de Marvel o de Disney: los buenos contra los malos… es un desafío a la construcción de espacios de interacción moral en contextos complejos, en los cuales razones, ideas, argumentos, puedan existir y venir en refuerzo a sentimientos, valores, ideales… El mundo de la vida humana es una responsabilidad. Para asumirla hay que construir puentes, espacios comunes.

martes 23 de julio 2013 a las 09:03
9
hernan

Oscar V.: Qué derecho tiene una cultura extranjera a imponer sus cánones? Absolutamente ninguna. La circuncisión masculina y femenina que se practica en Africa, M. Oriente, lugares de América, Australia, corresponde a sus visiones del mundo. A ellos podrá parecerles repugnante la pornografía, por ejemplo. O que niños se mueran de hambre en las calles.
Las costumbres guerreras de los indios amazónicos, semejantes a las que tenían los celtas por ejemplo, también son de suma importancia; F Huxley decía que al impedirlas con el prisma occidental, se generó la principal causa de degeneración y desaparición de estas tribus, en lo cual estoy de acuerdo.
Más vale que no destruyamos la naturaleza, que no asesinemos a distancia con drones, antes de que hipócrita y estúpidamente estigmaticemos costumbres de otros pueblos.

martes 23 de julio 2013 a las 21:50
10
Patricio Rojas

Tolerancia, respeto, diálogo, democracia, libertad … Todos esos valores son el resultado de un largo proceso, fruto de la reflexión y de batallas. Y son discutibles, perfectibles. ¿ Qué hacer frente a los que no defienden ideas, sino que proclaman la « revelación » de un dios ? ¿Se puede discutir con los que te imponen la sumisión al dogma como única alternativa de existencia ?

lunes 29 de julio 2013 a las 10:00
11

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