Chile y la Guerra de Malvinas: El rol de la Armada (texto completo)

miércoles 17 de septiembre 2014
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MerinoLa decisión de colaborar con Londres fue tomada por el almirante José Toribio Merino cuando las fuerzas argentinas aún no desembarcaban en Puerto Argentino. Se habría iniciado a fines de marzo, con la entrega en Santiago de una carpeta con información sobre la marina trasandina al recién llegado agregado de defensa británico en Santiago.

El camino hacia una solución pacífica del conflicto del Beagle, que en diciembre de 1978 había llevado al borde de una guerra con Argentina, se veía muy incierto desde Chile en abril de 1982 cuando, bajo la presión de una muy negativa evolución del escenario interno, el régimen militar argentino que encabezaba el general Leopoldo Fortunato Galtieri ocupó las islas Malvinas.

Las autoridades militares chilenas, que desde febrero tenían indicios de que Buenos Aires preparaba algo, no sintieron alivio cuando se evidenció que el objetivo de Buenos Aires era el archipiélago bajo dominio británico y no las islas australes de Chile. Era una evolución ominosa, que ocurría cuando la mediación papal aceptada en 1979 estaba estancada.

La institución más preocupada era la Armada, cuyo mando estimó que a la consolidación de la ocupación de las Malvinas seguiría el establecimiento de una base naval transandina en esas islas. Ello se sumaría al reequipamiento de la marina argentina, que ya estaba recibiendo los aviones de ataque Super Etendard comprados en Francia y esperaba seis nuevos destructores y cinco nuevos submarinos que ya estaban en construcción en Alemania. Disponer de una base naval en esas islas daría a Argentina profundidad estratégica -espacio para operar desde bases logísticas fuera del alcance del enemigo- en el escenario marítimo austral. Ambos países carecían de profundidad estratégica marítima en diciembre de 1978, cuando sus flotas estuvieron a punto de enfrentarse, pero la marina chilena lo compensó mediante los fondeaderos protegidos preparados en los canales australes, que fueron un factor de ventaja a su favor.

Los analistas de la Armada preveían que un precedente exitoso en las Malvinas, además de generar ventajas para Buenos Aires, iba a alentar un golpe de mano sobre las islas australes. El alto mando naval, encabezado por el almirante José Toribio Merino, concluyó que  la consolidación del control argentino sobre el archipiélago malvinense iba a ser negativa para la seguridad del país y que, en consecuencia, ayudar al Reino Unido a evitarlo sería favorable al interés nacional. Además, las crecientes dificultades internas que enfrentaba el gobierno militar transandino se agravarían con una derrota militar a manos de los británicos.

Los Temores de Pinochet

La decisión de colaborar con Londres fue tomada por Merino cuando las fuerzas argentinas aún no desembarcaban en Puerto Argentino (Port Stanley). Se habría iniciado según fuentes calificadas a fines de marzo, con la entrega en Santiago de una carpeta con información sobre la marina argentina al recién llegado agregado de defensa británico en Santiago, el capitán de navío de la Armada Real, Malcolm Johns. Simultáneamente Merino informó de sus intenciones al general Augusto Pinochet, quien inicialmente se opuso a la idea, argumentando que ella generaría incidentes que podrían desrielar la mediación papal en el diferendo del Beagle.

La actitud de Pinochet era coherente con la conducta que había mantenido siempre frente a la disputa con Argentina, donde en la cumbre de enero de 1978 que sostuvo con su homologo transandino Jorge Videla en Mendoza cometió el error estratégico de ofrecer dividir las islas australes, en una iniciativa que no había consultado con la Junta Militar y que fue después rechazada por sus otros tres integrantes con Merino a la cabeza. Durante 1978 Pinochet había continuado desarrollando una diplomacia paralela, usando para ello nada menos que al ex jefe de la represión interna, general (R) Manuel Contreras, sin resultado alguno salvo generar una impresión de debilidad y desesperación que alimentó el apetito de los halcones argentinos, debilitando con ello la diplomacia oficial del Canciller Hernán Cubillos.

El almirante Merino no aceptó los reparos de Pinochet. Puntualizó que la Mediación estaba en ese momento en punto muerto, luego del rechazo en Buenos Aires en marzo de 1981 de la propuesta de solución presentada a fines del año anterior por el enviado del Papa, cardenal Antonio Samoré, y el nulo avance logrado posteriormente que incluso tenía al Vaticano considerando la opción de retirar sus oficios. El marino subrayó que la junta militar argentina sólo estaba dilatando, mientras usaba el tiempo para seguir armándose y preparándose para agredir a Chile, y que la consolidación de la ocupación del archipiélago malvinense se constituiría a la vez en un precedente y en un aliciente para aplicar una acción de fuerza similar en la zona austral. Planteó que sólo cabía ayudar a Londres y ver que los militares argentinos terminarán lo más debilitados posible.

Incapaz de oponer mejores argumentos y resignado a que su negativa no iba a detener al almirante, Pinochet aceptó la colaboración de la Armada con los británicos a condición de que fuese clandestina, no involucrase participación directa en acciones contra Argentina y se suspendiese de inmediato si había filtraciones o incidentes reveladores. Para protegerse a sí mismo el general exigió que, en caso de descubrirse, se entendiera que la colaboración había tenido lugar sin su autorización y conocimiento. La actitud de Pinochet no sorprendió al almirante, ya que había evidenciado el mismo temor y vacilación antes del golpe de Estado de septiembre de 1973. La gestión de Merino allanó el camino al jefe de la FACH, general Fernando Matthei, quien después también obtuvo autorización de Pinochet para apoyar a Londres bajo las mismas condiciones.

El apoyo de la Armada a Londres

Ya con el acuerdo de Pinochet, Merino ofreció a los británicos continuar compartiendo información de inteligencia recabada por la Armada sobre su congénere argentina, apoyo logístico y postergar la recepción de dos naves ya adquiridas al Reino Unido. Estas últimas eran el petrolero de flota RFA “Tidepool”, que ya navegada por aguas del Pacífico hacia Valparaíso, donde estaba prevista su incorporación a la Escuadra con el nombre de “Almirante Montt”; y el destructor HMS “Norfolk”, que debía cambiar de bandera en la base naval de Portsmouth el día 7 de abril, pasando a llamarse “Capitán Prat”. Londres aceptó la devolución del petrolero, que volvió a cruzar el Canal de Panamá para recalar en Curazao, donde sus tripulantes chilenos fueron reemplazados por británicos y cargó combustible antes de partir hacia el Atlántico Sur. El uso del destructor, que estaba con armamento incompleto, fue descartado.

La oferta de apoyo logístico desde Chile fue también aceptada, y el petrolero “Araucano” de la Armada fue despachado de inmediato hacia aguas cercanas a la Antártica, donde algunos días después del 2 de abril se encontró con el buque de patrulla polar británico HMS “Endurance”. Este último, que se había quedado sin su base logística más cercana tras la ocupación de Puerto Argentino, recibió de la nave chilena combustible y suministros, que le permitieron sostenerse hasta la llegada de la avanzada de las fuerzas de tarea enviadas por Londres. Según fuentes calificadas, el “Araucano” habría realizado después una segunda entrega de suministros a los británicos.

La nave chilena, que era esencialmente un buque comercial de transporte de combustible y carga seca, pero equipado con medios técnicos para hacer transferencias en el mar -maniobra Logos en jerga naval- estaba pintada con los colores correspondientes a una nave mercante de diseño similar, perteneciente a una naviera germana con sede en Hamburgo, y enarbolaba también una bandera alemana. Su “maquillaje”, que había sido preparado y empleado por primera vez en la crisis de diciembre de 1978, incluía modificaciones a su apariencia mediante la aplicación de paneles ad-hoc confeccionados en madera al puente de mando y módulos más pequeños de madera terciada para ocultar su armamento defensivo. En la misma línea, la tripulación del “Araucano” también llevaba overoles civiles sobre sus uniformes.

La Armada también permitió, a petición de la FACH, que un avión británico Nimrod R.1 de inteligencia electrónica operase desde sus instalaciones en la isla San Félix entre el 9 y 17 de Mayo de 1982.

La información de inteligencia de que disponía la Armada sobre las fuerzas navales argentinas era de primer orden pero los británicos, que no querían revelar sus planes a los chilenos, nunca hicieron peticiones precisas en ese ámbito. Sin embargo, la información que recibieron sobre los movimientos y la posición del crucero argentino “Belgrano” habría sido clave para poner a los británicos en condiciones de atacarlo y hundirlo.

Las informaciones más actualizadas disponibles hoy, incluyendo información desclasificada en los EEUU y el Reino Unido, indican que Londres no recibió información de origen satelital hasta mucho después. Es por ello que las autoridades británicas no dispusieron de información similar sobre la posición y movimientos del portaaviones “25 de Mayo”, que era en realidad el principal objetivo de sus submarinos nucleares, debido a que la marina chilena sólo podía monitorear los movimientos argentinos en la parte más austral del Atlántico Sur.

“Observadores” al servicio de Chile alertaron el 16 de abril del zarpe desde Puerto Belgrano del crucero, que fue pocos días después ubicado y monitoreado por aviones P-111 de la Aviación Naval que operaban desde Punta Arenas, empleando radares y equipos MAE que detectaban e identificaban el origen de emisiones electrónicas, cuando la nave navegaba mar adentro frente al Estrecho de Magallanes.

El “Belgrano” se detuvo dos días en la Isla de los Estados, donde hizo prácticas de artillería, enfilando después hacia el Canal Beagle para recalar en Ushuaia, donde entre el 22 y 24 de abril se reabasteció de combustible y suministros antes de regresar al Atlántico Sur. El navío argentino era monitoreado ahora por aviones que operaban desde Puerto Williams. La Armada también estaba interceptando y descifrando mensajes codificados de la flota argentina, aunque extraer esa información tomaba más de tiempo.

La inteligencia generada por la combinación de monitoreo aeronaval y descifrado de mensajes, que fue entregada por la Armada a los británicos y derivada por estos desde Londres, permitió que el comandante del submarino de propulsión nuclear británico HMS “Conqueror” conociera la ubicación exacta del “Belgrano” desde el 30 de abril, y pudiera atacarlo y hundirlo en la tarde del día 2 de Mayo de 1982, tras recibir las órdenes respectivas.

Aunque pocos días después fue vengado con el hundimiento del destructor británico HMS “Sheffield”, la pérdida del “Belgrano” tuvo tal impacto -perecieron 323 de sus mil 97 tripulantes- que el mando naval argentino descartó toda futura acción ofensiva de superficie, retirando la flota a su base o a puntos cercanos a tierra en el litoral. Ello indudablemente facilitó la recuperación de las Malvinas por parte de los británicos.

La derrota debilitó al gobierno militar argentino, forzando el inicio de una transición que culminó a fines de 1983 con la elección del gobierno del Presidente Raúl Alfonsín, allanando el camino hacia la solución definitiva de la disputa con Chile por las islas australes en 1985.

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Comentarios (11)

Juan Carlos

Lo más divertido de todo esto es que la ex Primer Ministro Margaret Thatcher estuvo pintando el mono, agradeciendo a Pinochet por la colaboración de 1982, e incluso defendiendolo cuando estuvo detenido en Londres entre los años 1998 y 2000.

Los verdaderos responsables de ayudar a los británicos fueron Merino y Matthei.

Ya me parecía raro que el Ejército no hubiera dado ninguna colaboración. Claro, si Pinochet estaba en contra.

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