Más allá del día 13

lunes 11 de enero 2010
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foto-FreiLa tentación de escribir sobre el ambiente previo a la elección del 13 de diciembre se reduce al plantearse sobre los temas posibles de abordar. En la práctica tenemos tres candidatos con propuestas de ideas programáticas –nótese la expresión que alude directamente a la falta de contenidos– expresadas en una suerte de listado amplio de medidas o acciones a realizar que, en la práctica, no plantean modificaciones sustantivas, en términos de cambios u objetivos, a lo que ya conocemos hasta ahora.

En otras palabras, nuestro país ha optado por un modelo de desarrollo, donde los candidatos sólo tienen espacio para plantear énfasis y mejoramiento a la gestión gubernamental, dejando de lado el debate sobre modelos alternativos de desarrollo.

No se trata de plantear una simplicidad en el proceso, sino que dar cuenta de que es más difícil hoy día desarrollar ideas y propuestas de gestión eficiente antes que ofrecer modelos alternativos. Lo segundo es más fácil, pues obliga a excluir la opción menos deseada, mientras que la primera exige una voluntad de análisis y evaluación para establecer la mejor opción. De hecho, es este fenómeno el que sustenta la transversalidad y el diálogo como imperativos en la construcción del discurso programático de hoy.

Con ello, la instalación en este proceso electoral de una suerte de confrontación ideológica entre izquierda y derecha parece no tener sentido –en la forma y contenido que conocemos estos parámetros desde décadas pasadas–, en la medida que Chile lleva mas de 25 años implementando un modelo de desarrollo que ha conseguido crecientes grados de legitimidad interna y, especialmente, el reconocimiento internacional a los logros económicos, sociales y políticos obtenidos, con lo cual Chile se posiciona como un referente en el concierto mundial.

Por demás, desde la visión externa los logros de Chile es el resultado de una estabilidad política, cuyo factor destacado es el rol que ha tenido la Concertación como coalición gobernante que ha consolidado el modelo de desarrollo y donde ha tenido el respaldo y aporte de la oposición para avanzar en este proceso. En otras palabras, el estadio actual en que se encuentra Chile es el resultado de una construcción conjunta en que convergen la voluntad democrática de diversos sectores –incluidos aquellos que apoyaron el régimen de Pinochet– y la inclusión creciente de sectores ciudadanos que dan cuenta del giro ideológico que han debido enfrentar los partidos y cuyo ejemplo lo tenemos en la fragmentación partidaria y en la diversidad de propuestas progresistas que se plantean en las candidaturas. Sin duda hay sectores que no comparten lo señalado, pero es evidente en términos electorales y sociales que se encuentran en retirada.

Concordamos que esta aproximación no es la que está en la agenda electoral de hoy, pero es nuestra visión que la insistencia en instalar una realidad inexistente al ciudadano generan confusión e incertidumbre innecesaria en la interpretación que cada individuo tiene de la sociedad y la forma en que se expresa en política.

De alguna forma hay que escuchar a quienes no están participando y se preocupan por el destino del país. Las elecciones tienen el sentido de elegir representantes, como todos sabemos, pero también supone un votante con capacidad de discernir adecuadamente respecto a su futuro. Bajo este prisma veamos este proceso electoral.

La identidad socialista sigue vigente tal como se mantiene la identidad liberal, el punto es la forma en que actualmente se configura cada una en la actualidad. Hoy, el socialista no tiene otra opción que incorporar el mercado en su construcción, mientras que el liberal no tiene otra posibilidad que reconocer el rol del Estado, asociado a igualdad y justicia en su expresión ideológica.

En este contexto, la primera vuelta no sólo despejará la relativa incertidumbre acerca de si pasa Frei o ME-O. Aparte de ello, tendremos la nueva configuración del Congreso, donde se distribuirán de manera distintas los representantes de los partidos, los díscolos o independientes que obtengan los votos necesarios para optar a un cupo y, eventualmente, los postulantes del Partido Comunista que por primera vez tendrían la posibilidad real de tener representación en el parlamento.

Considerando que quien triunfe en las presidenciales no impondrá cambios sustantivos en la conducción del país, dado el consenso que comparten los economistas de distintos ámbitos, el tema o problema de mayor significancia se reflejará –dejando de lado, por el momento, el proceso de fragmentación de los partidos– en la relación entre Ejecutivo- Legislativo.

Al efecto, considerando que la política en Chile se desarrolla alrededor de leyes y sus mecanismos de aprobación parlamentaria, no cabe duda que los esfuerzos de equipo presidencial serán sustantivos para lograr acuerdos mayoritarios entre congresistas partidarios, congresistas díscolos o independientes, congresistas autónomos y otras personalidades presentes en un ambiente variopinto de nuestro nuevo Congreso.

Dentro de él, tendremos una relación compleja al interior del Senado, por las mismas razones esbozadas, pero además debemos agregar una relación de mayor intensidad conflictual entre la Cámara y la cámara alta en virtud de los nuevos integrantes en esta última, donde se prevé cierta renovación y debate en las ideas, propuestas y rol político de este organismo.

En este contexto, e independiente de quien triunfe en la elección, los cambios funcionales en nuestro sistema político serán evidentes. Dichas modificaciones tendrán una naturaleza asociada a los cambios en la percepción de hacer política que enfrentarán a conservadores tradicionales con aquellos liberales que asumen los nuevos desafíos y exigencias de un ciudadano mas critico y que percibe el mundo desde una óptica ideológica transversal y con énfasis claramente distintos a los utilizados en el siglo XX.

En este sentido, las capacidades de diálogo y negociación que instale el próximo gobierno desde el primer día definirán parte importante de sus posibilidades de gestión exitosa para el primer año.

Dicho de otro modo, un gobierno que no configure capacidades acordes con el escenario que enfrenta tendrá que asumir el costo de varios cambios de autoridades en la búsqueda del equipo adecuado para una tarea que no es comparable con ninguno de los escenarios que han debido enfrentar sus predecesores.

Pensar que ello será el único desafío constituiría un reduccionismo preocupante, toda vez que la dinámica internacional –en su expresión regional y mundial– genera imperativos necesarios de considerar adecuadamente. Así, por ejemplo, tenemos la dimensión regional donde el funcionamiento de los mecanismos regionales, tales como Mercosur, CAN y Unasur, se transforman en espacios de manejo de conflictos entre países y establecen líneas de acción que no siempre estarán de acuerdo con los objetivos definidos por Chile en este plano. Mal que mal, Chile optó por la plena internacionalización y con ello una creciente interdependencia.

Po lo anterior, el ingreso de Chile a la OCDE junto con transformarse en una oportunidad única para capturar inversión y avanzar sustantivamente en la implementación de buenas practicas y mejores resultados del modelo de desarrollo, planteará tal grado de condicionalidad al próximo gobierno que parte importante de su agenda de gestión estará definida por esta incorporación. Sin embargo esta variable y este contexto no está explicado en las campañas, sino que más bien se orientan a mirar puntos focales cuya viabilidad depende directamente de cómo se participa en un mundo que reconoce un modelo de desarrollo exitoso y que ha sido un resultado –no declarado– de quienes hoy día compiten por el poder.

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