Ad portas de una nueva etapa

lunes 11 de enero 2010
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palacio-de-la-moneda“Asumiendo y aceptando que Piñera tiene la mejor opción de triunfo, sería erróneo plantear que esto se debe a un crecimiento inesperado de la centroderecha. O, al revés, si Frei logra superar el umbral que lo separa del triunfo, que ello se deba a una votación de concertacionistas cohesionados que mantienen un patrón de comportamiento electoral sin mayores cambios en el tiempo. Más bien se trata de un comportamiento pragmático de un sector del electorado antes que una opción ideológica”

El próximo 17 de enero marcará el inicio de una etapa distinta a las vividas por el país en la medida que las candidaturas de Eduardo Frei y Sebastián Piñera dan cuenta de un cambio en la correlación de fuerzas respecto a los apoyos a los que cada uno puede acceder.

Por lo pronto, el país no está dividido solamente entre Alianza y Concertación, sino que entre liderazgos que buscan convocar a un 20 por ciento del padrón que decide una elección, donde los partidos políticos han pasado a ser secundarios al momento de definir una opción.

No obstante lo anterior, es cierto que un porcentaje (alrededor del 60 por ciento de la población) se identifica con los parámetros de izquierda o derecha en la perspectiva del siglo XX. El resto se siente en un ambiente sociopolítico diferente y que se caracteriza por asumir un cambio en las condiciones en que el modelo de sociedad que Chile ha asumido, lo que los lleva a no sentirse interpretado por el discurso ideológico asociado a partidos anquilosados.

Asumiendo y aceptando que Piñera tiene la mejor opción de triunfo el próximo 17, sería erróneo plantear que esto se debe a un crecimiento inesperado de la centroderecha. O, al revés, si Frei logra superar el umbral que lo separa del triunfo, que ello se deba a una votación de concertacionistas cohesionados que mantienen un patrón de comportamiento electoral sin mayores cambios en el tiempo. Más bien se trata de un comportamiento pragmático de un sector del electorado antes que una opción ideológica.

En consecuencia, no podemos desconocer –para aquellos que gustan de la mirada histórica– que ésta es la primera elección presidencial sin Pinochet como referente directo del pasado, como tampoco se puede desconocer que el gobierno de Michelle Bachelet ha procurado profundizar la inserción de Chile en la globalización rompiendo los esquemas ideológicos de los propios partidos de la Concertación. No cabe duda que los lideres y partidos de la Concertación se pueden sentir orgullosos de su aporte a la consolidación democrática pero claramente no se pueden arrogar la propiedad de ésta.

Los liderazgos, en este contexto, están asociados a fortalecer la democracia, sin embargo, para ello no se vislumbra un caos social si triunfa Piñera, como tampoco se percibe que la mantención de la Concertación signifique una mejor democracia. En este sentido, el apoyo a los liderazgos es una expresión de un agotamiento del sistema de partidos frente a la necesidad de satisfacer una natural exigencia de conducción gubernamental.

Por el contrario, para quienes lucharon por la democracia como para aquellos que quisieron construirla desde la dictadura, se enfrentan a la necesidad de integrar posiciones, estrategias y sensibilidades políticas que probablemente nunca pensaron que podrían estar en el mismo lado. La candidatura de M-EO es una muestra de ello en varios sentidos.

La construcción de la democracia implica un trabajo conjunto por el futuro, donde las capacidades para generar mayor bienestar se logran a través de liderazgos integradores, no confrontacionales y no excluyentes; sino enfatizando criterios de diálogo e inclusión en torno a objetivos que la sociedad demanda y desea controlar. Hoy se manifiesta con mayor claridad un empoderamiento ciudadano cuyo análisis ocupará un lugar importante en la agenda académica y política.

Un número importante y creciente de la población está de acuerdo en que la experiencia política chilena “nunca más” debe volver a repetirse, y que para lograrlo es necesario asumir la historia –sin que implique olvido– pero asegurarse que la probabilidad de un quiebre democrático sea remota y, ojalá, inexistente. Desde esta perspectiva, los partidos han pasado a ser parte del problema y no de la solución, en la medida que mantienen los discursos del pasado, sin adaptarse a las problemáticas de una sociedad que hace ya tiempo vive en el siglo XXI. Por esta razón, los liderazgos que plantean Frei y Piñera son observados con una óptica diferente a las elecciones presidenciales anteriores generando mayor o menor credibilidad y, por tanto, adhesión.

En esta lógica, Piñera posee atributos más atractivos que los de Frei, toda vez que el ex mandatario ya tuvo su periodo para la concreción de proyectos sociales y el sentido de renovación resulta más difícil. Por su parte, Piñera tiene la posibilidad de inaugurar una etapa distinta o simplemente sepultar por varios años otra alternativa de raigambre liberal tradicional.

Independientemente de quién gane, éste deberá afrontar un escenario de crisis de las tiendas políticas, que incluirá la renovación de la elite, el replanteamiento de ideas –más que la propia renovación de líderes– y un mejor diagnóstico de los cambios que atraviesa la población y de sus expectativas de bienestar.

Si bien la continuidad democrática se puede superar mediante una opción de liderazgo, resulta fundamental entender que el fortalecimiento del modelo político en sí mismo, no se puede lograr sin un sistema de partidos adecuado, lo cual determina una parte importante de la agenda para los próximos años.

Para algunos este tema se superaría mediante soluciones estructurales, como el cambio al binominal o una asamblea constituyente, lo cual sería insuficiente si ello no va acompañado de una visión que surja desde la comprensión de las expectativas sociales que deben ser sistematizadas por la elite. Ello implica que la fragmentación de los partidos políticos, donde cada grupo representa una visión desde el pasado, sólo llevaría a un conflicto desgarrador en lo ideológico y lo social, si no se abren espacios para que nuevas ideas –que vinculen de forma distinta el estado, la sociedad y el mercado y junto con ello, la igualdad, la libertad y la justicia– aparezcan en cada partido existente o en cada nuevo partido que surja. La exploración de esta posibilidad la está liderando en este momento la propuesta de Enríquez-Ominami.

Sin embargo, ello lleva implícita la exigencia de reencantar a la sociedad con la política y hacerla partícipe –de una u otra forma– de un debate urgente e importante. Y en esta misión, la convergencia de actores políticos y sociales tradicionales constituye una condición primaria para avanzar en la renovación de la elite.

Con todo lo anterior queremos dejar como corolario la idea de que el progresismo no representa la anhelada renovación, sino que más bien una tautología que reproduce lo que ya criticamos. Es decir, el diseño de una reacomodo de la misma elite, pero que mantiene la distancia de la sociedad y desea recrear un sistema, que lejos de favorecer el desarrollo democrático, tenderá a profundizar las brechas existentes sin arribar a resultado alguno, y de paso decepcionando las expectativas de bienestar de una sociedad que ha optado por la democracia como mecanismo cierto de desarrollo más que un mecanismo de mera distribución de poder.

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