Crítica literaria de José Ignacio Silva: mirar por mirar

sábado 3 de junio 2017
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El motel del voyeur de Gay Talese funciona, finalmente, movido por el combustible del morbo, generando una entrega de una moralidad más bien nauseabunda y de no muy abundante reflexión.

Por José Ignacio Silva A.

La historia es más o menos así: en 1980 un anónimo dueño de un anónimo motel del estado de Colorado contactó al periodista y escritor estadounidense Gay Talese. La idea era confesarle al reportero que había espiado a los huéspedes de su motel durante más o menos una década. El escritor, que por esos años se encontraba en plena producción de su libro La mujer de tu prójimo, se sintió bastante intrigado por este hombre, de curiosidad inagotable sobre la gente, y viajó a conocerlo.

El motelero, llamado Gerald Foos, parecía algo inseguro, con cierta necesidad de impresionar a Talese, no sólo por la historia que el reportero fue a conocer, sino por la ansiedad de Foos de contarle al autor los muchos autos de los que era dueño.

Ese es el principio de El motel de voyeur, un libro que Talese sólo pudo escribir mucho tiempo después. Esto porque aún cuando Foos le abrió las puertas de su casa al autor, y le presentó a su mujer, muy enterada de la extraña afición de su marido, y que le mostró el intrincado sistema que le permitía espiar en las piezas de su motel, Foos se negó en redondo a hablar on the record sobre su sórdido pasatiempo.

Con todo, la relación no se cortó, pues Foos le envió a Talese durante los siguientes veinte años fragmentos de su diario de voyerismo. Solamente en 2013, cuando Foos y Talese ya son octogenarios, el primero accede a que el periodista ponga por escrito todo lo que le ha visto y contado durante años. Aún cuando la veracidad de los hechos contados en este volumen ha sido puesta en entredicho, Talese igual publicó el libro, sirviéndose de esa publicidad gratuita.

Igualmente, el autor descree de su informante, preguntándose una y otra vez porqué embarcarse en un proyecto alejado años luz de la sofisticación. Pero antes de frenar el proyecto, Talese incorpora la duda como un insumo para infundir tensión al texto, sobre todo cuando Gerald le confidencia el haber sido testigo de un asesinato en 1977, sin intervenir.

Aun cuando el libro pudo haber tomado rumbos tétricos o, al menos, algo más profundos, Talese evita resbalar en honduras, levantando las dudas respecto de si el autor, depositario de todos estos episodios escabrosos, no es en realidad un cómplice, dada su anuencia ante el reporte de violaciones, asesinatos y violencia, que cometían los huéspedes del motel de Gerald Foos.

Fiel a su afiliación al nuevo periodismo, -el mismo que tuvo entre sus filas a Tom Wolfe, Joan Didion o Norman Mailer- Gay Talese no solamente cumple con reportar el hecho con lujo de detalles y estilo, sino también es ineludible un buceo psicológico, ya sea para explorar brotes criminales, motivaciones y comportamientos fuera de la norma, u otro tipo de desviaciones, al tiempo que este estudio funciona como un espejo de sus particulares problemáticas. En este caso, Talese opera como el confesor de un voyerista, que a la vez también cae en el vicio de mirar, de observar por la cerradura.

El motel del voyeur funciona, finalmente, movido por el combustible del morbo, generando una entrega de una moralidad más bien nauseabunda y de no muy abundante reflexión. Gay Talese no toma posición ni puntos de vista definidos ante la sórdida cornucopia que Foos le pone a disposición. Voyerismo por el voyerismo. Mirar por mirar.

Gay Talese

El motel del voyeur

Alfaguara, Buenos Aires, 2017, 232 págs.

 

 

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