Sophia Loren: Desde Italia para el mundo

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sophiaVida y obra de la actriz favorita de Vittorio de Sica y protagonista de una una dupla histórica con el gran Marcello Mastroianni. Hoy cumplió 80 años.

Por Infonews

A comienzos de los ’50 las películas del neorrealismo italiano, con sus historias grises que describían las penurias y secuelas de un país derrotado durante la Segunda Guerra Mundial, comenzaban a exhibir sus primeros síntomas de agotamiento. La repetición de fórmulas y esquemas (filmar en la calle con actores anónimos o desconocidos), que había tenido su apoteosis en Ladrón de bicicletas (1948) y La terra trema (1949), empezaban a virar hacia un costado más satírico y menos acongojado sobre un paisaje que de a poco modificaba su rostro.

El Plan Marshall proveniente de Estados Unidos, el triunfo en elecciones de la Democracia Cristiana y la reapertura de los estudios Cinecittá (creación del fascismo) desplazaban a las bicicletas de la supervivencia y al desempleo ocasionado por un país en ruinas. Aquellos desconocidos intérpretes eran sustituídos por los actores-divos (Gassman, Sordi, Totó, Tognazzi) al frente de innumerables comedias “alla italiana” que certificaban el cambio: la guerra había quedado atrás y era hora de reírse de las propias miserias.

La sufrida Anna Magnani de Roma, ciudad abierta (1946) había mutado en Silvana Mangano, la pulposa trabajadora de Arroz amargo (1949). Y sería en la década siguiente, en aquellos tiempos del milagro económico italiano, donde se construye a un grupo de jóvenes principiantes, a futuro divas, enroladas en comedias pasatistas, dramas y films históricos. Silvana Pampanini y Gina Lollobrigida, más tarde Claudia Cardinale, y por supuesto Sophia Loren, quien hoy cumple 80 años, se convierten en el objeto de deseo del espectador, en la mujer terrenal, gritona, eufórica, seductora y aun muy lejos del glamour y de los teléfonos blancos de antaño. Surge la mujer-campesina, la italianidad al palo, retrató Tiempo Argentino.

La primera vida de Sofía Scicolone, nacida en Roma, transcurrió en Nápoles desde muy pequeña hasta la adolescencia, junto a su hermana y su madre, profesora de piano. Una etapa donde se agudiza la pobreza de la familia, constituida por tres mujeres viviendo en el sur de Italia a la espera de algunas liras que les enviaba el padre ausente, ingeniero de profesión.

Pronto, la quinceañera Sophia es elegida Miss Principessa del Mare, Miss Eleganzza y llega a finalista como Miss Italia. La belleza de la joven no pasa inadvertida y eso le sirve para trabajar en más de veinte películas de poco interés, con su nombre original o con el de Sofía Lazzaro. Pero, en uno de esos concursos de belleza, Sophia conoce a su mecenas y creador, el productor Carlo Ponti, quien de a poco construye a un mito que solo le pertenecería al cine. El apellido se cambia por el de Loren (aludiendo a la actriz sueca Märta Tóren), se agrega la “h” para el nombre y Sophia empieza a trabajar en papeles de mayor riesgo, lejos de los “peplums” (films sobre “la antigüedad”) donde aparecía como figurante o poco más (¿Quo Vadis?) o en comedias de segundo nivel. En El oro de Nápoles (1954) conoce al director y actor Vittorio de Sica, con quien haría otras catorce películas, y en Pan, amor y … (1956) surge la confrontación con su rival, Gina Lollobrigida, la otra ragazza.

Pero Ponti, ya su esposo, tenía planificada una jugada maestra bajo la manga: Sophia Loren debía triunfar en Hollywood y competir con el cuerpo ostentoso de Jayne Mansfield y la simpatía arrolladora de Marilyn Monroe. Además, en Francia, había aparecido una tal Briggite Bardot que a través de sus primeras películas se había convertido en un material de exportación de su país. Ponti hizo lo mismo con su mujer-actriz al moldearla al gusto del norteamericano medio.

Este nuevo período actoral de Loren la muestra en una decena de películas entre 1957 y 1961, algunas olvidables y otras medianamente recordables, formando pareja con John Wayne, Anthony Perkins, Peter Sellers, Alan Laad, Cary Grant (durante un tiempo se hablaría de un romance entre ambos), Anthony Quinn y William Holden.

Pero Sophia Loren tenía una asignatura pendiente: triunfar en su país natal en roles de prestigio, más jugados que aquellos que hiciera en Hollywood, en personajes viscerales y comprometidos, creíblemente italianos. Surge su madre Cesira de Dos mujeres (1960) protegiendo a su hija de 13 años durante la llegada de los aliados a la Italia fascista. Allí sí la actriz emplea todos sus recursos interpretativos componiendo un papel que la lleva a ganar el Oscar a la mejor intérprete, primera ocasión en que la Academia concede un galardón a un idioma no anglosajón.

En esos años ’60, sus trabajos oscilan entre films de gran espectáculo rodados en España (El Cid; La caída del Imperio Romano), comedias donde sobresale su figura y se convierten en éxito de público (Ayer, hoy y mañana; el episodio de Bocaccio 70) y el retorno a Hollywood para otros emprendimientos de desiguales resultados (un buen policial como Arabesco, junto a Gregory Peck; la más que fallida La condesa de Hong Kong con Marlon Brando y dirigida por Charles Chaplin).

Pero si Ponti fue el constructor del mito y con De Sica había dejado sus mejores papeles hasta el momento, en la vida de Loren aparece Marcello Mastroianni, con quien conformaría una de las parejas más recordadas del cine a través de una docena de títulos. Las comedias Matrimonio a la italiana (1964), La mujer del cura (1971) y La novia del gángster (1975) y el drama Los girasoles de Rusia (1970) son los valiosos antecedentes de Un día muy particular (1977) de Ettore Scola, una gran película con dos intérpretes componiendo inolvidables personajes. Otra vez el fascismo como contexto, cuando Hitler llega a Italia y afirma su amistad con Mussolini, para contar un amor imposible entre una ama de casa y un locutor homosexual que será deportado del país. Su rol de Antonietta ofrece una extraordinaria performance como mujer de pueblo que protege al vecino acosado por un entorno.

A esta altura Sophia Loren ya es un mito del cine y una actriz que elige con atención sus personajes. Al respecto, una curiosidad de inicios de los 80 es el telefilm Sophia Loren: Her Own Story, basado en el libro autobiográfico Sophia: su propia historia, donde se interpreta a sí misma, pero también, a su misma madre.

Su presencia en el cine comienza a espaciarse, ya que sus intereses se trasladan a la publicidad y al rol de empresaria (su propia marca de anteojos), a la inauguración de cruceros y a sumergirse en otros proyectos concebidos para televisión, por ejemplo, Madre Coraje (1986) sobre la obra de Brecht. Siempre junto a Carlo Ponti, el habilísimo productor, en 1991 recibe un nuevo Oscar a su trayectoria, entregado por Gregory Peck y anunciado por Billy Cristal. Los últimos papeles de importancia en cine la muestran en Pret-a-porter de Robert Altman (1994), en Dos viejos gruñones (1995), junto a Walter Matthau y Jack Lemmon y en Nine (2009), malogrado homenaje musical al cine de Federico Fellini.

Cinco años antes había enviudado y comenzaría una nueva vida que sigue hasta hoy. Rodeada de sus dos hijos y sus cuatro nietos, Sophia Loren se convierte en una ciudadana del mundo, reconocida en festivales internacionales, elegida como jurado y recibiendo premios por su extensa carrera.

Pero quedan las imágenes de sus mejores años en el cine, dentro de una filmografía que supera los noventa títulos, aquellos donde sus camaleónicas interpretaciones se combinaban a la perfección con su cuerpo escultural. Desnudándose frente a Mastroianni en Matrimonio a la italiana. Saliendo del mar con la camisa mojada en La estatua desnuda. Seduciendo a Marlon Brando en el transatlántico de La condesa de Hong Kong. Llorando por su hija violada en la tierra agreste y primitiva de Dos mujeres. Colgando la ropa en la terraza de Un día muy particular. De chica vulgar a joven seductora, de dama sofisticada vestida por los mejores diseñadores de Hollywood a mujer campesina que transmite sensualidad y sexualidad. De madre joven a mamma protectora. Docenas de rostros para una actriz internacional que hoy llega a las ocho décadas.

En sus palabras

Yo no soy italiana, soy napolitana, que es otra cosa”.

“Mi gran director fue Vittorio De Sica y no sólo por Dos mujeres. El primer encuentro de trabajo tuvo lugar en el set de El oro de Nápoles, y ya en aquella ocasión descubrimos la sintonía que nos unía”.

“Todo lo que ven se lo debo al spaghetti”.

“Con Marcello (Mastroianni) hicimos juntos una docena de películas, casi una vida. Entre nosotros existía un aprecio y un profundo conocimiento profesional. Nuestra química era tan palpable que la gente se preguntaba si había algo entre nosotros. La respuesta es no”.

“La belleza es un don divino pero sería poca cosa sin la chispa de la bondad, pero también, de la honestidad y la sinceridad”.

“Tuve mis dudas, pero aspiraba a crear una familia con Carlo Ponti, con quien entonces mantenía una relación secreta. Fue durante el rodaje de La mujer del río, en 1955, que comprendimos que estábamos enamorados. Siendo mayor que yo, y más allá del amor, representaba el padre que nunca he tenido”.

“La fantasía del hombre es la mejor arma de la mujer”.

“Mis hijos Carlo y Edoardo son chicos maravillosos. Eligieron su profesión libremente y estoy orgullosa por cómo han crecido en la vida. Poder filmar una película con el menor fue la mejor experiencia de mi vida”.

“No fui a la ceremonia del Oscar que recibí por Dos mujeres porque no podía soportar la terrible experiencia de sentarme ante la vista de millones de espectadores juzgando mi destino. Si perdía, me iba a desmayar por la decepción, pero también me hubiera desmayado de alegría cuando anunciaron mi nombre. Decidí quedarme en casa hasta que Cary Grant me llamó a la madrugada para decirme que había ganado”.

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