“En realidad, me alegra que se ejerza la democracia, y que la mayoría del país esté feliz. Lo que realmente me entristece, es constatar nada más ni nada menos, qué clase de país es éste. Qué clase de ciudadanos somos, los chilenos, los únicos chilenos del mundo”.
Realmente me alegro por la gente que se alegra.
El domingo de elecciones fui a votar porque era mi deber. Esta vez tuve suerte, mi mesa estaba despejadísima.
Estaba tan segura de que iba a ganar Piñera (y no era una realidad que me alegrara a mí, por cierto, todo el mundo sabe que apoyé a Arrate), que agarré pilchas y partimos de paseo al campo, donde no hubiera contacto con demasiada gente, y no nos enteráramos de la lucha voto a voto, ni de los primeros cómputos ni nada de eso.
A la hora que volvimos a Santiago, la gente celebraba en las calles. Nosotros, infiltrados entre tanto piñerista enfiestado, mirábamos la escena con cierta perplejidad… no porque estuviéramos sorprendidos de lo que ocurría, sino más bien porque no nos dimos cuenta del genuino deseo de nuestros compatriotas hasta que lo vimos cumplido y plasmado en sus caras.
Subiendo por Carlos Antúnez divisé a una niña en bicicleta, que al pasar un par de autos dando bocinazos y agitando banderas, se detuvo. Sus ojos se le llenaron de lágrimas, y girándose hacia ellos ofreció una amplia sonrisa. Me acordé del día que ganó el No. Aunque yo vivía más cerca de Plaza Italia. Así me sentí yo el año 88. Así lo vi reflejado en su cara.
Seamos honestos. De haber ganado la Concertación (porque de Frei ya nadie hablaba, a la única que le gusta es a la Martita), nadie, absolutamente nadie se habría puesto contento. Ni siquiera por sentir alivio. Sólo nos habría alegrado con una duración menor a la de un suspiro de gato, ver cómo se le descomponía la sonrisa al ahora presidente electo, pensar en toda la plata que derrochó en esa campaña, etc. Claro que como no tenemos información privilegiada, no contábamos (los ignorantes) con la inminente alza de las acciones que sólo lo harían más rico y que cubre todo lo que gastó.
Lo que quiero decir es que es feo alegrarse por el fracaso ajeno. Y por eso me alegro por los que se alegran, honestamente, porque lo necesitaban. Y a la gente le gusta que a este señor le vaya bien, y que haga más plata, y hasta pienso que les da lo mismo que no haya sido claro antes de la elección en relación a las decisiones que tomaría respecto de sus empresas. Con tal de que tengamos siempre a mano las tarjetas de crédito y ningún ladrón venga a tocar nuestro pequeño patrimonio prestado-endeudado.
En realidad, me alegra que se ejerza la democracia, y que la mayoría del país esté feliz. Lo que realmente me entristece, es constatar nada más ni nada menos, qué clase de país es éste. Qué clase de ciudadanos somos, los chilenos, los únicos chilenos del mundo (como dice el slogan de Radio Uno). Cuáles son nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestras aspiraciones, las motivaciones que nos llevan a votar por éste y no otro. De ambos lados. Unos votando para que no gane éste, y otros haciéndolo por valores y razones que yo considero bien pobres y mezquinos. Llámelo prejuicio, llámelo como quiera. Pero es ahora cuando más tenemos que mantenernos despiertos, y cuando menos tendremos que dejarnos embaucar. Porque somos presa fácil, harto debilitados que estamos.
Estoy hablando como si hubiera dos bandos, pero es que el espíritu del domingo me recordó aquel de cuando las cosas eran un sí o un no. Realmente no cacho cuándo empezarán a existir de verdad las alternativas, con porcentajes razonables. Quizás sea ahora. Será lento, pero nos hará más maduros. Eso espero.

me gustaba mas Piñera, cuando era candidato, creo ser de esas mujeres que andaban feliz el domingo, pero ahora a dias que se ponga la banda, algo me hace ruido y no se que, a ya me acorde, que somos chilenos, y votamos como chilenos, en eso estoy deacuerdo con blanca, que mas si somos lo que elgimos