Pensar como una Araucaria

sábado 9 de septiembre 2017
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Un mal desconocido las acosa silenciosamente y comienzan a morir. Los científicos investigan aplicadamente, pero no se sabe aún de qué se trata. ¿Qué nos falta para entender lo que les pasa?

Por Daniel Ramírez*

“Edades ciegas, siglos estelares”. Siempre me ha parecido enigmática esta frase de Neruda en Alturas de Macchu Picchu, tal vez la cima de toda nuestra lírica. ¿Qué sabemos nosotros de los siglos estelares?

Nuestras vidas se desarrollan en algunos años, duran décadas, con suerte un siglo para quienes tiene mejor calidad de vida. Sueños, deseos, conocimientos, pensamientos, recuerdos, amores, todo transcurre en esa temporalidad. Salvo excepciones, como los grandes creadores, sus obras a veces duran milenios –las tragedias griegas, los templos egipcios.

Ningún ser humano ni animal vive mucho más que un siglo; nos sucedemos en la historia como carros de un tren rápido que a veces no para en todas las estaciones; y a veces descarrila.

Pero hay seres que viven mucho más. Son los árboles. En cada país los hay y, algunos, tienen un sentido simbólico, a veces sagrado. En el Japón son las cryptomerias (Sugi), cedros que pueden tener miles de años; en EEUU, las sequoias gigantes. En Chile los alerces y más aún, las araucarias (“Pehuén” en mapudungún). Estas nobles coníferas son verdaderos fósiles vivientes; proliferaban ya en el mesozoico, hace unos 240 millones de años, cuando los continentes estaban reunidos en uno solo, y sobrevivieron a la catástrofe que terminó con los dinosaurios hace unos 66 millones de años.

Muchas araucarias viven siglos; se ha identificado una de mil 800 años, conocida como “araucaria madre”, en el parque Conguillío. La edad es aproximada, se trata de una estimación a partir del diámetro de su tronco, porque solo se pueden contar los círculos en ellos una vez que caen y se hace un corte. Puesto que estas araucarias muy viejas dan frutos solo cada dos años o a veces más, una hipótesis indica que los círculos representarían en ellas no un año sino dos; la edad de ese ejemplar podría ser entonces, fácilmente, de 3 mil 600 años o más…

No importa la exactitud de esas cifras. Pero el sentimiento que despiertan, la veneración, el respeto, la idea de lo sublime, es algo único. Árbol sagrado para los Pehuenches, su nutritivo piñón es fuente de salud privilegiada para los Mapuche en general. Algunos de esto árboles estaban vivos antes de la llegada de los españoles, antes incluso del imperio Inca. Estaban vivos cuando Cesar atravesó el Rubicón, estaban vivos en tiempos de Jesús y algunos en tiempos de Sócrates.

Ahora bien, sabemos que muchas de ellas están enfermas. Un mal desconocido las acosa silenciosamente y comienzan a morir. Los científicos investigan aplicadamente, pero no se sabe aún de qué se trata. ¿Qué nos falta para entender lo que les pasa?

En los años 40 el ingeniero forestal Aldo Leopold escribió un libro muy importante (A Sand County Almanac), considerado como el acto fundador de la “ética de la tierra”, una de las tendencias fuertes de la ecología profunda. En él hay un artículo muy breve que se llama “Pensar como una montaña”. Por su parte, en el Japón feudal, primera mitad del siglo XIII, el gran maestro del Budismo Zen, Dogen, creó un texto bastante enigmático: “Montañas y ríos como Sutras”, un clásico de enseñanza en el hinduismo y budismo. En él comenta un kôan: “Las montañas azules marchan constantemente”. Si bien algunos afirman que se necesita una práctica asidua de la meditación para comprender este texto, todo el mundo puede entender el luminoso artículo de Leopold, donde cuenta que cuando joven amaba cazar ciervos en una montaña familiar. Solo que los lobos perseguían las mismas presas y esa competencia hacía difícil su hobby. Con unos cuantos amigos, decidieron terminar con los lobos, lo que fue obtenido en poco tiempo; sin el predador natural, los ciervos proliferaron. ¡Un paraíso para la caza! Solo que los ciervos comen vegetales, y tal cantidad de herbívoros en poco tiempo exfoliaron la montaña, y cuando estaba casi desierta, emigraron a condados lejanos al encuentro de otras montañas verdes… y lobos.

Es fácil entender lo que pasó, pero la idea no había llegado al joven Leopold. El autor, una vez maduro, concluye, “nos habría faltado pensar como una montaña”: la montaña tuvo tiempo para ver crecer los árboles, para esperar a los ciervos y escuchar el aullido de los lobos, en la sucesión de innumerables estaciones.

¿Qué nos falta a nosotros para entender la enfermedad de las araucarias? Nosotros que no respetamos a los adultos mayores, que permitimos que demuelan las pocas fachadas patrimoniales de nuestras ciudades, que dejamos que desfiguren un paisaje tradicional para construir un Mall. Nosotros que valoramos la novedad por la novedad y no por lo que aporta, en nuestra atolondrada cronología.

Ya no se trata de unos cuantos jóvenes indolentes matando lobos, sino de una cultura industrial globalizada, que hace siglos arremete furiosamente contra la naturaleza reducida a un depósito de “recursos”. El planeta se calienta, los océanos se acidifican, la tierra se empobrece, la atmósfera se contamina… no seguiremos la lista. Bastará agregar que las araucarias se mueren.   

Finalmente podemos comprender el verso de Neruda, no hay “edades ciegas”, somos nosotros quienes estamos ciegos a las edades. Spinoza, a veces naif, pensaba que con la idea justa podríamos considerar las cosas sub specie æternitate (bajo el aspecto de la eternidad), pero en realidad nos falta una verdadera revolución espiritual para considerar simplemente la larga duración, los ciclos y las eras, el valor de las cosas que permanecen.

Si Dogen entendía como “las montañas azules marchan permanentemente”, y tal vez Leopold consiguió “pensar como una montaña”, a nosotros nos falta ahora pensar como una araucaria.

*Doctor en Filosofía (La Sorbonne)

 

 

 

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Comentarios (6)

s paz md

Mueren, desaparecen las antiguas araucarias y sus bulliciosos loros. Nuestra raza odia los bosques y su infinita vida, ama los desiertos, quizás nuestra alma es desértica.
en donde nunca el ave gorjea
en donde nunca la flor creció
ni del arroyo que serpentea
el cristalino bullir se oyó.
Desapareció el toromiro de RapaNui, la chonta de Juan Fernández, transformada en bastones.
Desaparecen los alerces incendiados, la palma chilena cuyos dátiles van a la China, arrancadas y trasladadas a supermercados donde mueren tristemente. Los tamarugos hechos leña, el copihue cuyo tráfico es ilegal, a menos que usted compre una isla del sur y la declare copihuera. El chupón, que hace años que no veo. La bellota, el ruil, la orquídea, el quillay.
Seremos una larga y angosta faja de desierto.

lunes 11 de septiembre 2017 a las 23:36
1
Mariela Gonzalez

Tiempo y respeto para los procesos , para no perder distancia de lo necesario de vivir y morir, tiempo para también renacer si corresponde , y despedirse si no…este tren parece transportar pasajeros sin alma , en una vía sin durmientes, y si tenemos suerte un maquinista X podrá frenarlo y reinsertarlo en un carril , solo si tenemos suerte renacerán las araucarias, que mueren de pena ante tanta deshumanización , el hombre que se sentaba bajo su sombra a conversarle , está en extinción , como lamentablemente también ella …
Gracias Daniel como siempre por tú valiosa reflexión

jueves 14 de septiembre 2017 a las 09:06
2
Ivalú Tilú

Colocarse en el lugar del otro y observar el panorama general antes de actuar o juzgar. Es por donde hay que empezar. La empatia y la información son las claves para resolver nuestros conflictos.

jueves 14 de septiembre 2017 a las 10:27
3

La imagen de “mirar como la montaña” la que ve pasar la vida más allá de los sucesos cotidianos, es lo que nos falta como país, visión de largo plazo, labor que ejercían en las culturas originarias el “consejo de ancianos” que tomaba decisiones para el bien común y pensando en el largo plazo.

jueves 14 de septiembre 2017 a las 11:02
4
Love

Hermosos textos,

Solo como anécdota:

Longevidad de algunos seres vivos del planeta:
Los dos tiburones más grandes del estudio tenían una longitud de 4,93 m y 5,02 m, y tenían «edades cercanas a 335 años y 392 años respectivamente», según los investigadores.

jueves 14 de septiembre 2017 a las 18:05
5
s paz md

Me interesó mucho el comentario de Mariela González. ¿Habrá escrito, o publicado en la red, a lo que se pueda acceder?

viernes 15 de septiembre 2017 a las 02:32
6

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