La verdulería del barrio… El Arrayán.

lunes 25 de septiembre 2017
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Para comprar en la diminuta verdulería de Lorenzo y no entorpecer nada allá adentro es necesario entender los movimientos del cubo de Rubik y ponerlos en práctica. Porque hay 1.10 mts de ancho x 1.40 de largo para girar en 360 grados cuando la verdulería está sin gente, no sucede nunca. 

Escribe Luis Hernán Herreros Infante, fotógrafo

Generalmente somos 11 personas escogiendo naranjas, pimentones, etc., más un viejo refrigerador vitrina que mantiene el queso de cabra, rúcula, berros, aceitunas, cilantro, perejil y bolsitas de betarraga cocida con cebolla, más habas con algo, frescos.

Abrir la puerta del refri con 11 personas adentro significa cargarnos para un lado como los chanchitos en el camión rumbo al matadero. El cross check del refri es bamboleo de vuelta, reportar. Nos movemos fácil.

Cuando pides un corte de zapallo viene el Vals Kubik en donde el protocolo es más o menos así:

1-Lorenzo abandona el mesón y avanza entre la multitud a la pinta de él. Es el único que tiene derecho a pisotearnos y moverse en línea recta cual Torre de ajedrez.

2do: Para cortar un trozo de zapallo, Lorenzo usa un serrucho, codazos van codazos vienen. 

3ero: Se repite el acto en fá, Lorenzo de retour al mesón. Es decir bis de la sonata “Dance de petits cochons” opus Kubik Verdulería del Arrayán. 

Todo esto se da rapidito como si fuéramos participantes de algún you got a talent. 

Visto desde una go pro puesta en el techo de la verdulería el rondó es: una señora para allá, otra vieja para acá, gira una colegiala. Y paso a la cara de arriba en cruz superior con mi queso de cabra. El de la vulca hunde la guata con una docena de huevos, gira también. Avanzo hasta la caja que es el equivalente a completar una capa del cubo. 

Para salir, lo mismo: amarillo izquierda, rojo derecha, verde y azul quedan juntos hasta salir para que entre uno nuevo blanco.  Pienso que Lorenzo debiera vestirnos con poleras de colores para que la compra sea perfecta.

Papas y cebollas las encuentras en la entrada de la verdulería, pero en la parte de adentro, a 2 cms. del suelo. El ideal sería acostarse para escoger, sin embargo un cuerpo humano de señora, mío o el de la vulcanización… cualquiera tendido en el suelo como saco de papas taponea la trinchera.

Cosas que NO hay para qué hacer:

a) Pedir permiso para entrar, sólo entras. No existe el transfer del fútbol con el letrero led que anuncia la salida de un rojo para que entre un verde. Entras y captas la onda… se percibe en el aire junto al olor a Vega Central o terminal de hortalizas.

b) Saber un idioma extra al materno ayuda bastante. He visto gente nueva que llega a la verdulería y se queda eternamente en la entrada. No sé… mínimo viajas a otro país y te aprendes un par de reglas para no parecer tan re
burro. No saludas con un Au revoir.

La verdulería para mí es un mini mundo pero más perfecto en donde no puede haber comunismo ni democracia. Ni dictadura ni religión… ¡se iría todo al carajo! Respeto, disciplina y cordialidad, si. 

Si estás algo despierto el funcionamiento de la verdulería lo agarras al vuelo.  Es empático para latinos, anglosajones, bárbaros, judíos, islámicos, protestantes, católicos apostólicos romanos, budistas, hinduistas, negros, chinos, blancos, mestizos, colorines, morenos, castaños, lisos, rulientos, etc… menos pillos y/o ladrones.  En la verdulería el cuento de la Torre de Babel importa una soberana raja, es cuestión de ritmo… rhytm.

Un australopithecus lo hubiese entendido también pero se extinguió mucho antes que naciera la verdulería.

El dueño de la verdulería es el niño de la izquierda. La muñeca mapuche de la derecha, su hermana. La que abraza, también.

Rara vez nos pedimos algo…”me alcanza 5 zanahorias por favor”. La timidez y falta de herramientas de lenguaje que nos caracteriza a los chilenos puede ser una causa. Somos un país austral que limita con nadie. Para el lado oriental no están los argentinos si no que La Cordillera de Los Andes, no puedes ir a verlos en triciclo. Al poniente encuentras sólo agua, mucha, brava y fría. Nada que ver con ese “tranquilo mar que nos baña”, eso es mentira. El Océano Pacífico es frío y congelado de La Serena para abajo. En el Norte, en la parte del altiplano, Chile se junta con Perú y Bolivia, Altiplano Andino. Más o menos mismas costumbres provenientes de la cultura Tiahuanaco.

Hemos sido así desde el tiempo de la colonia. En los los últimos 30 años, desde el jaguarismo (medida de éxito económico) el chileno comenzó a viajar.  Y en estos últimos 8 años, gracias a las promo de Lan (no puedo pronunciar latam), la cruzá de frontera se masificó. Entonces pedirle a un chileno ser atento, cordial o educado es imposible. O que exprese sus emociones sin que te diga “qué te pasa culiao” no es de mala onda, es de ignorancia. No hemos tenido mucho mundo. Ni apatía ni antipatía, lo nuestro es geográfico.

Entonces, resultado de lo anterior, en la verdulería cada cual escoge sus propios tomates… tarde mal y nunca se oye “me alcanza…”. Imagina por ejemplo que te escojan los champiñones. Generalmente los mustios se descartan solos al igual que los de cabeza irregular blandenga.  La callampa debe estar dura, fresca, consistente. Y el tallo liso y regular. No como cráter o furúnculo. He hecho la prueba: “Señora le escojo los champi? Se produce un silencio de oración con miradas de risitas hasta que Lorenzo dice “ullulluyyyy”. Y la señora mueve los hombros como si le picara algo, se rie… se acomoda el escote del vestido o con dos tironcitos baja un poco la pollera.

Soy de la creencia que a las viejas hay que provocarlas, existe un potencial ahí dormido. También fueron niñas y cachondas. Sólo necesitan un empujoncito, ir a la verdulería de Lorenzo y zambullirse en los ajíes, verdes y amarillos.

Compro día por medio al igual que los otros aldeanos. Generalmente el 99% de las veces preguntamos lo mismo: “a cuánto el apio? La mata de acelga?”. Es una mala costumbre arraigada en la neurona chilena que transmite ese impulso nervioso de preguntar lo mismo una y otra vez. ¡Señores! En Chile los precios no bajan, suben. Salvo por un invierno muy crudo, lluvias primaverales o un verano como yesca, se van a las nubes.

Las paltas están afuera del local en dos cajones de madera. Todos tocamos las paltas, sin excepción. Entonces es difícil saber si maduraron por el manoseo o están pasadas de verdad.

El hijo de Lorenzo es su “ayudante”. Un pendejo mal agestado, alto y grueso que acomoda matas de perejil y cilantro todo junto y con la puerta del refrigerador abierta hasta el tope. La semana pasada me tocó. El pelotudo llevaba varias matas de cilantro y perejil contra su pecho, lo tenía encima! (no veo de cerca). Le pregunté “cuál es cuál” y me contestó: “todas las papayas están maduras” en un tono pésimo. 

Una clienta frecuente, cachó todo el mote (se dio cuenta) y me dijo: “Es rudo el joven”. Es ahueonao le contesté, es diferente ser rudo a ahueonao. No es tan sutil la diferencia. La señora siguió: “Es verdad joven, Lorenzo siempre con una sonrisa, la atiende bien a una, no se queja, nos piropea a todas… es esforzado, se levanta temprano”. 

“Se da cuenta usted Señora entonces? La diferencia entre padre y el hijo es acústica, visual y sonora”.  Fue como darle cuerda. “Así es, los jóvenes de ahora, siempre pegados al teléfono, indolentes, mal agradecidos, mal educados… cabros culiaos”.

“Mire, déjeme comentarle algo al respecto y no se me ofenda. Por ejemplo su amiga… ¿Qué pasa con ella? Está enferma… por eso no vino hoy. Dígale que se mejore (es como mandar saludos de la manera más imbécil)
Proseguí: Su amiga, cuando paga lo hace con monedas, muchas. Pocas veces la he visto sacar un billete de su chauchera. Y mientras lo hace habla y habla, pierde la cuenta y las desparrama sobre la mesa. Usa a Lorenzo de confesionario… traba el cubo de Rubik, me entiende?. Sin embargo, usted es considerada, paga con lo justo y se va. Usted está consciente. Entre ud. y su amiga hay polvo de estrellas de diferencia. “Qué cosas me dices muchacho”. Créame, aquí en la verdulería a su amiga la considero una terrorista. 

Pagó y se fue.

El 97,8% de las veces, frutas y verduras, miel, ciruelas secas, semillas, etc., son de calidad, tamaño, sabor y precio normal. Normal viene a hacer que no te roban como en el 100% de los supermercados.

Afuera hay una pizarrita de esas de colegio rural en donde se escribe con tiza las consignas que cambian una vez por semana. Estas consignas hacen alusión a la contingencia nacional (robo sistemático, salud, pensión y educación de parte de privados y gobierno que viene a ser lo mismo). 

Las consignas tienen faltas de ortografía sin embargo pienso que es intencional. Tal vez una estrategia de marketing para que te fijes en el local que es prácticamente invisible desde la calle., donde comienza Pastor Fernández… 

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Comentario

¡Me encantó la crónica de la verdulería!
Creo que Luis Hernán debería recopilar vivencias como estas (que tiene muchas) y ponerlas todas en un libro.
Sería algo así como el cubo de Rubik, colorido, un poco caótico, pero desafiante.
Atentos saludos y gracias a El Periodista que publicó el texto.

Albina Sabater
Periodista y escritora

martes 26 de septiembre 2017 a las 21:14
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