Pensar una nueva sociedad no es imposible[1]

lunes 3 de abril 2017
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Una especie de bloqueo intelectual nos impide pensar la construcción de nueva sociedad. El pesimismo, el desencanto de la política tienen mucho que ver con este obstáculo mental. Como si el mundo de mañana no pudiera ser más que el mundo de hoy, ojalá con algunas mejoras. Sentimiento de impotencia, miedo, conformismo, pereza intelectual, acomodamiento en los privilegios, hipocresía, indiferencia o resignación, todas esas formas relativamente degradadas de la subjetividad humana contribuyen a alejarnos de la política, lo que habría que aceptar, consiste en renunciar a la libertad efectiva.

Por Daniel Ramírez, doctor en Filosofía (La Sorbonne)

Cuando propongo pensar una nueva sociedad, eso quiere decir pensar realmente una transformación radical. Eso no debería producir miedo más que en quienes tienen privilegios que defender. Los que tienen poco que perder no deberían ser contagiados por esta función acomodaticia del pensamiento. Pero lo que me interesa demostrar, es que todos tenemos mucho que perder y mucho que ganar en la encrucijada en la cual se encuentra el mundo.

Como el marxismo y socialismo del siglo XIX, se supone que fracasaron, derivando en el totalitarismo soviético del siglo XX y regímenes dictatoriales de partido único – ¡ni hablar de los totalitarismos fascista y nazi! –, sus opciones, con o sin razón, se han dejado de lado, quedando prácticamente solos en la arena de juego el liberalismo capitalista y la idea de democracia representativa, evolucionando casi sin oposición hacia el sistema que conocemos como neoliberalismo.

Si se habla de “socialismo real” para mencionar esas tentativas abortadas de sociedades igualitarias, – cosa lamentable, porque el apelativo de “real” no debería ser acaparado por la parte más detestable de la realidad –, habría que mencionar que lo que hemos heredado como liberalismo debería llamarse “liberalismo real”, que no corresponde en absoluto a los ideales de libertad individual de quienes los fundaron.

Este sistema ha fallado en aportar el bienestar para todos. La pobreza, si bien ha retrocedido en vastos lugares del mundo, en gran medida por el desarrollo tecnológico, ello ha significado pobreza y cesantía  en otros lugares del mundo, y oculta un abismo de desigualdad que se ha profundizado.

La total inviabilidad ecológica del modelo capitalista y productivista actual comienza a ser una evidencia para las grandes mayorías del planeta. El hiper-productivismo industrial y comercial globalizado se muestra totalmente incompatible con el equilibrio de los ecosistemas terrestres. La ciencia ecológica y las éticas del medio ambiente lo demuestran de manera rotunda. La preservación de una Tierra habitable es perfectamente imposible si se mantienen las economías actuales y el tipo de vida que ellas necesitan. Las reformas y tratados para la disminución de algunos efectos como el recalentamiento global no están en absoluto a la altura de las exigencias ecológicas que todo el mundo comienza a comprender.

El sistema ha fracasado también en aportar la paz mundial. Nuevos tipos de guerra han aparecido, nuevos nacionalismos, militarismos y armamentismos; fanatismo, violencia terrorista, tendencias expansionistas, “limpieza étnica”, genocidios, racismo, luchas ideológicas, xenofobia, tensiones y desequilibrios en sociedades enteras, inmigración de masas, miseria y destrucción. Incluso y la esperanza de vida ha dejado de aumentar para una porción de la humanidad, lo cual es una vergüenza histórica en épocas de tanta riqueza y avances espectaculares de los conocimientos médicos.

Para terminar el cuadro, la social-demócracia, que por cierto se mantenía como alternativa, cada día se muestra más anémica. Los social-demócratas mismos ya no creen en la social-democracia. Bajo la presión de la globalización neoliberal a la cual ellos mismos han adherido, la cesantía y el estancamiento de las economías que ello ha producido, tardía y trabajosamente, se han convertido prácticamente todos al neoliberalismo[2].

Por ello necesitamos una nueva filosofía política. Una visión que no tema abordar los problemas a la raíz. Une somera enumeración de lo que habría que pensar; para demostrar que no es imposible:

  • La libertad, primero que nada. Ningún sistema que aplaste la libertad debería ser aceptable en el futuro, ni tampoco que la diluya en alternativas consumistas. La libertad debe ser efectiva, es decir traducirse en la participación real de los ciudadanos al gobierno de sus vidas.
  • La ecología. Una sociedad del futuro no debe estar en guerra contra la naturaleza. Debemos absolutamente buscar un modo de vida compatible con el equilibrio de la biosfera terrestre, compartir la morada en que nuestra vida se inserta en la comunidad de los seres vivientes.
  • La democracia: debe profundizarse y radicalizarse. La producción de élites que se retroalimentan fagocitando el sistema representativo debe terminarse. La democracia es un campo de experimentación de nuevas formas de participación; si la política es un arte, no es aquel de ampararse del poder y mantenerse en él sino de inventar y administrar instituciones justas.  
  • La economía debe estar al servicio del ser humano y no al revés. El trabajo productivo salariado no debe ser el centro de la vida en sociedad ni el mercado la regla universal de los intercambios. El ser humano no necesita ser rico sino humano. Infinidad de actividades y relaciones deben poder existir fuera del mercado.
  • El feminismo. Es inaceptable en una nueva sociedad que se pueda llamar así, subsista la más mínima molécula del patriarcado y la dominación masculina. Asimismo, una amplia libertad de modos de amar, de sexualidad, de crear familias y procrear, debe poder florecer en una sociedad liberada de los prejuicios de género.
  • La igualdad y la horizontalidad de las relaciones es la situación interhumana más natural; jerarquías y ejercicios de autoridad deben ser provisorios y limitados estrictamente a una función o tipo de actividad, basada en el conocimiento y el mérito y elegida de la manera más democrática y transparente posible, y no significar necesariamente distinción social ni ventajas económicas desmesuradas. Igualmente, la competencia no es el marco necesario para dinamizar las actividades económicas.
  • Inapropiabilidad. Ni los seres humanos, ni sus cuerpos, ni el genoma de lo viviente deben poder ser objeto de apropiación privada, explotación comercial o patentes. Asimismo, la Tierra, la biósfera y sus riquezas, deberían ser inapropiables. Este principio de inapropiabilidad (que no es ni la propiedad estatal ni la abolición de la propiedad privada) debe ser aplicado a una serie importante de entidades del planeta, que deben ser valoradas y respetadas en sí mismas, y utilizadas por el bien de todos, en el sentido de “bienes comunes”[3].
  • Los pueblos son múltiples, las culturas diversas, las comunidades variadas y los individuos más aún. Sin dar la espalda al universalismo de la modernidad como ideal, una amplia apertura de espíritu hacia las diferencias humanas y una atenta y respetuosa curiosidad hacia los diversos sistemas de ideas, de valores, maneras de vivir y sentir debe fecundar una nueva educación ciudadana en base a una ética de la diversidad cultural.
  • La nueva sociedad deberá situarse en el horizonte de una complementación y en último término de una superación del nivel organizativo del Estado-nación histórico, según el ideal cosmopolita de una ciudadanía y hospitalidad universal[4]. Los Estados-nación, si bien continúan siendo la base de la geopolítica y del derecho en la situación actual del mundo, no son la única forma histórica de construir sociedades ni tienen porqué serlo en el futuro.
  • La guerra, el militarismo y armamentismo que ella impone, salvo en condiciones evidentes de autodefensa y de urgencia humanitaria, deben ser considerados como un vestigio del pasado subdesarrollado de la especie humana y deben tender poco a poco a ser abolidos, de la misma manera que la esclavitud y la pena de muerte, teniendo en la mira una humanidad del futuro, que no puede concebirse sino bajo el ideal de una paz perpetua[5] y justa para todos los pueblos.
  • Alter-mundialismo. Si la globalización parece no ser una opción sino un hecho consumado, es necesario afirmar que otro mundo es posible y la condición para ello es reconocer que otra globalización es necesaria. Debemos procurar una regulación ética de los intercambios internacionales, en la cual el trabajo de unos no sea destruido para crear trabajo (explotado) para otros, ni la producción de pueblos pobres sirva para el aumento de fortunas transnacionales privadas.
  • Transcendencia y civilización. El asunto es la existencia humana y no solo las organizaciones. La sociedad futura deberá ser al mismo tiempo laica y abierta: la educación, la ciencia, el arte, la literatura, la filosofía, la religión, la espiritualidad, todas las formas y lenguajes del conocimiento, inteligencia y sensibilidad deben ser valoradas como la substancia de la cultura humana tendiente a su auto-superación y el horizonte en el cual las vidas humanas pueden realizarse. En este sentido, la búsqueda de una transcendencia es una aspiración legítima, tanto en el marco de valores simplemente humanistas, como en el sentido de lo superior, sea esto natural o sobrenatural, dando lugar o no a concepciones de lo sagrado o de la divinidad, a enseñanzas y prácticas que deben poder expresarse y transmitirse libremente.

 

[1] Se trata de una introducción a un libro en preparación: “Manifiesto transocialista. Una nueva filosofía política para otra sociedad”, que pretende aportar elementos de pensamiento para los debates que tarde o temprano deberán realizarse para una nueva Constitución.  

[2] Ver columna del 9/03/2016 « Escasez de ideas nuevas » en El Periodista N°

[3] La teoría de los « commons », fue enunciada por Elinor Ostrom, primera mujer premio Nobel de economía, en Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge, UK: Cambridge University Press 1990. Cantidad de estudios han seguido y actualmente es discutida en numerosas publicaciones. En español se ha traducido por “bienes comunes” o “procomunes” (de “provecho” y “común”).

[4] Anticipado por los estoicos romanos, formulado en el Siglo XVIII por Kant,  principalmente en “Idea de una historia universal de un punto de vista cosmopolita” (1784) y también en Un punto de vista contemporáneo: Ulrich Beck: Der kosmopolitische Blick oder: Krieg ist Frieden, Suhrkamp, 2004, en francés: Qu’est-ce que le cosmopolitisme ? Aubier, 2006.

[5] También esto fue adelantado por Kant: Zum ewigen Frieden (1795), en español, La paz perpetua, Madrid, Tecnos, 1985. 

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Comentario

Luz Vega

Excelente, profundo, utópico? Tal vez, pero no imposible. Me parece brillante y muy bien escrito. Felicitaciones.

lunes 17 de abril 2017 a las 00:14
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