¿Y qué onda con Trump? o de aquellos miedos que clausuran la Política

martes 11 de octubre 2016
|
por

trump2En algún lado leí que su candidatura era como un tatuaje ridículo: al principio se suponía que era para reírse, pronto todos dejaron de encontrarla graciosa y ahora no hay como deshacerse de ella.

Por Rodrigo Mayorga*

“¿Y qué onda con Trump?” Como chileno viviendo en Estados Unidos, es ésta quizás la pregunta que más he recibido durante el último año y medio.

En algún lado leí que la candidatura de Trump era como un tatuaje ridículo: al principio se suponía que era para reírse, pronto todos dejaron de encontrarla graciosa y ahora no hay como deshacerse de ella. Así, mi respuesta, ha variado con el tiempo. Poco a poco ésta se ha convertido en un “Sí. Es posible que gane. Espero que no y creo que no. Me asusta pensar que puede ganar, pero si lo hace no me sorprenderá”. Es que hay miedo hoy en los Estados Unidos, lo que no tiene nada de extraño si consideramos que la de Trump ha sido una campaña basada en esta emoción. Pero el miedo de sus partidarios no es el mismo de aquel de sus detractores y distinguirlo me parece necesario. Más aún en tiempos como los nuestros, donde ciertos tipos de miedo se han convertido en importantes obstáculos para la construcción de sociedades más democráticas, justas e inclusivas.

Son dos miedos en particular los que para mí están al centro de la campaña de Trump y que, lamentablemente, explican el éxito que ha tenido. El primero es el miedo a la Política. Así, con mayúsculas. Donald Trump es un empresario y está corriendo esta carrera como tal. No le da asco declarar –como hizo durante el primer debate presidencial– que el no pagar impuestos demuestra que es “inteligente” o que el haber afirmado el año 2006 que tenía esperanza en que el mercado inmobiliario colapsara (lo que efectivamente ocurrió un par de años después, llevando a los Estados Unidos a una de sus peores crisis económicas de las últimas décadas) no sólo no era reprochable, sino que era simplemente “business” o negocios. No le da asco, porque la imagen que presenta busca ser la opuesta a la de los ‘políticos’. Mientras a estos los muestra como ineficientes y carentes de liderazgo, el magnate norteamericano se presenta como efectivo y capaz de actuar. Su discurso plantea que los políticos son una especie innecesaria y que la Política (entendida como la deliberación comunitaria constante en pos de decidir nuestras acciones colectivas) debe ser reemplazada por la acción de quienes poseen ‘criterios de verdad’. Estos criterios pueden ser distintos, como las leyes del mercado (de las cuales el magnate se considera ciertamente portador), el compromiso militar (en el mismo debate, Trump afirmó que “tomaría el apoyo y consejo” de los Almirantes y Generales de las Fuerzas Armadas antes que el de los “politicuchos”, en una declaración que pasó más bien desapercibida en los Estados Unidos, pero que a cualquier latinoamericano debiese enviarle un temblor frío por la columna vertebral) o la ciencia (aunque esto no parece ser el caso en un candidato que ha afirmado que el calentamiento global es una invención de China para hacer a las industrias norteamericanas menos competitivas). Estos criterios de verdad tienen en común su capacidad de anular toda posibilidad de diálogo y confrontación de posturas, y no es de extrañar que en la campaña de Trump algunos se utilicen como autoridades externas que buscan clausurar el temido espacio de la Política.

Pero junto al miedo a la Política, e incluso con más fuerza, está el miedo a los Otros. Es ese el miedo que Trump más ha sabido explotar: llamando a construir una muralla para evitar que México siga enviando “violadores”, proponiendo prohibir el ingreso de musulmanes pues no se puede identificar cual es “su actitud” (en otras palabras, declarándolos a todos potenciales terroristas) o defendiendo prácticas policiales como el stop and frisk (una suerte de programa de ‘detención por sospecha’ instalado en la ciudad de New York y cuya implementación fue declarada anticonstitucional en 2013 debido a su foco discriminatorio hacia a la población afroamericana y latina). Coincidentemente, son todos estos grupos tradicionalmente desaventajados al interior de los Estados Unidos. Convirtiéndolos en esos Otros a quienes se debe temer, Trump se posiciona como el campeón que defenderá a la sociedad norteamericana de ellos y a la vez los excluye de esa misma sociedad, reforzando las condiciones de injusticia y violencia que estos grupos han vivido históricamente en este país.

Lo que a mí más me sorprende en estos días, no es tanto el que Trump tenga posibilidades de ganar. Es más bien el que los chilenos que me preguntan “¿Y qué onda con Trump?”, se sorprendan con mi respuesta. Porque en Chile, el miedo a la Política y el miedo a los Otros no sólo no son desconocidos, sino que poseen enorme fuerza. Sólo hace un par de semanas, en medio de la polémica surgida en torno a un libro de educación sexual, un senador y precandidato presidencial declaró no sólo que el sexo anal no era sexo, sino que quizás “están tratando de meter alguna ideología o algo”. De lo primero se excusó más tarde, pero no de lo segundo. El verbo “están”, abstracto y sin definir, quedó no sólo sin disculpar sino que acompañando a un ‘ellos’ implícito (y sin duda fácil de descubrir), peligroso, distinto al ‘Nosotros’ del cual este senador parece declararse parte y defensor. La semana recién pasada, otro candidato –esta vez a concejal en una comuna del sector oriente de la capital– hizo noticia por una plataforma de campaña que incluía que trabajadores de la construcción con causas judiciales pendientes no se desempeñaran en la comuna. El candidato no sólo le puso así explícitamente un nombre a estos Otros sino que, posteriormente al defender su propuesta, declaró que su cercanía a los “vecinos” era “muy intimidante”. Vecinos y obreros, de nuevo Nosotros y los Otros. Estos dos personajes no son sino los dos ejemplos más recientes entre tantos otros, ejemplos de cómo el discurso del miedo a los Otros contribuye a perpetuar la exclusión y la violencia hacia grupos tradicionalmente marginados en nuestra sociedad.

El miedo a la Política tampoco es desconocido en Chile. Sería fácil decir que los culpables de ello son nuestra case política (y cierto es que varios de sus miembros parecieran haber estado haciendo un esfuerzo extra por justificarlo durante los últimos años), pero lo cierto es que la responsabilidad la compartimos todos. Lo somos cada vez que expulsamos a la Política de nuestros espacios colectivos, por miedo al conflicto, por cinismo o incluso por desidia. Somos responsables de ese miedo cada vez que repetimos ese mantra casi aprendido de memoria, de que ‘no hay que politizar las cosas’, y le pedimos al profesor que se dedique a hacer clases, al estudiante a estudiar, al sacerdote a predicar, al artista a su arte, y que por favor no mezclen sus labores con la Política (como si acaso fueran realmente posibles de separarse del todo). Así es como el miedo a la Política nos silencia. En medio de ese silencio, el miedo a los Otros se amplifica, y se escucha tanto más fuerte.

Los eventos de los últimos días –que incluyen la filtración de una grabación en que el empresario se jacta de poder hacer lo que quiere con las mujeres– posiblemente me lleven a cambiar mi respuesta una vez más. Pero si acaso llegan a impedir la llegada de Donald Trump a la presidencia –lo que agradeceré–, tristemente, no cambian nada de lo dicho en estas líneas. Al iniciar este texto dije que la campaña de Trump partió siendo “para reírse”. Pero han sido justamente las voces de aquellos Otros de la sociedad norteamericana las que han buscado mostrar que nunca debió haberlo sido. Debió siempre habernos dado miedo. Miedo de lo que sus intentos de separar a la sociedad entre “Otros” y “Nosotros” podían (y pueden) provocar. Miedo también de creernos ese cuento de que a la Política hay que mantenerla lejos de nuestras vidas y nuestros actos, y que no debemos aprovechar todas las oportunidades existentes en que podamos denunciar a aquellos que utilizan el temor a los Otros para perpetuar estructuras de desigualdad y opresión. Son estos los únicos miedos que pueden volverse realmente productivos. Esos miedos quizás sean los que permitan salvarnos de aquellos otros miedos –el miedo a los Otros y el miedo a la Política– que parecen hoy estar consumiéndonos, tanto en Chile como en Estados Unidos y en tantas otras partes del mundo.

* Rodrigo Mayorga es Historiador UC, actualmente realiza estudios de doctorado en Antropología y Educación en Columbia University (NY)/ Esta columna fue publicada en Con olor a oveja, blog de la congregación de los SSCC.

Comparte:

Comentario

Kenneth Ledger Toledo

Mientras más cerca se está de conocer el nuevo POTUS norteamericano, más hiede la carrera presidencial.

sábado 22 de octubre 2016 a las 16:29
1

Los Comentarios se han cerrado.

Anuncio