¿Cambiar el mundo o cambiarse a sí mismo?

Hace menos de 1 minuto
|
por

Daniel Ramirez, philosopheAlgunas reflexiones sobre lucha política, depresión y felicidad.

Por Daniel Ramírez*

En una época, recuerdo, a mediados de los años 70, algunos decían “hay que cambiarse a sí mismo antes que cambiar la sociedad”. Claro, la actividad política en dictadura era bastante más peligrosa que la meditación transcendental o el tantra. Otros, consideraban la lucha y “el compromiso” como una ascesis, una especie de entrega sacrificial; en general, la literatura revolucionaria estimula esta versión un tanto religiosa o monacal de la actividad política.

Hoy estas alternativas extremas se han diluido. Cambiarse a sí mismo antes que cambiar el mundo (versión recalentada de un plato muy antiguo: el estoicismo), se fue convirtiendo en ocuparse de su ombligo durante toda la vida porque otros se encargarán de cambiar la sociedad o, incluso, que nadie cambie nada porque la situación actual nos favorece y así podremos seguir gozando de las buenas cosas de la vida. Por supuesto, esa posición no incumbe más que a una ínfima capa de la población y no interesa mucho en este debate.

En cuanto a la versión sacrificial o apocalíptica, con la profesionalización de la política el acomodamiento de las clases dirigentes y la estructura bipartidista de las democracias (cada cual gobierna a su turno o hace oposición) se ha olvidado o ha ido perdiendo la capacidad de inspirar el deseo, la emulación, el entusiasmo.

Salvo cuando hay que protestar. Es una suerte que la capacidad de reacción no se haya perdido enteramente. Una ley injusta (como ocurrió con la ley del trabajo en Francia), un sistema que muestra su esencia aberrante (como las AFP en Chile), la ausencia de una educación decente y accesible a todos; de la misma manera como una dictadura de décadas se vuelve insoportable (como en Túnez) o si un proyecto energético amenaza con destruir un ecosistema, un entorno natural o agrícola o una cultura tradicional. Estas cosas despiertan cada vez más, manifestaciones inmensas, fervor y movilización popular. Entretanto, pueblos, regiones o etnias se rebelan también contra injusticias a veces seculares.

¿Se traducen en la realidad este tipo de reacciones tan potentes? Es falso decir que no conducen a nada, a veces incluso triunfan en gran parte (como en Túnez), pero muchas veces, su enorme ímpetu se frustra en una negociación interminable con las instituciones del poder, que tienen mil y una herramientas para diluir, con promesas, lenguajes técnicos, comisiones parlamentarias, astucias, amenazas, desgaste y a veces con una franca y violenta represión, incluso masacres.

En realidad, el mundo está pasando por una fase de destrucción que pocas veces se ha visto y no tiene muchas posibilidades de mejorar en un futuro inmediato. El sistema socio-económico (difícil de nombrar: ¿“neoliberalismo rentista especulativo globalizado”?) en crisis endémica continúa generando injusticia y arreglándoselas con gobiernos dictatoriales por allá, democracias corruptas por acá, militarismos nacionalistas, países arruinados, Estados desintegrados, poblaciones desplazadas –nuevos parias que recorren los continentes en búsqueda de un lugar para sobrevivir. Todo ello estimula y facilita el desarrollo de ideologías mortíferas y pulsiones vengadoras que no encuentran más que el terrorismo para expresarse. Las respuestas policíacas y guerreras se muestran ineficaces, generando más dolor, pobreza, odio, fanatismo y muerte.

Tal cuadro no estimula precisamente la acción, sino la indiferencia o la depresión, o bien su versión maníaca: euforia consumista, narcisismo y farándula. Y unos pocos que combinan privilegios y “desarrollo personal”.

Sin embargo, hay gente que trabaja y lucha, jóvenes que estudian con gran esfuerzo para ser científicos, músicos o profesores; artistas que ponen palabras o imágenes allí donde el silencio tiende a encerrarnos o la bulla nos aliena; pueblos que se rebelan; médicos que dan su tiempo para ocuparse de los damnificados por los estragos de la guerra o del clima; hay quienes protegen, acompañan, atestan, denuncian. Incluso hay búsquedas sinceras de la sabiduría y de la espiritualidad, del cuidado de la armonía de lo viviente, y del crecimiento de la consciencia.

Cuando ya no exista nada de eso, entonces será el tiempo de la desesperanza, del nihilismo.

Yo no creo que llegue ese momento porque los humanos, ¡qué importa que no sea la mayoría!, cada vez nos damos más cuenta de la riqueza y la fragilidad del mundo de la vida, la realidad en la cual existimos, que contiene la sensibilidad y la cultura, que permite el amor y la inteligencia, el mundo de lo humano y lo natural, que deben encontrar el camino de una nueva armonía. Sin embargo, cuando nada parece avanzar, ¿qué hacer para no deprimirse?

Dar una receta para un mal tan generalizado es tan ilusorio como dar recetas para ser feliz. Y que las hay, las hay, incluso se trata de un filón editorial de éxito. En general, estos programas de felicidad recomiendan salud, aire puro, evitar el estrés, comer bien, darse gustos, hacer el amor, contacto con la naturaleza, música tranquila y evitar excesos. En otras palabras, cambiarse a sí mismos. Lo absurdo es que muchos de quienes consumen estos productos editoriales no tienen los medios para cuidar su salud, viven en un ambiente lleno de polución y estresante, se alimentan muy mal (por falta de medios y de conocimientos), viven frustrados, con una sexualidad mediocre y llena de prejuicios, consumiendo sub-cultura ruidosa, productos contaminados y adictivos. Por otra parte, quienes pueden darse todos esos gustos y cuidados, no es por eso que viven felices.

Debe haber un problema de diagnóstico…

La ecuación que debemos resolver, me parece, es cómo ligar por un lado gestos protestatarios – luchas por una sociedad más justa; y por otro, la realización personal, el desarrollo de la vida individual, sentimental, cultural, espiritual y en último término, de lo que llamamos la felicidad. Creo que el asunto está ligado a una percepción del tiempo.

¿Necesitamos, para ser felices, un mundo mejor, que permita el desarrollo de las potencialidades de la persona? En este caso vale la pena sacrificar el presente a ese futuro… ¿O bien luchar por él tiene desde ya, sea cual sea la situación actual, un poder de hacer feliz en cierta forma a quienes participan?

No tengo respuesta clara a esta pregunta, pero si pongo en relación las antiguas maneras de ver el asunto, me parece que una clave se encuentra en la no separación de vías que pueden parecer excluyentes.

Puede ser que el carácter protestatario y reactivo de la mayoría de estos movimientos haga más difícil la tarea. Indignarse (la palabra “indignados” llegó a ser emblemática de ciertos movimientos en Europa), clamar, obstruir, presionar para impedir algo, es verdad que un cierto de goce se desarrolla, un placer de compartir el momento, gritar juntos, incluso de resistir a la represión. El goce de decir no es importantísimo en el desarrollo de la personalidad del niño, según especialistas –siempre nos queda esa zona de sentimientos y emociones compartidas– pero luego contribuye a la depresión cuando llega el momento –y generalmente llega– de la frustración. La indignación parece difícilmente identificable a una forma de felicidad.

“La ecuación que debemos resolver es cómo ligar, por un lado, gestos protestatarios (luchas por una sociedad más justa) y, por otro, la realización personal, el desarrollo de la vida individual, sentimental, cultural, espiritual y en último término, de lo que llamamos la felicidad”

Creo que hay una dinámica esencial que se ha ido perdiendo: es el lazo de esas luchas de rechazo, de oposición, con la imagen de un mundo mejor en el futuro, de otro sistema, lo que podemos llamar una utopía, UN IDEAL. Como si ya no osáramos pensar que “otro mundo es posible”. Muchos combates, por cierto indispensables, se limitan a proteger algo que amenaza con ser destruido: derechos sindicales, instituciones (en el caso de Europa), contextos naturales, etc. Y ocurre que es muy difícil suscitar durablemente el entusiasmo y el compromiso necesarios para el éxito de empresas colectivas cuando el objetivo es la conservación de lo que ya existe. La naturaleza de la vida es el cambio, la invención, “la evolución creadora”.

En el fondo se trata de recrear una relación entre las batallas de hoy, que pueden ser difíciles, a veces dolorosas y peligrosas, como huelgas largas, ocupaciones ilegales, desobediencia civil, ayunos, que implican privaciones y amenazas en el presente, con la imagen de un mañana deseable, con una transformación, por qué no radical, de la sociedad.

Si podemos imaginar un mundo en el cual no sea el abuso, la indiferencia, el maltrato, los prejuicios y el odio que dominan; sí podemos imaginar –¡y claro que podemos! (“podemos”, otra palabra emblemática de estos tiempos)– un mundo donde los humanos se comprenden porque buscan lo mismo: vivir en paz, amarse, aprender, trabajar y descansar, gozar de la vida. Un mundo de libertad efectiva de modos de vivir, de instituciones justas, de participación, de respeto del otro, de cuidado de las personas, de real igualdad de oportunidades, un mundo sin despilfarro ni ruina de la biósfera, sin aplastamiento de culturas; un mundo donde los tesoros de la inteligencia y de la belleza naturales y culturales se valoran en prioridad y no la embriaguez del lucro ni los privilegios destructores.

Si podemos imaginar un tal mundo, es imposible, absurdo, contradictorio y mortífero intentar probarnos que no se puede realizar.

Así, cuando salgamos a protestar por una injusticia más, o a reclamar por cosas mínimas para una vida decente, cuando salgamos a bloquear un proyecto funesto, alianza de la codicia ilimitada y del cretinismo burocrático, incluso cuando salgamos a gritar nuestra indignación por un atropello o nuestro horror por una masacre, no perdamos de vista en ningún momento que se trata de construir el futuro, una sociedad que merezca finalmente el apelativo de “humana”; que se trata de la paz, de la justicia, del amor y de la convivencia inteligente entre los seres sensibles y frágiles que somos, humanos y animales, plantas, ecosistemas, libros, paisajes, memorias, lenguajes…

Preguntémonos entonces: si esto, por lo cual luchamos ahora, lo conseguimos, ¿cuál será el próximo paso? Y si aquel es conseguido ¿qué sigue? Y si todo lo que deseamos fuera obtenido, ¿a qué se parece la sociedad que resultaría de ello? Si la imagen no se dibuja en absoluto o no es para nada coherente, es que permanecemos bloqueados en lo reactivo y nuestros combates, aun justos, no tienen futuro ni potencial de felicidad.

Se trata en el fondo de trabajar para crear un puente imaginario (conceptual o poético) entre el presente –violento, injusto y frustrante– y el futuro. Pero claro, este no puede ser iluminado más que por las luchas actuales, y a su vez estas no pueden ser soportadas más que por la esperanza, el deseo ardiente de lo que viene. Hay que transformar el círculo vicioso en círculo virtuoso, en fuente de sentido. La felicidad actual tiene que ver con el deseo de la felicidad por venir, y su dinámica de transformación del mundo. Ese futuro deseado nos devuelve como un espejo temporal su luz hacia el presente. Y si eso puede hacernos, de alguna manera, felices, se trata de una felicidad perfectamente alcanzable; se trata de fecundar de futuro el presente. Cambiarnos a nosotros mismos. En esta perspectiva, todo verdadero trabajo personal de desarrollo de sí mismos, cobra sentido y contribuye a cambiar el mundo.

*Doctor en Filosofía (La Sorbonne)

Comparte:

Comentarios (2)

Excelente artículo, cierra una gestalt abierta desde la juventud, cuando en plena dictadura y asustados, tan deprimidos, tristes y furiosos, muchos de nosotros “nos salvamos” hacia adentro y nos entregamos a la psicoterapia y la meditación. Supimos de la iluminación e hicimos camino, mas, a poco andar nos dimos cuenta que nadie se salva solo, que vamos juntos o no llegamos. Recuperar la calle nos ha costado, estamos en eso, remontando el castigo a palos que padecimos. Y del NO de la rebeldía lo natural es saltar al SI de la libertad.
Gracias por el artículo, ojalá lo lea todo Chile.

miércoles 28 de septiembre 2016 a las 06:22
1
WASHINGTON HERRERA

Bien por este Art. se hace necesario leerlo y comentarlo y para ello se debe difundirlo en nuestros colegios y en las cátedras de nuestras universidades, nuestros jóvenes necesitan humanizarlos y tener presente que son ellos los nuevos conductores de la sociedad y deben asumirla desde ahora, no basta adquirir conocimientos específicos en determinadas materias de su profesión, sino también de aquello que caracteriza al ser humano, de ser consciente de sus actos e ideales. Nuestro planeta esta enfermo desde hace bastante tiempo, por aquellos que se creen elegidos para gobernar, así hemos tenidos cambios históricos, que han sido transcendentales por los avances y retrocesos de nuestras civilizaciones en todos sus periodos.
Hoy por el desarrollo tecnológico, con el hombre pensando en viajar al espacio exterior, en busca de respuestas de nuestra creación o de riquezas al igual que los descubridores de los continentes en los siglos pasados, así e leído la propuesta del presidente de los EE.UU, que para el 2030, se intentara viajar al planeta Martes, en un viaje de 6 meses, que conlleva este salto, el cambio global de la forma en que el ser humano se a comportado, nuevas generaciones en todas las sociedades del mundo, estarán preparándose para los nuevos desafíos, siempre y cuando no suceda todo lo contrario, por un planeta que esta en la UTI,espero que los lideres de este planeta actúen de una vez por toda, para proteger a la raza humana en todos los principios de humanización y lograr en el fondo el mensaje de este Art.

jueves 13 de octubre 2016 a las 01:21
2

Los Comentarios se han cerrado.

Anuncio