El gabinete de Michelle

viernes 25 de septiembre 2015
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Columnista Mauricio MoralesDe nada sirve un gobierno reformista si no se sabe comunicar correctamente el mensaje.

Por Mauricio Morales

La encuesta de agosto de Adimark mostró un nuevo retroceso de la aprobación presidencial de Bachelet. Si bien la diferencia no es estadísticamente significativa con respecto a la medición anterior, hay varias cosas a subrayar. La primera corresponde -como lo he sostenido en columnas anteriores- al incremento de la polarización. Cuando se pregunta por la identificación con el gobierno, la oposición o ninguno, florecen los tercios de la política chilena, pero ya no ordenados en función del clásico eje izquierda-derecha, sino que de acuerdo al agrado o molestia que genera el desempeño del gobierno. Lo segundo es la gran diferencia que existe en la aprobación presidencial según el autoposicionamiento ideológico. Los ciudadanos de izquierda aprueban a la Presidenta en un 42 por ciento, mientras que los de centro sólo lo hacen en un 27 y los de derecha en un 13 por ciento. La distancia que hay entre los apoyos de izquierda y de centro es un indicador de debilidad de la Nueva Mayoría, que parece más una coalición de izquierda que un pacto de centro-izquierda. Lo tercero, es que -como buena noticia para el gobierno- disminuye la impopularidad de la reforma educacional, lo que puede obedecer a los anuncios de extensión de la gratuidad para universidades privadas que cumplan con ciertos requisitos. Finalmente, no deja de llamar la atención la caída en los apoyos a Bachelet por parte de los ciudadanos de estratos bajos. La Presidenta ha cultivado sus bases electorales precisamente en estos segmentos. Tanto así, que en la primaria presidencial Bachelet perdió con Velasco en las comunas más ricas, pero arrasó en las comunas más pobres de la Región Metropolitana.

Dicho esto, queda por evaluar al gabinete. Claramente, el equipo político no está dando el ancho. El problema más crítico está en la vocería. Es difícil encontrar en la historia reciente un ministro SEGEGOB tan debilitado. Elizalde, en su momento, tenía como misión informar o comunicar lo que hacía el gobierno. Dentro de su diseño no estaba la labor de salir a defender la administración o funcionar como dique de contención entre la Presidenta y la oposición. Por tanto, le costaba administrar el conflicto. Sin embargo, antes de que gatillara el caso Caval, su aprobación promedió el 60 por ciento. El caso de Díaz es distinto.

En esta encuesta cayó en 8 puntos su aprobación. Se hace urgente que la Presidenta tome seriamente la posibilidad de cambiar al vocero. De nada sirve un gobierno reformista si no se sabe comunicar correctamente el mensaje. Adicionalmente, un vocero con trayectoria política mediocre, anima a la oposición a criticar más duramente al gobierno y, por cierto, no contribuye a la disciplina dentro de su propia coalición.

El caso de la ministra Ximena Rincón está en las antípodas del ministro Díaz. Luego de salir de la SegPres, tuvo que asumir el difícil papel de coordinar el proceso de reforma laboral. Adicionalmente, no tuvo miedo en cuestionar a la Superintendenta de Isapres por haber autorizado la fusión de dos AFP (Argentum y Cuprum) que, entre otras cosas, permitió que sus controladores tuviesen importantes beneficios tributarios. El mensaje de Rincón va por la línea correcta: condenar los abusos aunque se produzcan en su propio gobierno. Estas dos áreas de gestión -reforma laboral y freno al abuso de los privados- han traído como consecuencia un importante incremento en sus niveles de aprobación.

Por último, está la situación del ministro Jorge Burgos. Junto con el paro de los camioneros, no fueron pocos los que especularon con la salida del titular de Interior. Burgos ya había tenido serias diferencias con la Presidenta, quien sostuvo que -en la práctica- la dupla Burgos-Valdés no implicaba un giro hacia la moderación y que el programa se cumpliría casi al pie de la letra. Por cierto, hubo morigeración particularmente en el tema de la Nueva Constitución. Burgos marca un 48 por ciento de aprobación, cifra destacada si se considera el escaso apoyo de la vocería y el desorden en la coalición de gobierno.

Sumando y restando, entonces, la encuesta Adimark trajo como buena noticia un freno a la impopularidad de la reforma educacional, un incremento en la valoración de la ministra del Trabajo y un porcentaje razonable de aprobación para el ministro del Interior. En promedio, la aprobación al gabinete prácticamente no ha variado desde abril de este año. Pero el promedio esconde las variaciones internas. El punto negro -como argumenté más arriba- está en la vocería. Por ahí debiese venir el próximo cambio de gabinete.

*Director Observatorio Político Electoral UDP

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