La vía judicial: el camino del malestar

viernes 24 de abril 2015
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Peñalolén-20130518-00351Mientras el grueso de la elite y la institucionalidad no ha leído la época, los tribunales han visto la necesidad de portar la idea de justicia en su sentido lato.

Por Alberto Mayol, académico USACH

Las primeras señales comenzaron en 2012 y se consolidaron en 2013. Los Tribunales de Justicia y los de Libre Competencia parecían abrir la puerta a una mirada menos formalista y más sustancialista del derecho. Diversos fallos fueron reflejando esta tendencia, que terminó en una crítica furiosa del sector empresarial contra la Corte Suprema por lo que llamaron la politización de sus fallos.

Las críticas arreciaron y muchos ciudadanos vieron la vía judicial como el camino razonable. Más de 40 mil demandas se presentaron en 2013 contra las Isapres, lo que motivó a Evelyn Matthei a señalar que “Chile podría ser el primer país del mundo que tenga inflación cero, a fuerza de dictámenes de la Corte Suprema”. (13 de enero del 2013, La Tercera).

La Revista Capital hizo un diagnóstico sobre el rol de los tribunales, dando espacio a la mirada de expertos que se declaran sorprendidos por l nueva forma de proceder de la Corte Suprema: “De supremazo en supremazo, el máximo tribunal está dictando sentencias que suponen un golpe a las prácticas del mercado, lo que tiene al mundo legal y empresarial cada vez más atento a sus actuaciones (…) A juicio de diferentes expertos, el alto tribunal está realizando interpretaciones amplias en varios términos, imponiendo requisitos que irían mucho más allá del tenor literal de algunas normas, e incluso, objetando prácticas sustentadas tradicionalmente en el Código Civil (…) Nunca antes la Corte Suprema había estado tan activa en temas económicos, ni sus decisiones habían impactado tanto a los mercados” (Mayo 2013).

La ruta de judicialización parece estar siendo la única institucionalidad capaz de canalizar el malestar. Muchos denuncian el hecho como catastrófico, pero lo cierto es que resulta ser el único vínculo donde una institucionalidad resiste un clima crispado y es capaz de ‘someterlo a su propio proceso’. Mientras el grueso de la elite y la institucionalidad no ha leído la época, los tribunales han visto la necesidad de portar la idea de justicia en su sentido lato. La verdad en una mano, la espada en la otra, la vista cegada para ser objetivo (sin importar el dinero, el prestigio, el poder); esos ideales de justicia, hoy palpitan como el requerimiento de una sociedad que necesita reconstituir sus vínculos entre la vida cotidiana y la macrosociedad, entre el yo y la institucionalidad.

No ha existido una linealidad en este proceso. El fiscal Chahuán fue valiente en 2012 y luego timorato el mismo año, evitando entrometerse en los temas más álgidos. Y fue timorato también al querer sacar a Gajardo del Caso Penta, pero volvió a la valentía cuando el desgarbado fiscal ganó la pulsada y se sumó a los triunfadores sin problema. Es decir, no se trata de si la justicia hoy hace o no su trabajo, si lo hace más y mejor, por ejemplo. De lo que se trata es más interesante. En el espacio de la justicia, en los tribunales, la reducción abismante del poder de la elite está demostrando toda su fragilidad, la inaudita incapacidad de sus recursos. Ha cambiado el poder y con él se arrastran fallos e interpretaciones del derecho. Los abogados invencibles que todos sabían que eran extraordinarios, como Jorge Boffil, son señalados con el dedo por sus errores de argumentación y demuestran sus precariedades.

Lo que hay detrás es simple: no solo habla Gajardo o Chahuán, no solo hablan los jueces, no solo hablan los abogados defensores. La que habla es una época que busca una salida. Un trozo de esa salida ha sido hallado en los Tribunales de Justicia. Y los chilenos describen la escena del juicio a Penta de un modo simple: fue como ver un partido de la selección. ¿Por qué? Debemos preguntarnos. Porque los ciudadanos están claramente de un lado, porque es la sublimación de la guerra (de la lucha de clases en este caso), porque deseamos para sentir el pan más sabroso de mañana que el fallo vaya en una dirección.

La judicialización es el primer paso del futuro y el último del pasado. La ironía es que mientras los fallos cambian, los códigos que los guían siguen exactamente iguales, a la espera de las próximas reformas. Y sin embargo, aun cuando los textos porfían en su existencia, los fallos comienzan a configurarse como el único camino institucional que ha logrado dar una ruta de procesamiento al malestar social.

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