El dinero, la política y el ser social

viernes 24 de abril 2015
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Daniel Ramirez, philosopheLa corrupción tendría que ser calificada como “crimen contra el ser social del hombre”.

Por Daniel Ramírez, Doctor en Filosofía (La Sorbonne)

Muchas actividades conforman la vida humana. Entre todas, la política, el arte de gobernar la vida en común, desde los antiguos griegos ha sido considerada una de las más profundas y más nobles.

El mundo del dinero es otra cosa. Se puede decir sin duda que el dinero es un invento prodigioso. En los orígenes de las sociedades mercantiles permitió el intercambio a través de una referencia abstracta en lugar del limitadísimo trueque o mercancía señalada: cabezas de rebaño, pieles, sal, arroz, o metales, difíciles de evaluar y transportar. El dinero tiene el mérito de tener una existencia exclusivamente cuantitativa. Por ello, en principio, todo lo que es cuantificable se puede intercambiar por dinero.

Esa solución es también el comienzo de un problema. Pues los seres humanos tenemos la capacidad de distinguir lo cualitativo, la calidad de las cosas, de las situaciones, de nosotros mismos. Todo lo que es, existe de una cierta manera cualitativamente… Por cierto, la calidad también se paga, tiene su precio, lo que implica una cierta convertibilidad entre calidad y esa abstracción de la cantidad de valor que es el dinero. Pero esa convertibilidad es solo operativa, utilitaria, en el fondo hay muchas cosas en la vida que no son cuantificables, y por ello no son convertibles en dinero. Se dice por ejemplo de la amistad que “no tiene precio”. Kant distinguía las cosas que tienen valor (en el sentido moral, humano) de las cosas que tienen precio. Muchas cosas no se pueden comprar: ni el amor, ni el talento, ni la sinceridad, ni la generosidad, ni la inspiración, ni menos aún, la felicidad. Eso todo el mundo lo sabe, pero se olvida fácilmente. ¿Por qué?

El sociólogo Alemán Georg Simmel, caracterizó el dinero como un medio para obtener resultados, que tiene la particularidad de poder aplicarse a muchos fines. Lo propio de la acción voluntaria es un encadenamiento de medios y fines. Un teléfono es un medio para comunicar, una bicicleta un medio de transporte. El teléfono lo utilizamos como medio en vistas al fin que es obtener noticias de alguien, por ejemplo, la bicicleta a fin de desplazarse para ir a ver una puesta de sol… Una cierta suma de dinero es un medio para obtener estos medios, y muchos otros más. Por esta plasticidad casi total, el dinero, este “medio de los medios”, tiende a convertirse en una finalidad en sí mismo. El objetivo de ganar dinero pierde su calidad de medio para convertirse en una finalidad.

En el actual sistema económico, el dinero sirve también eficazmente para “hacer” más dinero, lo cual facilita mucho esta confusión en la cual los medios se convierten en fines.

Esta inversión implica un grado importante de alienación y pérdida del sentido de las cosas. Y sobre todo de esas cosas que “no tienen precio”. Si con dinero todo se puede comprar, ¿para qué sirven la gentileza, la generosidad o la sinceridad? Si es el dinero lo que cuenta –pues todo se puede contabilizar–, ¿qué tanto importa el amor, la belleza, el conocimiento? ¿Para qué cultivar el arte, la espiritualidad, la fraternidad?

Lo peor de todo esto es que los valores que a pesar de todo conservamos, se contaminan por este efecto mágico del dinero que todo lo obtiene. La belleza (física, convertida en objeto del deseo: una ventaja), el conocimiento (habilidades operativas, competencias profesionales: ventajas en la “carrera”), la amistad (convertida en “amiguismo”, “cuñas”: posiciones útiles), la sociabilidad (en su versión rentable: popularidad y celebridad: un capital), se ponen al servicio de la obtención de lugares en la sociedad y actividades que serán los más remunerados, contratos lucrativos y situaciones de jerarquía social, y al final, más dinero.

Qué importa si hay que sacrificar tantas cosas cualitativas de la vida, la lealtad, la verdadera amistad, la autenticidad, la tranquilidad… Una ilusión persistente tiende a convencer al individuo que una vez bien situado, con dinero e influencias, estas cosas vendrán por añadidura; como por magia. Habrá momentos para ello: el aperitivo en la terraza de la residencia secundaria, el paseo en lancha, el restaurante, el crucero, la estadía de esquí, donarán la posibilidad de encuentros enriquecedores, amores, amistad, cultura. Y si hay problemas, si alguna vez todo no va bien en el mejor de los mundos, no importa, se contará con los mejores médicos, sicólogos y clínicas; si no se puede dormir, si viene la angustia, si se le ha perdido el gusto a la vida, se tomarán medicamentos, se consumirán cosas para compensar, distracciones, trajes, viajes, gadgets, para los cuales se necesitará más y más dinero.

Hay que asumir que es la sociedad que hemos permitido (¿o deseado?) construir.

Volvamos ahora a la política.
Si ella consiste en principio en el arte más noble, el de servir la vida común, de organizar la sociedad de manera justa, pacífica y enriquecedora, para que un máximo de ciudadanos puedan realizar con libertad su esencia de seres sociales según lo que ellos han decidido (democracia), ¡imaginemos, por un solo momento, lo que pasa si el objetivo de la política misma comienza a ser el dinero! Si la búsqueda de riqueza y lugares de privilegio, que lamentablemente es propio a la sociedad de consumo individualista neoliberal que hemos permitido (o deseado) construir, llega a absorber la vocación política; si presentarse a elecciones, postular a un mandato, asumir un cargo, se convierten a su vez en medios de conseguir altos salarios, posiciones de influencia, buenos negocios y relaciones lucrativas, ¿qué queda de humanamente valioso en la sociedad? ¿Cómo se puede aún confiar en algo?

Se trata en este caso de la inversión más radical de valores a la que se puede llegar en la vida: lo más noble y necesario, lo que debiera constituir la más alta finalidad en la sociedad, la expresión de una vocación altruista y humanista de servicio y de justicia, se convierte en medio para obtener “el medio de todos los medios”, el dinero, convertido en fin último de la vida.

Se tildará de iluso o naif a quien piensa que la política debería ser una tan alta y desinteresada misión. Hay que ser “realista”, se dirá, es normal que quien tiene poder quiera tener dinero, y más vale que sean personas bien formadas, competentes (porque fueron a las mejores escuelas), que si de pasada se sirven un poco no se puede evitar; cuando los ricos se enriquecen, igual algo les toca a los pobres, el país se desarrolla y el crecimiento al final beneficia a todos, etc. Me permito denunciar de la manera más clara y vigorosa posible esta mentira inicua, que es un concentrado maloliente de hipocresía, codicia y cobardía. Lo peor de todo, que hace que un pueblo merezca a los gobernantes que tiene, como dice un terrible adagio, es acostumbrarse a esta ideología aberrante, a esta renuncia a la humanidad y comenzar a considerarlo normal.

El delito económico y el sistema de vasos comunicantes entre el medio de las finanzas y la política, que infecta a muchas sociedades modernas, llamado usualmente “corrupción” –¡Si al menos se le tomara el peso a esta palabra, que significa desintegración por podredumbre!–, y el tráfico de influencias, llamado “nepotismo”, son considerados como problemas, claro, pero menos graves que la deuda externa, la tasa de interés o la exportación. Se reprueba y se somete a juicio a algunas personas poco escrupulosas que cometieron errores flagrantes. Pero lo que sale a luz es solo espuma y epifenómeno. Propongo –tal vez cambie algo– rebautizar en un lenguaje moral esto que se considera “un problema”. Así como matar a alguien es un simple crimen, y como existen los “crímenes contra la humanidad”, y puesto que la política debería ser el arte más noble, la corrupción debería ser calificada como “crimen contra el ser social del hombre”. El hecho de introducir una fatal inversión de valores, destruyendo lo que no tiene precio para hacer de la sociedad humana una vasta feria de lucro, oportunismo sinvergüenza, robo y mentira sin escrúpulo, una trampa que destruye la convivencia, la confianza y la responsabilidad ciudadana, equivale a matar la esencia social y política del hombre.

Claro, con tales exigencias –que no haya en absoluto el más mínimo interés material– será difícil conseguir postulantes a puestos de responsabilidad y de representación. Sería como una especie de vocación monacal, de servicio a los demás, una especie de celibato económico. ¿Imposible?

¡No! ¡Mil veces no! Es cosa de inventar, de imaginar, con creatividad constitucionalista. Tarea para una asamblea Constituyente (ver columna anterior: “La asamblea constituyente eres tú”): Si la sociedad asegurara a quien es elegido (o nombrado) a cualquier puesto de representación o autoridad, que por cierto todos deberían ser no renovables, un salario correcto pero jamás excesivo (cerca del salario promedio de la sociedad), y ello incluso para el cargo de Presidente; si se acompaña de condiciones normales de vida, desarrollo profesional, seguridad y retorno a la vida “cívica” al término de su mandato, recuperando el mismo empleo que tenía antes, incluido si es necesario un período de puesta en condición, no sería en absoluto imposible.

Por otra parte debería asegurarse la perfecta imposibilidad de nombramiento de todo miembro de su familia y amigos a cualquier cargo dependiente o cercano (esto no es imposible, se practica ya, aun con fallas, en el caso de organizadores de sorteos y jurados de concursos).

No habría tantos postulantes como ahora, cierto. Pero tal vez serían los que deben estar. Quien quiera hacer fortuna que se dedique a la venta de salchichas o a especular. Pero quien quiera hacer política, que se olvide radicalmente de ello mientras lo hace. La sociedad, por medio de un poder judicial totalmente independiente, debiera tener los medios de un control total de los beneficios, bienes e inversiones de toda persona en cargo político y una auditoría que compare sus haberes al comienzo y al término de su mandato.

¿Inconfortable? Puede ser. Pero es el precio de algo que no tiene precio: la confianza de un pueblo –no hay lugar para el dinero allí –, la confianza que un pueblo no totalmente engañado o drogado con diversiones le acordaría por un tiempo. ¡Qué honor servir a un pueblo lúcido! ¡Y que orgullo formar parte de él! Tal vez ese honor y ese orgullo, lejos de todo chovinismo de estadio y esnobismo de festival, estén a nuestro alcance. Y se pueda poner término a esta sociedad saturnal, a este baile de máscaras, que envía los valores, lo más elevado y lo más noble de lo humano a las cloacas. Claro, se necesitará coraje, inteligencia y lucidez. Y una firme, inquebrantable voluntad de transformación; y parece evidente que con dos o tres remendones de alguna ley no bastará. Es otra sociedad lo que se necesita.

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Comentario

yehar

Me parece una aproximación muy lúcida al tema de la corrupción. Justamente porque denuncia la diferencia ABISMAL entre Valor y precio. Podría agregar otra diferencia ABISMAL : el denominar como bienes económicos a objetos como el cigarrillo que asocian la palabra bien con algo axiológicamente valioso, siendo justamente lo contrario. Pero esta distorsión semántica es sólo la punta del iceberg de la completa trastocación epistemologica, política, cultural y ciudadana que sufrimos. Enajenados completos!

sábado 25 de abril 2015 a las 22:50
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