A horas de marzo

sábado 28 de febrero 2015
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foto 5El año empieza mañana o mejor dicho el lunes 2. Enero y febrero sirvieron de precalentamiento y nos mostraron que, sin duda, somos menos de lo que creemos y que falta mucho camino por recorrer para tener una democracia plena, transparente y que sea realmente representativa de los intereses de la ciudadanía.

Por Francisco Martorell, director El Periodista

Llegamos a marzo con tareas pendientes, no de los dos primeros meses del año sino de varias décadas. O quizá de la historia de Chile. El país hoy ve con entusiasmo un mayor desarrollo económico y cómo las empresas muestran extraordinarios números de ganancias, especialmente aquellas que nos sirven o debieran hacerlo: bancos, isapres, afp, etc. También que mejora la infraestructura vial, llegan recursos desde el exterior y muchos turistas extranjeros desean visitarnos.

Un extraño complejo, incluso, hace que nos sintamos superiores a nuestros vecinos, alegrándonos con sus tragedias, como aquellos malos compañeros que son incapaces de entender que no está en la desgracia ajena el éxito propio. Nos conformamos, entonces, con que más allá de nuestras fronteras sucedan fenómenos desalentadores. Por aquí, solemos decir, las instituciones funcionan.

Pero no es tan así. Tenemos los mismos vicios y virtudes que otras naciones. Acá, también, se cuecen habas. El asunto es si existe la fortaleza y la independencia para que lo sepa toda la ciudadanía. Para hablarlas en voz alta. Sin nuestros típicos eufemismos.

Crece el divorcio entre gobernados y gobernantes, porque los sueldos de los segundos son tan diferentes de los de la gran mayoría que sus ideas finalmente se confunden con las de los sectores que no votan por ellos. Eso ocurre hoy en el Estado. No hay un mercado que justifique los altos sueldos de la administración política del país y urge una disminución sustancial, por áreas, luego de realizar un estudio acabado de cuánto es lo éticamente correcto.

Fallan nuestras instituciones, por el amiguismo y el árbol geneálogico, por la escasez de controles y de medios de comunicación. Por la doble moral. Porque en Chile se aplaude la mediocridad y la complacencia, se aplasta la crítica. Se privilegia el bolsillo y muchos se hincan cuando la billetera es grande.

Hemos recorrido un camino. Avanzamos y estamos mejor. Pero no es suficiente. Por el contrario, en este tramo de recambio es cuando más potencia y compromiso se requiere para dejar atrás el Chile del miedo. Las reformas sirven y ayudan, pero la cultura se cambia con entusiasmo no con leyes. De nada sirve la reforma educacional, la tributaria o la electoral, más adelante la laboral, si seguimos jugando con trampas y con tramposos.

Enero y febrero fue un precalentamiento. Pudimos mirar afuera y adentro del país cuestiones que no queremos sean parte de nuestro paisaje. Hay que aprender de ellas, estudiarlas, enfrentarlas con valentía y tratar de que no ocurra. Y si pasa, porque siempre pueden ocurrir, condenarlas con el rigor que requieren.

En Chile sabemos cuántos somos, reconocemos nuestros problemas y nos numeramos sin dificultad. Nos conocemos las caras. Es hora, simplemente, de no permitir que algunos vayan por ahí usando máscaras y burlando nuestra confianza. Ser mejores, nada más y nada menos.

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