La Catedral amenazada

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catedralLa protección de nuestros edificios, de un valor histórico indiscutible y esencial, debe ser una preocupación central e irrenunciable en el desarrollo de las obras, minimizando de esta manera la posibilidad de generar daños irrecuperables por todas las externalidades de una construcción de esta envergadura, como las trepidaciones de las máquinas, las excavaciones profundas y muchas otras.

Sergio Contreras A., 1º Vicepresidente del Colegio de Ingenieros

La Catedral de Santiago es nuestro principal templo de oración, de celebración litúrgica y de relación con el mundo. Una parte importante de la actividad de la vida ciudadana y democrática del país se ejerce alrededor de este templo en el centro de Santiago.

Es indudable que el avance y desarrollo de la sociedad en sus distintos ámbitos, económicos, tecnológicos y sociales han impulsado una dinámica de cambios acelerados en nuestro país. Chile ha tenido en un período relativamente corto de tiempo un aumento sensible de su ingreso per cápita, este hecho implica un fuerte desarrollo de obras de infraestructura en los diversos centros urbanos, en especial en las grandes ciudades.

En Santiago el impacto producido en el sistema vial de la ciudad ha sido especialmente traumático. Este hecho ha generado una presión inesperada en la planificación y construcción de vías complementarias del sistema de transporte global de la ciudad, entre ellas el sistema de ferrocarril subterráneo, conocido entre nosotros como Metro de Santiago. De esta manera la cantidad de pasajeros y la urgencia por alcanzar más puntos de enlace ha crecido de manera dinámica haciéndola casi insostenible para el sistema.

Para poder resolver este problema el estado ha debido intensificar la construcción de nuevas líneas del tren metropolitano para poder atender una demanda creciente, casi inmanejable, en tiempos de construcción apretados los cuales no permiten muchas veces lograr una eficiente planificación de las obras y de sus tiempos de construcción. Frente a estos hechos sus administradores deben tomar, generalmente, medidas muchas veces impopulares y en algunas de ellas inoportunas.

Así, el trazado de una línea a través de la ciudad necesariamente atraviesa su historia, las construcciones patrimoniales se ven seriamente amenazadas por estas necesidad de progreso o, en términos actuales, la necesidad de avanzar en los paradigmas del desarrollo económico. Nos preguntamos ¿cuál es punto de equilibrio entre la necesidad histórica y la necesidad de progreso? no lo sabemos, podemos quizás intuirlo o aplicar condicionantes de otros entornos sociales; sin embargo ellos no constituyen, por lo general, respuestas acertadas a nuestra necesidad.

Uno de los edificios que guarda el mayor contenido histórico es la Catedral de Santiago como el Templo ínclito de la ciudad. Este templo debe ser protegido a ultranza, vale decir, más allá de toda posibilidad de daño o impedimento de su funcionamiento en todas las direcciones en que la sociedad, los hombres, mujeres y niños lo necesiten, para satisfacer sus almas o, a lo menos para encontrar una derrota de sus andanzas, los domingos o los días de trabajo.

Los responsables del Templo, deben velar por una acción real y definida frente a la organización de las construcciones que han de realizarse en su entorno. No resulta conveniente oponerse a ellas porque ello significaría oponerse al progreso; pero se debe reclamar la dignidad de mantener el lugar que a ese edificio le corresponde y el cual ha logrado tener a través de varios siglos de la historia chilena.

Es primordial preservar la decoro de nuestro entorno histórico, un espacio mínimo para ello de manera que los visitantes, caminantes de todas las latitudes, puedan acceder al templo con obras sí; pero sin interferencias. Que la Ceremonia de mayor significación ciudadana y religiosa como es el Te Deum, celebración que todos los años recuerda el acto fundacional de nuestra Patria pueda ser realizado sin que sus concurrentes tengan que entrar por un pasillo incierto en amplitud y seguridad.

La protección de nuestros edificios, de un valor histórico indiscutible y esencial, debe ser una preocupación central e irrenunciable en el desarrollo de las obras, minimizando de esta manera la posibilidad de generar daños irrecuperables en los edificios originados por todas las externalidades de una construcción de esta envergadura, como las trepidaciones de las máquinas, las excavaciones profundas y muchas otras.

Finalmente, la autoridad atendiendo de manera diligente, sagaz y clara el requerimiento de la historia con seguridad encontrará una solución a tan tamaño problema, pues el tiempo y el desinterés atentan siempre contra la conservación de las obras del hombre.

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