No sé pero me tinca

jueves 25 de septiembre 2014
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marta-blancoDesde que lo conozco, Nicanor Parra fue siempre candidato a la inmortalidad. Es magnético y encantador. En la India tendría una serpiente propia. Las mujeres siempre caen en trance. Es un hombre y un poeta fascinante.

Escribe Marta Blanco

A Nicanor Parra le gusta el silencio. Y la risa. Y los niños.

Coincidimos en Estados Unidos, hace muchos años, en una impresionante congregación de poetas latinoamericanos en Albuquerque, Nueva México, y más tarde en Nueva York. Salíamos del calor neoyorquino a recorrer las playas del Sound, y junto con Luis Oyarzún eran los mejores amigos de mi hija Elena, de cuatro años. Una tarde, de vuelta de ir a ver la casa de Gabriela Mistral en Oyster Bay, subieron a nuestro departamento a comerse una omelette y me metí en la cocina mientras ellos conversaban con la Pollo, como le decían. Pasaron unos minutos y sentí unos ataques de risa, unos estallidos, unas toses. Como Nicanor es asmático, cuando tose, tose. Corrí a ver qué pasaba y encontré a los dos intelectuales que les dicen retorciéndose de la risa en la alfombra y a ella, muy seria, mirándolos desde el sofá. El departamento daba sobre un patio y al frente había otro edificio. Elena, cuando vio que abrían las cortinas les dijo: “En ese departamento del frente van a ver una señora desnuda”. Y en eso aparece la señora que se comienza a desnudar y se sienta muy tranquila en la ventana como Dios la echó al mundo, en posición de loto. Casi se ahogaron de la risa, no tanto por la Eva sino por la seriedad de la Pollito para contarles.

El primer día que llegamos al departamento, me sorprendió. Como se repitió al día siguiente le expliqué a la Pollito que no íbamos a cerrar las cortinas. Julio en Nueva York es bravo y la humedad, intolerable, así es que le pedí que no la mirara fijo, que la dejara desnudarse tranquila y ella me contestó que bueno. Y ya llevábamos casi un mes de verla, con lo que se convirtió en un hábito. Cuando entraron al living ella vio a la señora sacándose el sombrero y les explicó. Y claro, el ataque de risa fue imparable.

En Albuquerque hubo una reunión de poetas de Hispanoamérica y fuimos a buscar a Nicanor al aeropuerto. En la tarde había una conversación en el teatro de la universidad y luego muchas comidas y reuniones. Otro día tenía lugar una conversación de poetas y algunos recitarían. Fui a verlo y ese fue un espectáculo inolvidable. Nicanor tiene una voz ronca, maciza, seria. Se dirá antipoeta, pero es un poeta entero y notable. Recitó la canción de Tolstoi y los estudiantes se enloquecieron. Aplaudían y aplaudían y tuvo que recitarla dos veces. Y aun así no querían dejarlo salir. Se paraban en los asientos, se sacaban las chalinas y los gorros y los movían en el aire. Gritaban, se reían, lo llamaban. Nunca he visto un entusiasmo semejante. Lo admiraban pero además estaban emocionados, no todos los poetas emocionan tan a flor de piel. Era algo que uno esperaba de un espectáculo de una banda de rock, de los Beatles, algo inexplicable para nosotros, que somos tan impávidos. Nunca he estado en un recital de poesía que haya ocasionado semejante reacción. Desde que lo conozco fue siempre candidato a la inmortalidad. Es magnético y encantador. En la India tendría una serpiente propia. Las mujeres siempre caen en trance. Es un hombre y un poeta fascinante.

En Santiago solía ir a verlo a su parcela de La Reina, y él venía a mi parcela de Las Condes, donde, junto con Luis Oyarzún, le pintaron y adornaron una casa de muñecas a mi hija Elena. No fue un acto premeditado, no les iba a pedir yo cosa semejante. Pero caminando por el jardín vieron un container y ella corrió a contarles que esa era su casa de muñecas. Y bastó. Se miraron y dijeron pero ¡cómo!, y sin un dibujo, sin ventana, sin flores. Y ya no recuerdo de dónde sacaron lápices de colores, pintura, una escalera de mano y se encaramaron a la caja, no era más que eso, y en un par de horas de trabajo le dejaron el recuerdo de su vida, una casita llena de flores, de colores, de versos y monos de todos colores. Ahí quedó la casa de muñecas, firmada por ambos, destiñéndose con la lluvia y el sol, pero duró unos años. Ese es Nicanor, ese era Lucho. Sencillos, divertidos, buenos para comer cazuela y empanadas, ensalada a la chilena y brazo de reina.

Tenía una parcela muy bonita en Conchalí. Recuerdo los ciruelos en flor. Y un gran asado y pollos y gallinas corriendo por el jardín. El horizonte al otro lado del cerro San Cristóbal es plano, como el Medio Oeste norteamericano. De manera que el sol se pone tardísimo en el verano. Había un gran maizal lleno de mazorcas. Según él, Michimalonco había engañado a Pedro de Valdivia al indicarle el mejor sitio donde plantar la ciudad que fundaría. Le mostró el cerro Huelén, y los dos brazos del río y ahí lo anduvo convenciendo, y lo engañó, explicaba Nicanor. No quería por motivo alguno que les quitara las mejores tierras de labranza y siembra, que eran, exactamente, las de Conchalí. Y sonreía mientras lo contaba, con una sonrisa suave con algo felino. Secretos, siempre tenía o parecía tener muchos secretos. Y era muy divertido y muy serio y muy culto, ¡sabía tantas cosas!, seguro que Michimalonco engañó a Valdivia.

Caminábamos bajo unos sauces magníficos en su parcela de La Reina. Subíamos a muchas y diversas terrazas. Conocía las plantas y las flores. Y se quedaba muy fácilmente en silencio, mirando el horizonte o el correteo de una gallina, o una estrella recién aparecida.

Le gustaba el silencio, la fiesta del silencio. Me tinca que el homenaje por haber llegado al siglo de vida debe haberle dado eso que llamamos vergüenza ajena, la vergüenza más propia que se pueda sentir.

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