Todas íbamos a ser… Nora Helmer

sábado 8 de marzo 2014
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MontseProbablemente fue hace muchos años cuando hojeé por primera vez Casa de Muñecas de Henrik Ibsen. Hoy, con un cuarto de siglo en el cuerpo, me adentré nuevamente en ese mundo decadente, en ese universo roto personificado por Torvald y Nora, los protagonistas de esta obra de teatro estrenada hace más de un siglo.

Por Montserrat Martorell

Sensaciones extrañas, pero demoledoras; sensaciones que no puedo ignorar. Si bien al principio sentí un poco de molestia hacia la figura de la protagonista que el autor crea para reflejar la identidad de la mujer en aquellos años, a medida que transcurre el relato decidí sacarme los anteojos y no intentar verla cómo quería sino como era justo aproximarse a sus sentimientos, a sus emociones, a sus dolores.

Porque el universo de Ibsen es también el de los miedos, el de los laberintos. Porque conocer a Nora es también ser cómplice de sus derrotas e inseguridades cotidianas. Porque es angustiante tomar conciencia que aún hoy, en 2014, podemos vislumbrar a muchas Noras. Incluso entre aquellas que conocemos. Aquí y allá aún quedan resabios de ese machismo empedernido y de ese sometimiento que no ha desaparecido por completo. Aún peor, me atrevería a confesar que todas, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido mucho de Nora Helmer. Pero no nos desviemos; la historia es compleja y desde el inicio se va hilando para que encontremos en ella ciertos paradigmas que terminan siendo fundamentales: Nora, una dueña de casa que vive para su familia compuesta por su marido, un recién asumido Director de Banco y sus tres pequeños hijos, se va formando en nuestro imaginario colectivo como una mujer sumisa, complaciente e ingenua que pareciera que tiene todo bajo control, que pareciera que tiene vocación de alegría, pero no es más que una máscara permanente para ignorar la oscuridad de su historia.

Así, de la manera más franca, vamos desentrañando uno de los secretos que romperá su paz y estabilidad inventada en la relación que tiene con su esposo, hasta decidir poner fin al matrimonio.

¿Por qué creo que es importante destacar la angustia en estas páginas? Precisamente porque cada palabra volcada en el papel está impregnada de agresiones silenciosas. Ejemplifiquemos: en un comienzo, podemos pensar que muchos de los juegos que ocupa el marido para animalizar su figura no son más que coqueteos o palabras cariñosas, pero es una manera de reducirla a un objeto, de ridiculizarla, de crear un paralelismo con un animal que no piensa, ni reflexiona y menos sabe qué es lo mejor para su vida:

¿Es la alondra, la que canturrea ahí afuera?

¿Es la ardilla, la que enreda por ahí?

¿Cuándo ha vuelto la ardilla?

Día tras día, Torvald Helmer va construyendo una imagen en la que Nora se ve reflejada. Incluso llega a llamarse a sí misma “la ardilla” y esa identidad nos quiebra el alma sin contemplaciones.

El tono de su marido se vuelve entonces un golpe eterno, una embestida y no es posible quedar indiferente a ello.

Otra de las escenas clave es cuando la protagonista quiere mostrarle aquellas cosas que ha comprado y él responde:

¡No molestes! ¿Comprado, dices? ¿Todo esto? ¿Ha vuelto a salir el chorlito a tirar el dinero?

El chorlito es un encanto, pero gasta montones de dinero. Es increíble lo caro que le sale a un hombre el mantener a un chorlito.

Y claro, uno podría pensar que está frente a una mujer frívola y superficial, pues en los primeros actos se remarca esta conducta. Sin embargo, con el transcurso de los minutos, somos testigos de que esta obsesión de Nora por conseguir dinero tiene una justificación y que en ella reside su secreto. Pero las palabras. Siempre son las palabras y Torvald las usa como un mecanismo de agresión permanente:

Qué bichito más curioso eres, justo cómo era tu padre.

Bueno, hay que tomarte como eres. Está en la sangre.

Es tal la baja autoestima de la pobre Nora que cuando la señora Linde le dice que aún es una niña, ella le responde:

Eres como los otros. Todos creéis que no sirvo para nada de verdad serio.

La dependencia emocional con el marido es cada vez más latente e incluso, cuando Nora busca un disfraz para el baile al que asistirán, ella le confiesa que él tiene más gusto que nadie. Torvald se remite a contestar:

Ajá, ¿así es que la pequeña cabezota busca quien la saque de apuros?

Nora responde:

Sí, Torvald, si no me ayudas, no se me ocurre nada.

Y así, durante toda la obra, la disminuye, una y otra vez. Incluso cuando intenta conseguir que no despidan al procurador Krogstad de su trabajo por miedo a sus represalias, Torvald deja claro quién lleva las riendas en la vida de ambos:

Por eso mi pequeña Nora me va a prometer no volverme a hablar en favor suyo.

De esta manera, somos cómplices de esta enfermiza relación donde a Nora se la tilda, permanentemente, de “pequeña egoísta” o “pequeña testaruda”. Siempre de parte de su marido. Aún más, cuando ella quiere quedarse en el baile, él le dice categóricamente: “ni un minuto, cariño. Recuerda lo convenido. Así que adentro; aquí vas a resfriarte”.

El asombro del lector aumenta cuando Torvald la exhibe, orgulloso de su apariencia, a la señora Linde, demostrando que es solo un objeto decorativo:

Pues mírela cuanto guste. Creo que merece la pena. ¿No está preciosa, señora Linde? ¿No es una preciosidad? Es lo que decían todos en el baile. Pero es terriblemente terca, mi preciosa niña. No tiene remedio.

El control sobre su mujer es total e incluso desconfía de su actuar, viendo cosas que solo él puede ver:

¿La golosa no habrá hecho de las suyas hoy en la ciudad?, pregunta Torvald, intentando averiguar si fue a la pastelería.

Cuestionamiento tras cuestionamiento que siguen a las negativas de Nora que termina con una máxima eterna:

No se me ocurriría hacerlo, sabiendo que no te gusta.

Y, entonces, la confesión de la protagonista a la señora Linde:

Torvald me adora, hasta el punto de querer tenerme solo para él, como dice. Al principio sentía como celos si yo nombraba a algún amigo en casa. Así es que, naturalmente, tuve que dejar de hacerlo.

¿Por qué es tan angustiante Casa de Muñecas? Precisamente por la realidad que esta encierra. Y recordemos que fue estrenada en 1879, generando escándalo y censura dado que se veía a la obra como una amenaza al pilar fundamental de la sociedad occidental, a saber, la familia, además de una crítica despiadada a la figura del marido en un mundo absolutamente masculinizado y creado por y para hombres.

Por eso Ibsen juega con maestría con esta angustia creciente que se va haciendo aún más complicada a medida que Nora se ve entre la espada y la pared, acorralada por las deudas y las amenazas del procurador Krogstad que la intimida a revelar su secreto: haber falsificado la firma de su padre, y así conseguir un préstamo, para ayudar a su marido que tenía por entonces problemas de salud y cuya única salvación consistía en irse a Italia durante una temporada.

De esta manera, un acto que constituía un orgullo para Nora por haber salvado al hombre que creía amar, se convierte en su propia pesadilla, desconociendo por qué debe temer la verdad respecto a algo que fue hecho con buena fe.

Es ahí cuando se rompe el tiempo, cuando se rompe el milagro, cuando se rompe en mil pedazos el universo perfecto… cuando Nora empieza a abrir los ojos.

Ella asume su culpabilidad y confiesa, sin cavilaciones, que ha querido a Torvald más que a nada en el mundo, pero él, que se atiene a valores de supuesta “honorabilidad” y no deja de pensar en códigos anacrónicos, es tajante:

No vengas con evasivas estúpidas

Es tanto el dolor de Nora que quiere abandonar el hogar. Torvald, por su parte, la llama criminal, desgraciada, hipócrita y mentirosa. Responsabiliza a su mala educación de su actuar (“con la ligereza de principios de tu padre”) y ve en ella su humillación y muerte prematura: “¡degradarme por culpa de una insensata!”. Incluso va más allá y le dice que no se atreve a dejar en sus manos la crianza de sus hijos.

Es en ese minuto cuando el relato da un vuelco: llega una carta del procurador diciendo que no hará nada contra ellos. Ante este nuevo escenario, Torvald se transforma y dice estar salvado para siempre. “¿Y yo?”, pregunta Nora. El tono, más que irónico, es triste y melancólico. La señora Helmer está estremecida. Quizás por vez primera.

Torvald, que no puede ver más allá de sí mismo, piensa que su reacción se debe a que no puede creer que la haya perdonado, pero no es cierto. Todo radica en que Nora está asumiendo un nuevo papel: más fuerte, más seguro, más inteligente. Ella no es la misma y le pide que se sienten, que conversen:

Llevamos ocho años casados. ¿No te percatas de que hoy es la primera vez que tú y yo, marido y mujer, hablamos con seriedad?, lo interroga Nora.

Las reflexiones, al menos por parte de la protagonista, continúan:

He sido una muñeca grande en esta casa, como fui una muñeca pequeña en casa de papá. Y a su vez los niños han sido mis muñecos. Me divertía que jugaran conmigo, y a ellos les divertía verme jugar con ellos. Esto es lo que ha sido nuestro matrimonio.

Torvald no da el brazo a torcer:

¿Es que iba a estar constantemente teniéndote al tanto de preocupaciones de las que tú no podías hacer nada para resolverlas?

Nora no baja la guardia:

De eso se trata. Nunca me has entendido… he sufrido muchas injusticias, Torvald. Primero de papá y después de ti. Nunca me habéis querido. Tan solo os parecía divertido el quererme. En casa, papá me comunicaba todas sus opiniones, con lo que yo tenía las mismas; y caso de tener otras, las ocultaba; porque no hubieran sido de su agrado. Me llamaba su muñequita, y jugaba conmigo, lo mismo que yo jugaba con mis muñecas […] Pasé de manos de papá a las tuyas. Lo dispusiste todo a tu gusto, y yo adquirí el mismo gusto que tú; o lo fingía; no sé exactamente… creo que las dos cosas; tan pronto una como la otra. Cuando ahora pienso en ello, me parece haber vivido aquí como una pobre… al día. He vivido de hacer gracias para ti, Torvald. Pero eso era lo que tú querías. Tú y papá me habéis causado un gran daño. Sois culpables de que no sea nada […] Tengo que educarme a mí misma. Tú no sirves para ayudarme. Tengo que hacerlo sola. Por eso te dejo […] En mi vida me he sentido con la mente más lúcida y más segura que esta noche […] Ya no te quiero […].

Nora reconoce, por primera vez, que nunca ha sido feliz; que el hogar es solo un cuarto para jugar y que él no es el hombre para educarla a ser la mujer que necesita.

Más allá del discurso feminista que podríamos tener a favor de la obra, creo que esta encierra una realidad aún mayor, y es cómo una sociedad, tremendamente conservadora, va diseñando muñequitos que deben atenerse a ciertos comportamientos por el solo hecho de vivir en ella, perdiendo su autenticidad y su autonomía, convirtiendo al individuo en una pieza más del ajedrez.

¿Dónde está la libertad individual de Nora? Ella quiere romper ese círculo vicioso en el que está enfrascada porque se da cuenta que está repitiendo una modalidad instaurada en la casa de su padre; una tradición malsana.

Independiente de lo que uno pueda pensar, respecto a su acto, ella rompe, con sus propias manos, el tiempo y el espacio. Quiebra su historia. Probablemente para siempre. Finalmente es categórica: “para educar a los niños, primero tengo que educarme a mí misma”.

Las reflexiones continúan:

Ante todo soy un ser humano con los mismos títulos que tú, o, por lo menos, debo tratar de serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, Torvald, y que esas ideas están impresas en los libros; pero ahora no puedo pensar en lo que dicen los hombres y en lo que se imprime en los libros. Necesito formarme mi idea respecto a esto y procurar darme cuenta de todo.

De esta manera, Nora lograr verse a sí misma como una mujer diferente y empoderada respecto a aquella que conocíamos porque sabe que el único milagro que los puede salvar como pareja es que se conviertan en algo que jamás fueron: un matrimonio. El primer paso ya está dado y es quitarle, precisamente, la muñeca a Torvald.

Finalmente, se va. Ni siquiera se despide de sus hijos.El portazo marca una ruptura y ya no hay vuelta atrás. Ya no puede seguir viviendo con un extraño.

Así, Ibsen construye y redefine, sin contemplaciones, el rol de la mujer e intenta vislumbrar los matices de una sociedad exclusivamente masculina. Porque Nora, que también podría ser Madame Bovary o Anna Karenina, quieren lo mismo. Porque probablemente todos queremos lo mismo: encontrar nuestro lugar en el mundo.

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