Vacaciones

sábado 15 de febrero 2014
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Daniel Ramirez, philosopheEl tema parece banal, pero solo porque no nos detenemos a pensar. La filosofía no tiene porqué ocuparse solo de temas transcendentales: la libertad, la justicia, la verdad, el sentido de las cosas. Aunque…

Por Daniel Ramírez, doctor en Filosofía (La Sorbonne)

Entre la actividad que nos despierta y nos hace vibrar, y el reposo merecido cuando volvemos a casa, en la respiración de nuestras vidas –cuando es posible, claro–, entre trabajo y distracción, esfuerzo y descanso, existe otro tiempo –cuando es posible, claro–, otro espacio, indispensable para la vida, un derecho conquistado por largas luchas(1) … me refiero a las vacaciones.

El tema parece banal, pero solo porque no nos detenemos a pensar. La filosofía no tiene porqué ocuparse solo de temas transcendentales: la libertad, la justicia, la verdad, el sentido de las cosas. Aunque…

La ideología que privilegia solo el trabajo como fuente de valor y de autoestima (al punto de crear una hipócrita auto-alabanza disfrazada en auto-crítica: es de buen tono describirse a sí mismo como “trabajólico”(2)), desconoce algo fundamental. La necesidad de cortar, de detener la máquina, justamente porque no es una máquina.

La palabra viene del latín ‘vacans’ (participio del verbo vacare: estar libre), y ‘vacuus’,la vacuidad, el vacío. Lo cual no significa exactamente que haya que vaciarse. Pero el tiempo es la esencia de lo que somos; vivimos anticipando cosas, recordando otras, proyectando y reteniendo, a veces lamentando o temiendo, y en todo caso tensos entre los momentos de la vida en que las cosas deben comenzar, realizarse, acabarse. Tensos, entre la eficacia de los actos productivos, pendientes de la evaluación que ello merece ante nuestros ojos y los de los demás, o angustiados por la relación entre lo que se espera de nosotros y lo que somos capaces de dar.

Muchas de esas actividades no son elegidas, se imponen a nosotros. El mundo aparece en gran parte como “ya hecho”; no podemos, salvo excepciones, inventar el contexto de nuestro trabajo, el contenido, el ritmo y la intensidad. Y ello viene a llenar nuestro tiempo. Pero tiempo lleno no es siempre tiempo pleno. La plenitud, es más bien una experiencia escasa. Lleno, a veces hasta la saturación; lleno de exigencias, de informaciones, de solicitudes, de estímulos, de mensajes, de encuentros y desencuentros, lleno de agresiones veladas o evidentes, de injusticia, de hipocresía, de indiferencia. Y no se puede siempre luchar contra todo esto.

Por eso hay que detenerse en algún momento.

Y no tener une forma extraña de pudor, que a veces disimula el descanso en lectura, actividades culturales, deportes difíciles. Aunque todo esto haga bien, no debe ser un deber. Hay algo absurdo en darse un tiempo libre para luego llenarlo de “actividades”(3). El tiempo que necesitamos para reconstruir nuestra alegría de vivir es un tiempo sin deber, sin exigencias, y en lo posible sin restricciones. “Vacío” de estas cosas que saturan nuestra vida.

Por ello se hace necesario partir, cambiar de paisaje, de entorno y de atmósfera.

Y es por eso que la naturaleza es tan importante en todo proyecto de vacaciones. La visita turística de una gran ciudad, aun interesantísima, la dejaremos para otro momento. Las vacaciones son un tiempo de calma y para ello nada mejor que un lugar donde la naturaleza no ha perdido enteramente su capacidad de expresarse: donde haya mar, lago o río, montaña, bosque o desierto. Agua, aire, cielo puro, estrellas. Donde haya silencio, donde el crujir de las hojas, el canto de un pájaro o el viento o el susurro de un riachuelo se oigan.

Pregunta: ¿Por qué los humanos, seres políticos, animales sociales y de lenguaje, mamíferos inteligentes y seres tecnológicos, necesitamos tanto volver periódicamente a la naturaleza? Aunque ese retorno no sea completo, aunque haya mucho de urbano y de “civilizado” en tantos lugares de vacaciones, la sola presencia del mar, tiene un efecto extraordinario para el habitante de una ciudad.

¿No será que hemos construido un modo de vida demasiado artificial? Nos hemos rodeado de verdaderas membranas que nos separan de la tierra; capas y capas de artificio, cemento, fierro, aluminio, vidrio, plástico, nos “protegen” y al mismo tiempo nos aíslan de las materias esenciales que forman el mundo natural.

Las antiguas culturas hablaban de tierra, agua, aire y fuego. Comprendían al hombre como compuesto también por estos cuatro elementos. Por alguna razón necesitamos el contacto con la manifestación desnuda de los elementos para reequilibrar nuestra vida afectiva y espiritual. Tal vez somos como microcosmos en relación con el todo, pero lo vamos olvidando.

De la misma manera, el contacto tranquilo con los seres queridos, familia, amigos, pareja o amante… darse tiempo para compartir el tiempo con seres humanos, para compartir nuestra humanidad frente a la naturaleza que nos hace vivir. Darse tiempo y espacio mental para recibir la belleza, dejarse impregnar por los colores, por la luz y los olores, por la tenue vibración del ser, por la leve presencia de una brisa o por la deslumbrante infinidad del cosmos y acoger nuestros sentimientos más secretos.

Pero, atención a no crear por todos lados espacios donde la naturaleza sea una imitación. El exhibicionismo socialy su correlato, la pretensión arquitectónica, contaminan fácilmente la simplicidad de un litoral, la perfección de una colina. Ya que no hemos sido capaces de crear sociedades donde el consumo no esté al centro de todo, por lo menos no dejemos invadir los espacios de regeneración del alma con tiendas, bares, decoración snob, casinos, supermercados, parkings, templos del consumo, rotondas llenas de vehículos, espectáculos ramplonesy subcultura ruidosa.

Si lo pensamos dos veces, se trata también de un tema filosófico que toca los antes mencionados: se trata en efecto de la libertad, de preservarla dándole tiempo; también se trata de la justicia, porque no tener derecho ni medios de partir en vacaciones es una injusticia; se trata de la verdad, porque una saturación como la descrita anteriormente nos impide la claridad de la consciencia; se trata de retomar el rumbo del sentido de las cosas, que fácilmente se nos pierde en una corriente incontrolada de intercambios superficiales y utilitarios, en preocupaciones no esenciales pero omnipresentes en la cotidianidad de las vidas.

Vaciar su mundo de todo lo que lo inunda es dejar venir posibles nuevos sentidos de las cosas.

Espero haber podido probar que no hay que avergonzarse de partir de vacaciones. Preservar el tiempo y el espacio de la vacuidad, para que todo lo que amamos pueda seguir naciendo en nuestras vidas. Pero estemos atentos: preservar la humanidad es también preservar la naturalidad, la verdad de los lugares, la simplicidad, el resplandor y la belleza de la materia viva del mundo.

[1]En Francia, por ejemplo, el derecho a los «congés payés» fué obtenido en la época del Front Populaire, en 1936, y ello significó una transformación mayor en la vida de millones de trabajadores.

[2]Traducción del término inglés « workaholic », que en principio designauna nociva adicción, como aquella al alcohol, pero utilizada paradójicamente para dar una buena imagen de sí mismo, ya que el valor del trabajo ha sido mistificado en nuestras sociedades.

[3]Y por ello quien no tiene trabajo no solo está privado de medios para tomar vacaciones sino de la alternancia que justifica simbólicamente el darse tiempo libre, lo cual es una doble injusticia y una situación que corroe por dentro la dignidad y la integridad de la persona.

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Comentarios (2)

Patricio Castillo

No puedo sino estar de acuerdo con lo dicho por Daniel. Solo que en el mundo de hoy , las vacaciones son cada vez mas cortas y honerosas y casi siempre determinadas por el comercio turístico.No comentaré el horror que me causaron los pocos lugares donde los chilenos pasan vacaciones porque es un tema mas largo y doloroso.Me referiré a lo que veo mas cerca, mas cotidianamente. En la trampa comercial escondida detras de “vacaciones”, hay una enorme maquinaria comercial que define todo en terminos de chifre d’affaire y para la cual, el “tiempo de reposo” del ser humano, no tiene la menor importancia. Esta injusticia se suma a las enumeradas por Daniel en el sentido de que aquel que está sin trabajo, cesante, no tiene derecho a las famosas vacaciones y menos aún al congée payée puesto que no puede cotizar para eso y obviamente no tiene los medios para hacerlo. Sin contar que hoy en día , en ninguna parte del planeta civilizado, se puede estar en real contacto con la naturaleza, pues mismo si quieres acampar en terreno virgen, está prohibido. En Europa estas obligado a pagar “camping” o arrendar algo, casa u otra forma de vivienda. En Chile creo que todavía se puede un poco, pero dudo que en los balnearios esté autorizado el “camping sauvage”. En otras palabras tus vacaciones no las decides ni las defines tu. Estas obligado a hacerlas según lo que te proponen ( a no ser que seas propietario de tierras o algo asi). Ergo a mi me rima a horror ,a aglomeración a atochamiento a suciedad y polución desenfrenada, de todo tipo… y a comercio y mas comercio. Aqui o en Chile es igual. Y Donde antes se podía ir librmente , ahora hay que pagar y no se sabe porque ni a quien. Las vacaciones…caro y malo.

sábado 15 de febrero 2014 a las 21:20
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Daniel Ramírez Arqueros

Felicito a mi tocayo por este acierto. Cabe comentar que en las minas del norte de Chile, este síndrome de trabajar sin levantar la cabeza, es una verdadera doctrina dogmática. Así nadie piensa en la feroz contaminación, ni en la lucha sindical, ni en el contacto con los demás, salvo con la televisión y el fútbol, a lo que yo llamo la “droga social”. Es mi palabra.

domingo 30 de marzo 2014 a las 12:57
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Los Comentarios se han cerrado.

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