Filosofía de perdón (segunda parte y final)

jueves 26 de septiembre 2013
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ramirezNo se puede perdonar otra cosa que lo que se ha sufrido en carne propia. Nadie puede perdonar por los que ya no están. Por ello queda siempre un fondo imperdonable, irredento. El perdón es un don perfecto pero es un imperfecto don, porque incompleto. Esta es la paradoja del perdón

Por Daniel Ramírez, doctor en Filosofía (La Sorbonne).

En la primera parte, hace 15 días (1), hablábamos de los sentimientos de nuestra existencia temporal, sobre todo los que tiñen el presente y el futuro con la marca del pasado, como la culpa y el rencor. Y evocamos lo inhumano y lo inexcusable, que marcan de manera indeleble períodos de la historia. Un tal pasado pareciera más bien un destino.

Y aquí está el gran problema metafísico: el pasado no lo podemos cambiar, es inamovible, lo hecho, hecho está; es completo como una esfera: todo lo ocurrido ocurrió; es eterno: lo ocurrido nunca podrá no haber ocurrido. La libertad se ve así gravemente disminuida.

El futuro también tiene su falla angustiante: es totalmente impredecible. Ninguna predicción se cumple con exactitud, salvo coincidencia. Entre el pasado inamovible y el futuro impredecible, la acción de ese ser falible y finito que es el hombre, debe tener lugar. ¿Cómo puede apenas hacerse algo, si por un lado no podemos prever en absoluto sus consecuencias, y por el otro estas serán totalmente definitivas?

Sin embargo tenemos dos antídotos, frágiles pero reales, a esas dos corrosivas condiciones metafísicas: a la inalterabilidad del pasado podemos oponer el perdón y a lo impredecible del futuro podemos oponer nuestra capacidad de hacer promesas (2).

Si lo que fue hecho es inexcusable y el daño incomparable, ¿estamos condenados, los unos a la culpa (a veces secreta) y los otros al rencor? En estas experiencias el pasado se yergue como destino entre el presente y el futuro, bloquea el venir del porvenir e impide el pasar del pasado. Si bien lo que ocurrió no puede alterarse, lo que podemos cambiar –claro no es fácil ni frecuente– es la incidencia del pasado sobre el presente.

La persona que se sabe culpable de lo inexcusable vive en una obscura mezcla de remordimiento y mentira, su presente está enfermo de pasado. Lo mismo quien vive en el rencor, el resentimiento y el deseo de venganza. Enteramente ligados a su acto y a sus estatus de criminal, uno y al de victima el otro. Algunas veces, si el primero reconoce sus actos, inicia un movimiento hacia la víctima, esta puede, si lo desea, iniciar uno hacia el culpable. Hasta dónde puede llegar tanto un movimiento como el otro, es imposible decirlo. Pero tanto el ofensor como el ofendido recuperan una parte de sus estatus de persona humana, no enteramente criminal, no enteramente víctima.

Volvamos a la pregunta que dejamos: ¿Qué es el perdón?

Coma la palabra lo indica, perdón es un don (donación, regalo); la partícula “per” tiene la misma función que la palabra per-fecto: es decir acabado, completo. “Per” es lo que abre el paso hacia lo perfecto. El per-dón es un don perfecto. Evidentemente se trata de una libertad absoluta de quien ha recibido el daño, no puede ni encargarse ni constituir obligación.

No se puede perdonar otra cosa que lo que se ha sufrido en carne propia. Nadie puede perdonar por los que ya no están. Por ello queda siempre un fondo imperdonable, irredento. El perdón es un don perfecto pero es un imperfecto don, porque incompleto. Esta es la paradoja del perdón.

Sin embargo, por el sufrimiento vivido en su propio cuerpo, por la pérdida de seres queridos y por la dignidad pisoteada, no es necesario seguir sufriendo las consecuencias para siempre. Las religiones saben que el perdón libera de una parte del fardo del pasado sobre el presente. Pero como no todo es posible para el hombre, se le deja una parte a Dios (3).

No se puede obligar a perdonar (no sería un don perfecto). Pero ello implica, y he aquí lo difícil, que no se puede tampoco prohibir.

Imaginemos que para alguna de las víctimas, una transformación interior puede haber comenzado, motivada o no por un acto de verdad de alguien que ha cometido lo irreparable. Sería una gran tristeza que por une ambiente colectivo y por campañas de comunicación, ese proceso fuera inhibido.

Por ello, la consigna “ni perdón ni olvido” contiene una contradicción. Primero: si hubiera olvido (por represión, autocensura o amnesia), no habría nunca perdón. Para perdonar hay que recordar, hay que reconocer la falta y la deuda como tales para poder considerarla. El perdón es una modalidad de la memoria y no del olvido.

La consigna “Sin justicia no hay perdón”, por su parte es infundada: si el perdón es un don absoluto, no puede tener condiciones. La justicia debe seguir su curso. Ni el perdón debe interrumpirla (4), ni la justicia condicionar al perdón; son mundos aparte. Institucional, colectiva y al servicio de la sociedad, objetiva (si posible) y fría, la justicia es mediación, tercer término, objetividad. Personal, individual, subjetivo, el perdón es un acto íntimo, inmotivado, gratuito y totalmente libre. Siempre de persona a persona, el perdón no resiste leyes ni decretos; es extra-judicial, extra- político. La intimidad de una consciencia que considera una persona como tal (separándola de su acto), puede producir esa liberación parcial.

Un acto sincero, una palabra de verdad, un proceso, un reconocimiento, todo ello puede sin duda facilitar el movimiento hacia el perdón, pero como dijimos, no puede obligarlo. De la misma manera, la ausencia de estas condiciones no debe prohibirlo ni puede impedirlo.

Una cosa es lo que las sociedades necesitan para la paz civil, justicia, memoria, reflexión, historia, a veces incluso amnistías, leyes… otra cosa es lo que necesita una consciencia adolorida y encerrada en el sufrimiento. Nadie debería aconsejar siquiera el perdón, sin embargo cuidémonos de impedir por necesidades colectivas y políticas, el surgimiento de esa experiencia estrictamente libre, individual, profunda e improbable, si elle surgiera.

Se trata de cuidado, de curación (no se puede saber si habrá sanación) de la memoria enferma; tanto de un culpable como de una víctima. La posibilidad, frágil y escasa, de restituir un orden inmaterial pero esencial en la experiencia temporal humana: que el futuro aparezca como futuro y no como proyección del pasado. Y que el pasado aparezca como pasado y no como sombra sobre el presente.

Cuidar la memoria y avanzar, para quien sea posible, no significa infidelidad a los caídos; el objeto del perdón, como dijimos, no es el olvido sino el recuerdo, liberado de una parte del dolor, esa parte que bloquea el flujo de la vida temporal. El objeto del perdón, allí donde la excusa no puede con lo inexcusable, es la libertad interior. Quienes cayeron en el precipicio del mal, no volverán. Pero su recuerdo puede ser fuente de otra cosa que el fondo y la obscuridad de los abismos. Tal cual como el deseo de vida iluminó sus existencias, la gratitud de haberlos conocido, de haberlos sucedido en el tiempo, de habitar el mundo por el cual ellos lucharon, puede enviarnos una luz nueva.

Lo perdido no puede recuperarse, pero en lugar de dejar un vacío, sitios eriazos de la memoria, tenemos a veces la libertad de permitir nuevos brotes, tal vez incluso grandes árboles puedan crecer. Cuando el daño es grande, cuanto más grande puede ser el coraje y la generosidad.

En todo naufragio humano siempre hay algo que permanece intacto. Eso merece una atención discreta (lejos de cámaras, debates y bulla) y nuestro mayor respeto. La leve y lúcida vibración del amor podrá regar, pero en silencio, las flores improbables del futuro.

Citas

(1) Recomendamos vivamente releer la columna anterior: http://elperiodistaonline.cl/la-voz-de/2013/09/filosofia-del-perdon-primera-parte/, pues la presente es la simple continuación.

(2) Hannah Arendt formula esta sorprendente reflexión en «The human condition» (1953), en español: La condición humana.

(3) Incluso Jesús, pide a su padre celestial el perdón de sus verdugos (“porque no saben lo que hacen”), no dice yo los perdono (Lucas, 23).

(4) Salvo montajes muy particulares como el de la “Comisión Verdad y Reconciliación”, deseada por Nelson Mandela y Desmont Tutu en Sudáfrica, que substituye a la justicia, interrumpiendo el proceso antes de la condena.

 

 

 

 

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Comentarios (20)

Alicia PErsico

El perdón es como la palabra libertad, las usamos con una cantidad de significados , cada uno en su fuero interno la define, pero creo que la reparación ni la sanación de la sociedad, no pasa por el perdón, pasa por la justicia , y esto incluye castigo a los culpables. la justicia debe hacerse de acuerdo a la ley ? eso no tengo la respuesta, pero la impunidad permite que se revictimice …que los victimarios continúen propagando el terror y así pasa de nuevo una y otra vez .Para terminar con el circulo de la violencia hay que hacer un cambio drástico . y no pasa por el perdon
No hay culpas versus rencores , hay culpas y grades dolores que si no siguen un proceso sano termina en rencor
Ni perdon , ni olvido -no es contradictorio,
el perdon no sana puede que alivie el alma puedo comprender” los porque” , pero no sana y el olvido cada cosa tiene su espacio necesita ser reconocida para poder avanzar. sin historia no se puede crecer se pierde identidad, nos perdemos a nosotros mismos

viernes 27 de septiembre 2013 a las 05:54
1
maria paz santibanez

Me identifica mucho tu manera de plantear lo del don perfecto e imperfecto don. Y lo (terrible, peligroso, malsano a veces) de la mediatizaciôn. No hay nada peor que las ocasiones en que un dolor producto del abuso criminal, huella que pertenece a alguien en concreto, se transforma en discurso de otros. Reducido al sîmbolo.
Peor aûn cuando es sabido y estamos de acuerdo en que, tanto para las personas singulares como para las sociedades, sin memoria no hay futuro; y asî como los crîmenes de lesa humanidad permanecen en el colectivo por lo que simbolizan, coexisten niveles de (posible) perdôn privados y colectivos (o simbôlicos). Difîcil don!

viernes 27 de septiembre 2013 a las 18:10
2
Milena Melig

Muy importantes reflexiones. Tanto lo que dice Alicia como lo que dice Maria Paz, tienen razon.

viernes 27 de septiembre 2013 a las 19:21
3

Maravilloso texto, potente.
Si el pueblo judío con una cultura muy antigua y viva dijo a sus últimos asesinos: “perdonar si, olvidar jamás”
Es tan profundos personal el acto de pedir perdón como individuo y liberador para este pueblo que celebra un día al año esta acción,
Ese acto permite o no dar un paso hacia nuestra “unicidad” espiritual

sábado 28 de septiembre 2013 a las 12:18
4
hernan

El General Mena se ha suicidado a los 87 años, de un balazo.
Previamente envió una carta donde declaraba que no tenía conexión con los crímenes de la DINA (Contreras).
Respecto a los judíos y sus supuestos descendientes, debe decirse que el día del Perdón se refiere al perdón de Dios a los judíos.
Los pecados cometidos son perdonados, así como antes eran llevados por el cabro de Azael.
Así también los católicos son perdonados de sus pecados en la confesión y arrepentimiento. Sin embargo, el cristiano nace con un pecado original (redimido por Cristo), así como el órfico re-nace con el pecado titánico.
Cristo no dijo ‘Los perdono’ sino ‘Perdónalos Señor, pues no saben lo que hacen.’
El que perdona es Dios, no el hombre.

Hace 1 minuto
5
Daniel Ramírez

Respecto a lo que dice Alicia, una cosa bastante difícil es asumir que la filosofía intenta primero comprender, y que aquí no se trata de decir si “hay que” perdonar, o “no hay que perdonar”, como tampoco si será útil a la sociedad, si ello irá o no en el sentido de una sanación (de la cual justamente yo no hablo) de la sociedad, sino de un cuidado y un camino de curación de la memoria individual. Estrictamente hablando, la sociedad no tiene nada que hacer en este asunto. Intenté dejar en claro que le perdón no se puede ni prescribir ni prohibir, porque es extrajudicial y extra-político. La sociedad necesita justicia e historia. Las personas necesitan memoria, verdad, y pueden necesitar perdón. Este intento más bien de explicación filosófica de lo que implica el perdón, de un punto de vista de la percepción del tiempo. Aunque nadie lo viva enteramente, no se debe tampoco cerrar las puertas a la libertad de la experiencia humana.

sábado 28 de septiembre 2013 a las 21:00
6

Empobrecer el alto grado del texto de Daniel me perece aberrante, debes seoara los temas,
1.mi pueblo que a cumplido 4757 años, de los cuales debes saber poco o casi nada, habla de un perdón que trasciende este plano, debes hablar de tus propios conocimientos de tu mundo cristiano y católico.
Al margen de lo anterior y en un plano más inmediato:
2. La realidad chilena es un tema en sí, un pueblo de xxxxaños, con guerras fraticidas, como Balnacedistas, etc, no se qué habrá pasado con las reriminaciones de esos chilenos y sus descendientes, el tema de los derechos humanos en Chile no comienza el 11 de septiembre del 73.

domingo 29 de septiembre 2013 a las 14:32
7
Daniel Ramírez

No creo muy útil desplazar este tema hacia lo transcendente, por la simple razón que ello no es de mucha ayuda para quienes no creen en la transcendencia. Sin embargo, tradiciones venerables como la del Yom Kippur, debieran poder inspirarnos, pues implican un reconocimiento de las limitaciones del hombre, frente a Dios, quien tiene el poder de borrar sobre todo las deudas y los errores que cometemos contra Él. En cuanto a las deudas (u ofensas) que nos hacemos los unos a los otros, es ejemplar la tradición según la cual, un periodo de reflexión y de puesta en cuestión de nuestros actos debe preparar un acción de pedir perdón y si posible intentar reparar el daño hecho (“Yom HaKippurim absuelve los pecados hacia Dios, pero no los pecados hacia el prójimo, a menos que sea obtenido el perdón del ofendido” (Mishna Yoma 8:6).
Creyentes o no, es evidente que en los temas que nos ocupan, en general estamos bien lejos de tal situación, ya sea porque el daño es irreparable (ver la primera parte), ya sea porque no hay ningún gesto de arrepentimiento. Insisto, sin embargo, que no se deben cerrar definitivamente las puertas, pues así como son grandes las limitaciones humanas, grandes e insospechadas son también sus capacidades.
Lo que dice Maria Paz, quien sabe bien de que se trata, es muy importante: los daños y heridas concretas, hechas por personas a personas, no ganan nada con convertirse en símbolos y aún menos en consignas, en discursos, en operaciones mediáticas, que vienen a perturbar procesos profundos, donde la libertad interior es la unica clave.

Hace menos de 1 minuto
8
hernan

De todos los pecados, el más imperdonable es el de la estúpida y flatulenta vanidad.

lunes 30 de septiembre 2013 a las 03:00
9
Jeremías Perez

No es honesta esta estrategia discursiva de presentar al que no perdona como alguien que está necesariamente aprisionado en el pasado. Es hipócrita afirmar que el perdón es una “libertad” cuando la alternativa sería algo como optar por seguir siendo un esclavo, un enfermo de la memoria, alguien que ya no posee el estatus de persona humana, etc.

Evidentemente hay alternativas al tipo de perdón de que habla Ramirez. Por ejemplo, actuar humildemente como ciudadano para que determinadas cosas no vuelvan a repetirse, aun cuando el resultado de toda acción sea impredecible, puede resultar incluso más liberador que un perdón limitado a la conciencia subjetiva.

Determinados pasados son desafíos históricos que van más allá de lo personal. Responder a esos desafíos requiere reflexiones y posturas que abran caminos verdaderamente nuevos en contextos específicos. Pero quizá sea más cómodo optar por “resolverlo” todo en el ámbito seguro y narcisista de la conciencia íntima.

lunes 30 de septiembre 2013 a las 21:07
10
Milena Melig

Yo quería felicitar a la revista por esta columna. Por la primera vez alguien habla del perdón desde la filosofía, de una manera comprensible, profunda y con posiciones propias. Después de todo lo que se ha escuchado, un poco de altura de miras hace bien. Aconsejo leer también la primera parte. Es obvio que son una continuidad.
Yo hice estudios de filosofía y aunque no los terminé, me apasiona la reflexión, cuando es fuerte y original, como esta columna de Daniel Ramírez. Teníamos necesidad de un filósofo que se atreva a abordar estos temas tan sensibles con fuerza y claridad.

martes 1 de octubre 2013 a las 19:27
11
hernan

Una estructura de dominación se mantiene necesariamente en la violencia. Todo intento de trasformarla necesariamente recibirá una respuesta violenta, como debiéramos haber aprendido de nuestra historia reciente. El arrepentimiento y el perdón no afectan esta estructura sino en el sentido de la moraleja: Renuncia a todo intento de trasformación pues ya conoces el castigo que te espera.
La violencia social no resulta de la esencia maligna del hombre (que es el más violento de los animales) sino de la necesidad de mantener un determinado orden social, de modo que dicha violencia retornará eternamente en dichas circunstancias, independientemente de los conceptos morales de los individuos. La violencia, expresa o latente, es consubstancial a nuestra actual organización social, solo podríamos desterrarla parcialmente en una ordenación diferente. Nunca en su totalidad, pues ya vemos que las sociedades o grupos de monos y lobos (tan semejantes a nosotros) requieren ciertos ejercicios de la violencia y la jerarquía para no disgregarse. Ello se observa, por ejemplo, en los conjuntos penitenciarios, casas de locos, etc.

jueves 3 de octubre 2013 a las 11:42
12
Daniel Ramírez

Aprovecho de agradecer las palabras de milena.
Luego, pequeña refutación amistosa de Jeremías:
Es probable que un texto como este genere malentendidos. Pero en ninguna parte se dice que “el que no perdona esté aprisionado en el pasado”. Y si ello hubiera sido afirmado no sería una “estrategia discursiva” deshonesta, como dices, sino simplemente un error. Y decir que el perdón es una libertad, en el sentido de mi texto, implica que se es enteramente libre de perdonar o de no hacerlo; no dice que quien perdona se vuelve libre y quien no lo hace permanece esclavo, lo cual si hubiera sido afirmado, no sería tampoco hipócrita sino aberrante, sobre todo si se agrega “que ya no posee el estatuto de persona humana”, lo cual no puede deducirse del texto ni con mucha imaginación. No hay que entender las cosas al revés, Jeremías.
La breve descripción de sentimientos en relación al pasado como al futuro es una manera de comprender el sentido de estos sentimientos, que se interponen entre le presente y las dos dimensiones temporales. Todos vivimos en el tiempo y tenemos así disposiciones diferentes hacia sus dimensiones (pasado, presente, futuro). La palabra “curar” (y aclaré que no me refería a sanar), aplicada a la memoria, significa primero que nada “preocuparse” de ella, la cura es la inquietud y el cuidado hacia algo que nos importa. Como en la “cura psicoanalítica” nos ocupamos de las huellas del pasado en nosotros. La memoria, así como la voluntad o la consciencia, pueden ser efectivamente considerada enfermas o dolientes. Y ello debe ser comprendido primero que nada en el plano individual, justamente el plano de la consciencia íntima, que no se interpone ni se opone a la historia social ni nada por el estilo. Dejo muy en claro (es justamente el fondo del artículo) que el perdón si (acaso) pudiera surgir, no debiera ni interponerse a la justicia ni estar condicionado por ella pues es extrajudicial.
Luego dices: “Responder a esos desafíos (históricos) requiere reflexiones y posturas que abran caminos verdaderamente nuevos en contextos específicos”. Totalmente de acuerdo. Sin embargo ello no implica en absoluto que un proceso individual sea una manera “más cómoda para “resolverlo” todo en el ámbito seguro y narcisista de la conciencia íntima”. Los procesos históricos no valen nada si imposibilitan los procesos individuales; contraponer lo histórico-colectivo y lo individual (tratándolo de narcisista), me recuerda el error de una época en que le solo el marxismo contaba en el la arena de las ciencias humanas; entonces se hubiera remplazado el término narcisista por el de “pequeño burgués”, pero el fondo es el mismo. Los “caminos verdaderamente nuevos” permitirán la vida y la expansión de la consciencia íntima, así como la vida del mundo simbólico colectivo y de los movimientos sociales. Sino no serán nada nuevo.

viernes 4 de octubre 2013 a las 19:34
13
alicia persico

Generar estos espacios son lo que ayudan elementos que pueden ayudar. A desarrollar nos, si bienes cierto que nunca estaremos todos de acuerdo. Viva la diferencia. Gracias a Daniel y a esta columna.

sábado 5 de octubre 2013 a las 13:40
14
Daniel Ramírez

Como se trata aquí de comentarios, pongo para quien le interese, un testimonio más personal, un recuerdo y un sentimiento, que escribí el día 11 de septiembre de este año:

http://philo-music.eu/2013/09/11/esta-manana-11-de-septiembre-2013/

sábado 5 de octubre 2013 a las 17:41
15
hernan

Cuando se pierde una batalla, no tiene sentido mantenerse en el llanto y el odio. Lo que tiene sentido es indagar nuestros errores para no cometerlos nuevamente, así como las fortalezas del enemigo, de modo de derrotarle en la próxima batalla. Ese es el arte de la guerra en la cual el guerrero debe mantener su espíritu sereno y fuerte sabiendo que la muerte inevitable es honrosa en la batalla.

sábado 5 de octubre 2013 a las 20:43
16
Jeremías Perez

Respecto a mi comentario anterior y a la respuesta de Daniel Ramirez, tres consideraciones.

1. No se necesita “mucha imaginación” para la interpretación que propuse en mi comentario anterior.

En el párrafo sexto del texto, se afirma que el culpable de lo inexcusable y aquel que vive en el rencor permanecen “enteramente ligados a su acto” y a sus estatus de criminal y víctima. A continuación, se afirma que si el culpable da inicio a un movimiento mutuo de acercamiento, ambos “recuperan una parte de sus estatus de persona humana, no enteramente criminal, no enteramente víctima”. Es decir, ambos recuperarían parte de su libertad humana, restringida por la ligación con el pasado. En el párrafo décimo, se aclara que el perdón libera una parte del fardo del pasado sobre el presente.

En los párrafos 16 y 17, se afirma que no se debe impedir el perdón, ya que este representa la posibilidad “frágil y escasa de restituir un orden inmaterial pero esencial en la experiencia temporal humana: que el futuro aparezca como futuro y no como proyección del pasado”, etc.

No entendí nada al revés. Mi breve comentario está perfectamente basado en el texto.

No sé si lo escrito representa con fidelidad lo que piensa el autor. Sin embargo, si efectivamente hubo algún malentendido, este se debe a que el texto presenta concretamente el perdón como posibilidad “frágil y escasa” de restituir un orden esencial en la experiencia temporal humana. Es decir, es como si no existieran muchas alternativas al perdón.

Esta forma de presentar el tema me sigue pareciendo una estrategia discursiva deshonesta, porque aunque el perdón realmente pueda ser liberador, sí existen alternativas, y eso es importante justamente porque representa una libertad esencial para las víctimas. Es incoherente decir que el perdón es una libertad y establecer un discurso en el cual parece que en realidad el perdón es necesario para la cura.

2. Por otra parte, mi comentario fue efectivamente interpretado al revés.

Cuando afirmo que la acción ciudadana puede resultar más liberadora que el perdón, está claro que dicha acción puede ofrecer la misma liberación que proporciona el perdón, y algo más. Es decir, lo que afirmé es que la acción ciudadana puede producirse junto con la cura, el cuidado de la memoria personal, de las huellas del pasado, etc., e ir incluso más allá de la cura personal.

Se necesita mucha imaginación para deducir que eso implicaría alguna contraposición entre lo histórico-colectivo y lo individual. En efecto, lo que afirmé es lo contrario. Traté de proponer que la acción política, la construcción activa de una memoria colectiva y otros tipos de acciones colectivas pueden ocurrir junto con la cura personal, como un “diálogo” entre lo histórico-colectivo y lo personal, y que el perdón no es necesario para la cura, aunque efectivamente sea un camino posible (obsérvese que repetí la palabra “poder” varias veces para evitar determinismos).

En ningún momento defendí que procesos históricos imposibiliten procesos individuales. Por el contrario, traté de defender la posibilidad y la conveniencia de que coexistan y se alimenten entre sí.

Si Daniel Ramirez recordó una época en que determinado marxismo era lo único que contaba en las ciencias humanas, es porque leyó su propia memoria, no mi breve comentario. Lo que afirmé en esta ocasión está bastante inspirado en Hannah Arendt, mencionada incluso por Daniel.

Cuando critiqué el perdón limitado a la conciencia íntima, no afirmé que el perdón no cure o se deba impedir. Solamente traté de defender que la cura y la acción política pueden potenciarse mutuamente, y que el perdón no es necesario, obligatorio. Por otra parte, comenté que la acción colectiva puede resultar más liberadora que el perdón limitado a lo individual. Por ejemplo, si hoy en Chile todavía no existe suficiente conciencia acerca del mal representado por la dictadura de Pinochet, eso es un riesgo para el futuro. Actuar para establecer una memoria colectiva puede ayudar a liberar el futuro del pinochetismo.

O sea, en mis afirmaciones subyacen temas como la dignidad de la política, o inquietudes como el riesgo de ocuparse exclusivamente de lo privado sin dar atención a lo público en momentos históricos cruciales.

3. No creo que en realidad haya ocurrido algún malentendido. Daniel Ramirez expuso una opinión pública, y he respondido no por ánimo de polemizar o agredir, sino porque me parece necesario el disenso en un momento histórico fundamental en Chile, pocos días después del 40o 11 de septiembre.

Si algunos piensan que lo más importante en este momento es que las víctimas perdonen o pidan perdón (!), me parece claramente que eso no solo es innecesario y no obligatorio, sino también secundario (e incluso ofensivo para algunas víctimas).

Discutamos primeramente la construcción efectiva de derechos, la banalidad del mal cotidiano, la importancia de establecer una memoria colectiva que permita dar vuelta la página de la historia, la posibilidad de que cura personal y transformación histórica se potencien entre sí, etc.

martes 8 de octubre 2013 a las 14:13
17
Milena Melig

La larga argumentación de Jermías es un ejemplo de lo difícil que es leer bien y de lo aferrados que estamos a nuestras primeras interpretaciones.
Jermías, el texto de Daniel Ramírez es denso y hay que leerlo con exactitud. Espero que no te ofendas, pero tú mismo lo citas: “el culpable de lo inexcusable y aquel que vive en el rencor permanecen enteramente ligados a su acto y a sus estatus de criminal y víctima”. De esta frase no se puede deducir que el perdón sea necesario. No se refiere a todas las víctimas sino solo a aquellas “que viven en el rencor, el resentimiento y el deseo de venganza”. Y como negar que quien vive así padece, según entendí, de una inversión de su temporalidad: la vida se vive a través filtro de un pasado doliente.
Decir que “el perdón es una posibilidad “frágil y escasa” de restituir un orden esencial en la experiencia temporal humana”, significa que el perdón es frágil y escaso. No que existan frágiles y escasas alternativas aparte del perdón. El centro de la argumentación de Daniel Ramírez es decir que la justicia y la historia deben seguir su curso implacablemente. O sea que justamente los procesos históricos y sociales pueden coexistir con los procesos individuales. En el fondo no son “alternativas”, sino mundos aparte, lo cual es una opción filosófica fuerte. Por ello que el autor se toma el tiempo de refutar la consigna “sin justicia no hay perdón”, que establece una lógica y condiciones en algo que está más allá de la lógica y de condiciones. Es un aporte filosófico de este artículo de haber establecido claramente el carácter estrictamente individual (y no obligatorio: “no puede ni encargarse ni constituir obligación”) del perdón.
¡Es terriblemente agresivo, Jermías, decir que el texto de un autor que se atreve a expresarse sobre este tema tan explosivo sea una estrategia discursiva deshonesta!
Respecto a tu punto 3, Daniel Ramírez no dice en ninguna parte que lo más importante sea el perdón. Se podría decir pero prefiero evitarlo, que es deshonesto refutar cosas que un artículo no dice sobre todo cuando se sabe que muchos lectores estarán contra esas cosas. Como muchos estamos contra la idea que se hace una parte de la derecha que el perdón debería dar vuelta la página. Nada más extranjero al espíritu de este artículo. Como no reconocer la profundidad de frases como “El perdón es una modalidad de la memoria y no del olvido”. Leer artículos como este me dan ganas de volver a estudiar filosofía.
MM

jueves 10 de octubre 2013 a las 14:47
18
hernan

En este país se ha perdido el hábito de pensar y por lo tanto de discutir y enfrentar opiniones, de modo que debe agradecerse a D Ramírez y al Periodista que brinden esta rara oportunidad.
Pueden analizarse los aspectos legales (el daño, su castigo y su reparación); médicos (las psicopatías agresivas, el victimario y la víctima); teológicos y filosóficos sobre el mal, la culpa y el perdón, pero me parece que el problema en el Chile de hoy es el del correcto análisis sociológico del Estado (estamos hablando de crímenes de Estado) sin el cual no comprendemos el pasado… ni enfrentamos el futuro.

viernes 11 de octubre 2013 a las 00:12
19
Jeremías Perez

Milena Melig, sus comentarios no me ofenden en absoluto, en primer lugar porque no me parece que en una conversación pública tomar algo como personal aporte mucho, y en segundo, porque cualquiera podría equivocarse al tratar de interpretar un texto complejo.

En efecto, usted misma comete un error al citar e interpretar el texto: si lo lee atentamente, verá que Daniel Ramirez no afirma que el perdón es “UNA posibilidad frágil y escasa de restituir un orden esencial”, sino que se trata de “LA posibilidad frágil y escasa” de hacerlo (párrafo 17). Si Daniel hubiera presentado el perdón como UN camino, no EL camino de la cura de la “memoria enferma”, probablemente ni siquiera habría publicado un comentario aquí. Por cierto, el propio autor contrapone lo que las sociedades necesitarían para la paz civil, etc., a “lo que necesita una consciencia adolorida y encerrada en el sufrimiento” (a lo largo del texto, se presenta el perdón como ese algo necesario).

De este modo, lo que critiqué duramente, con todo el derecho de lector de una columna abierta y pública que trata sobre un tema complicado, es que se diga que el perdón es una libertad y, al mismo tiempo, se lo presente como EL camino para una cura (eso es específicamente lo que denominé estrategia discursiva deshonesta). Para quien “vive en el rencor”, tener solo dos opciones –seguir enfermo o perdonar– no es, digamos, una situación muy libre. A mí sí me parece que el perdón es un acto libre –tan libre, que ni siquiera es necesario para la cura–.

Además, es evidente que si mi crítica está orientada a la presentación del perdón como algo necesario para la cura, comprendí perfectamente que Daniel se refiere a las víctimas que viven en el rencor, no a todas las víctimas (aunque también me parezca razonable considerar que la mayor parte de las víctimas de crímenes monstruosos difícilmente no pasen en algún momento por un sentimiento de profundo rencor). Efectivamente me parece potencialmente ofensivo, para una víctima que tenga dificultades para superar el rencor, presentar todo el tema como si se tratara de optar entre perdonar o seguir sufriendo. No sé si eso es, en realidad, lo que piensa el autor. Puede que mi interpretación haya sido demasiado dura. Sin embargo, sí está perfectamente basada en el texto.

La segunda crítica que hice es más personal. A mí, como ciudadano, me parece que Chile tiene un problema muy serio asociado a la banalidad del mal del pinochetismo. En este contexto, aunque sea posible hacer críticas específicas a determinadas consignas de aquellos que luchan por justicia o memoria –especialmente si alguien trata de negar el derecho a perdonar–, su postura es absolutamente ejemplar, porque están actuando firmemente para liberar el futuro social del pasado de pinochetismo. Justicia e historia no siguen cursos implacables. ¡Hace falta construirlas! Por eso me preocupa que se dé demasiado énfasis a la vida privada en momentos en que hace falta posicionarse públicamente sobre temas tan fundamentales.

Por otra parte, la lucha política también abre posibilidades de cura. Por supuesto, la acción pública no redunda automáticamente en cura, porque la cura es un proceso personal con cierta autonomía. Pero actuar públicamente en defensa de derechos y memoria también es una forma de libertad, por oposición a la condición de víctima. Por eso, se trata de una oportunidad para re-significar el pasado y abrir puertas para el futuro también en el ámbito personal, sin necesidad de perdón.

Espero haber dejado más claras mis opiniones y el porqué de las duras críticas que hice.

domingo 13 de octubre 2013 a las 20:39
20

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