Crítica a defensor del lector de La Tercera

miércoles 14 de noviembre 2012
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“Como último argumento para la no publicación de mis cartas, el señor Villarino dice que el editor respectivo le ha informado no haberlas recibido, lo que es absurdo si se tienen en cuenta los correos de respuesta a mis reclamos que me ha enviado el Defensor, en los que se contenían las respectivas cartas de mi autoría”

Por Rafael Cárdenas

En  su espacio de este domingo (11-11-12), el señor Joaquín Villarino, Defensor del Lector del diario La Tercera, se refiere a mí y a mis reclamos –los que, según él, van subiendo de tono– que le he formulado por la no publicación de mis cartas a La Tercera que he enviado por centenares –y no “decenas”, como él afirma– durante años.

Me parece un abuso de su parte que, además de no dar solución alguna a mi reclamo, el señor Villarino se permita descalificar el tono de mis cartas sin que los lectores de La Tercera tengan la oportunidad de juzgar por sí mismos, lo cual, configura una descalificación a uno de sus supuestos defendidos que es puesto en la palestra sin posibilidad de defenderse ante la inaccesibilidad de los lectores a la supuesta prueba de sus aseveraciones gratuitas respecto de mis fundados reclamos, formulados todos ellos de manera clara y directa y en lenguaje correcto.

Como último argumento para la no publicación de mis cartas, el señor Villarino dice que el editor respectivo le ha informado no haberlas recibido, lo que es absurdo si se tienen en cuenta los correos de respuesta a mis reclamos que me ha enviado el Defensor, en los que se contenían las respectivas cartas de mi autoría por cuyo rechazo de publicación yo reclamaba, correos en los que el señor Villarino, junto con desligarse de toda responsabilidad por la no publicación, afirma haber transmitido el reclamo y el texto de mis cartas y da con ello por cumplida su función y deber de defensa del lector, sin que hasta el momento se produzca un resultado concreto que dé algún sentido al tiempo ocupado en estos dimes y diretes.

Juzgue usted

Sólo a modo de ejemplo de mis envíos, agrego los del último mes, así como otro relativo al 11 de septiembre, que me publicó EL PAÍS hace algunos años.

El 11 de septiembre y el terrorismo

Este 11 de septiembre, en Chile se cumplen 37 años del golpe de Estado de 1973, con el bombardeo de La Moneda, la muerte del presidente Salvador Allende y el inicio de la más cruel dictadura cívico-militar de nuestra historia, la que habría de costarnos 17 años de aislamiento, condena y ostracismo del mundo civilizado.

Pese a todo el simbolismo -de fiesta pinochetista para algunos y de tiranía y terrorismo de Estado para otros-, que tenía y conserva el 11 de septiembre para nosotros los chilenos, podemos afirmar que el año 2001 dicha fecha dejó de pertenecernos. El atentado contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York, marcó una nueva expresión de terrorismo, esta vez del fundamentalismo islámico contra la primera potencia mundial, por lo que nuestro 11 de septiembre quedó relegado al olvido en el concierto internacional.

A tales atentados a la paz y la sana convivencia que prohija tal fecha, nosotros los chilenos podríamos agregar el incendio y destrucción por las huestes del toqui Michimalonco (quien podría ser considerado como un antecedente de Bin Laden y Pinochet) de la recién fundada ciudad de Santiago el 11 de septiembre de 1541, lo que sin duda fue retrucado con aún más sangre, muerte y sufrimiento por las fuerzas de la Conquista española.

Con tales antecedentes históricos, quisiera plantear mi sugerencia, tanto a nuestras autoridades como a instancias internacionales para que promuevan a nivel internacional la adopción por la ONU de tal fecha como Día Internacional de Reflexión sobre el Terrorismo, en sus diversas expresiones y los modos civilizados para combatirlo y erradicarlo de la sociedad actual.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Gabinete de precalentamiento

Nada de sorprendente el cambio de gabinete y, más bien, anodino, lo que casi vuelve más noticiosa la permanencia de algunos: Longueira, Matthei, Rivera, Moreno, Cruz-Coke y, sobre todo, Joaquín Lavín, quien acumulaba tantas o más meteduras de pata, faltas y estropicios que Hinzpeter, como para esfumarse del gabinete cuanto antes, si es que el presidente pretende recuperar apoyo ciudadano en lo que le resta de mandato popular. Sólo lo ayudó la circunstancia de que su puesto es menos protagónico de lo que debiera ser el de ministro de Interior, así como lo que ahora agrego.

Creo que la explicación puede estar en la decidida, aunque no declarada, voluntad del presidente de manejar este cambio ministerial como una renovación menor, un primer paso o precalentamiento -inevitable en virtud de los presidenciables-, pero en el entendido de que Piñera ha postergado el que él considera el cambio importante, propositivo y protagónico para el próximo año.

Esto revelaría astucia e inteligencia, ya que el cambio actual, no tenía mayor protagonismo presidencial porque le fue prácticamente impuesto por la fuerza de las circunstancias y el actuar o mal actuar de sus ministros, en tanto que, después de despejada esta emergencia, el presidente Sebastián Piñera podrá darse todo el tiempo necesario y contar con la libertad suficiente para planear y decidir con calma la mejor forma y con quiénes abandonar la primera magistratura dignamente.

Si esto es como sospecho y el presidente actúa inteligentemente, en marzo el gabinete debiera renovarse radicalmente en un sentido democrático, o sea, sacando a los que vetan el cambio institucional imprescindible para devolver la soberanía a los ciudadanos con aprobación de los mismos en un referéndum ratificatorio de una nueva Constitución, que nos una y no que nos divida, como ocurre con la espuria e ilegítima Constitución 1980, impuesta por la fuerza de las armas en plena dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet, hace ya 32 años.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Opción presidencial

En el momento difícil por el que está pasando el gobierno de Sebastián Piñera después de la abstención histórica con que se acaba de estrenar en Chile el sufragio voluntario y la consistente derrota del gobierno entre los que sí votamos el 28 de octubre recién pasado, se le abre nuevamente una gran oportunidad al presidente para pasar merecidamente a la historia si se decide a ser el convocante a un nuevo pacto constitucional.

Ello por cierto conllevaría enemistarse con la UDI, la cancerbera de nuestra institucionalidad seudodemócrática de pacotilla contenida en la constitución de 1980 y diseñada por su propio fundador e ideólogo de la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet, Jaime Guzmán. Pero, a contrario sensu, tal decisión se vería compensada más que satisfactoriamente por el apoyo de otros sectores políticos, como la actual oposición y, específicamente, la Democracia Cristiana encabezada por Ignacio Walker y dejaría en muy buen pie la opción presidencial de Andrés Allamand, si éste se muestra consecuente con su antigua apuesta por cambiar el régimen presidencialista actual y reemplazarlo por un sistema parlamentario, el que, siendo de origen europeo, representa el canon de la democracia occidental y  se aplica con éxito en los cinco continentes, desde Canadá a la India o desde Japón a Israel.

En todo caso, se trataría de un sano reacomodo de fuerzas, que no debiera representar un problema ni un desincentivo para un personaje audaz y proactivo que presume de ser un selfmade-man, como el presidente Sebastián Piñera y que, además, ha debido soportar por demasiado tiempo la humillación que supone la permanente supervisión y veto de la UDI en el ejercicio de su mandato presidencial, el cual, no lo recibió de aquélla, sino de los que lo eligieron.

Por otra parte, lo que el presidente ya no logró con su gestión, sí lo conseguiría con creces mediante la ratificación ciudadana de una nueva Constitución: esto es, pasar a la historia como un real estadista que liberó a su patria del cepo institucional en que la había dejado la dictadura y que se prolongó inaceptablemente para quienes votamos NO en 1988, por un cuarto de siglo. Una iniciativa presidencial de este tenor, contaría con el entusiasta apoyo de todos los demócratas, yo el primero.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Obsolescencia y renovación

En la prensa, se ha publicado una carta en la que su autor, después de descalificar dura, justa y justificadamente a Francisco Vidal por proponer el ejercicio del voto voluntario como condición previa para optar a beneficios de seguridad social, advierte –“Atrévanse a tamaña insolencia y desfachatez”- a aquellos, como Ricardo Lagos, que promueven la reinstauración del voto obligatorio, de la masividad de la abstención por desobediencia civil que ello suscitaría. ¡Cuánta razón tiene!

Esta gente extraviada y obsoleta que ha profitado por décadas de la credulidad, lealtad y buena fe de sus adherentes, no puede pretender seguir cosechando apoyo ciudadano antes de que se nos reconozca a los mismos ciudadanos la opción de ejercer nuestro natural y legítimo derecho de darnos nuestro propio y no impuesto pacto constitucional a través de la aprobación de una nueva Constitución. Si se equivocaron al introducir el voto voluntario -esencialmente exigido por la derecha como condición para acceder a la inscripción automática, hay que decirlo-, ya es tarde para recular.

Se podría decir que “pasó la vieja” para toda esta desprestigiada clase política. Tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer las reformas necesarias que devolvieran la soberanía al pueblo y prefirieron autoreproducirse ad eaternum, gracias a una institucionalidad basada en el fraude e impuesta a sangre y fuego por la dictadura que decían combatir, pero con cuyos sostenedores han fraguado un muy cómodo modus vivendi por un cuarto de siglo en lo que debiera quedar denominado en la historia nacional como la República Aliancertacionista (1989-2012) o la transición que no fue.

A falta de sobriedad u honestidad, la prudencia aconsejaría retirase a tiempo y dejar al protagonismo a gente nueva.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Proyección del abstencionismo

Si en la elección de alcaldes y concejales se abstuvo de votar el 60% de los electores, ¿a cuánto llegará el próximo año el porcentaje de los que sin duda nos abstendremos de votar en las parlamentarias de 2013, en claro rechazo del fraudulento y antidemocrático sistema binominal minoritario (33%=66%), marca Jaime Guzmán & made in UDI, que aún impera y que implica el nulo valor del voto ciudadano y una consecuente falta de respeto hacia nosotros, los mismos ciudadanos?

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Comportamiento electoral

Una vez más quisiera reiterar que mientras no cambiemos nuestras poco democráticas reglas político-institucionales impuestas por una dictadura hace más de 30 años, habrá que distinguir en nuestro comportamiento electoral según las elecciones de que se trate.

Cuando rija el fraude del binominal (33%=66%, sistema de cuoteo o empate forzado y antidemocrático, etc.), como ocurre en las parlamentarias, yo opto por abstenerme y no contribuir a vestir de elección democrática algo que sólo es una parodia de tal, ya que quienes resultan elegidos son aquellos que han sido previamente designados por las cúpulas partidistas y el voto ciudadano es del todo intrascendente.

No es el caso de la elección de alcalde, en que gana la primera mayoría y en Santiago, donde yo voto, creo que hay que apoyar a Carolina Tohá, quien representa una opción más que probable para destronar a la derecha y a su inepto alcalde de nuestra comuna, quien debió formar parte de la cápsula del bicentenario enterrada en la Plaza de Armas. Las demás opciones que pretendiesen ser tenidos por alternativa y no meros distractivos utilitarios a la derecha en el poder, debieron estar dispuestas a someterse a primarias con Carolina Tohá para determinar quién se enfrentaba a la derecha de Zalaquett, como se resolvió democráticamente en Providencia.

Aunque en teoría las mejores primarias son una primera vuelta con múltiple alternativas para dejar afuera a los que sobran, ello sólo se aplica en las presidenciales, en que existe una segunda vuelta, pero es distorsionador y mentiroso pretender hacerlo extensivo a la elección de alcaldes, ya que no existe tal segunda vuelta y, consecuentemente, un inepto como Zalaquett (a modo de ejemplo de ello, su impresentable y contraproducente lema “Vamos por más”, firmado con la Z propia de un encapuchado de historieta, como si los santiaguinos no hubiésemos sido ya víctimas de múltiples y variados despojos: enajenación del agua, cambio de plano regulador, permisividad en la construcción, apicantamiento del centro, cierre de Los Cerrillos, etc.), con más rechazo que aprobación, puede resultar reelecto con mucho menos que la mitad más uno de los votos, para frustración y desconsuelo de los habitantes de la comuna de Santiago.

En la elección presidencial de 2013, en tanto, ojalá que concurra la mayor cantidad de opciones y que la primera vuelta sea la única primaria que deje afuera a los que sobran. Podría producirse más de una sorpresa, a ambos lados del espectro político, que es lo que más le hace falta a nuestro encorsetado y falto de competencia sistema político.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Falta de democracia

Para ilustrar en términos simples y masivos la anulación de toda competencia democrática, de juego entre mayorías y minorías, de triunfos y derrotas que conlleva el seguir sometidos a la camisa de fuerza institucional ideada por Jaime Guzmán para la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet y que aún nos rige, podríamos ejemplificarlo con la afirmación de que si sometiéramos el resultado de la reciente derrota futbolística 1 a 2 frente a Argentina a la lógica del binominal (33%=66%), habríamos empatado, otorgándosele idéntico puntaje a Chile y a Argentina.

A ello hay que añadir las supermayorías que contempla la Constitución de 1980 a través de la leyes de quorum calificado, que se exigen para legislar sobre toda materia de trascendencia y que impregnan toda nuestra institucionalidad marca Jaime Guzmán & made in UDI, diseñada específicamente para otorgar poder de veto a la minoría, que es lo que ha imperado por un cuarto de siglo.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Michelle Bachelet

La derecha y sus medios, lo que equivale a toda la prensa y la televisión y quienes ahí tienen tribuna, llevan ya tiempo desesperados ante el inopinado apoyo popular que recibe la expresidenta Michelle Bachelet y haciendo escándalo de su mudez, su capacidad de hermetismo y su poca valía política.

En cambio, yo creo que en el momento actual su actitud es inteligente y la asimilo a la del Paleta, Jorge Alessandri, con anterioridad a las elecciones presidenciales de 1970, quien, como Bachelet, no era abogado, sino ingeniero, al igual que Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Creo también que se desprecia injustamente a éste y a Michelle Bachelet entre los presidentes postdictatoriales. Eduardo Frei realizó la reforma procesal penal, que es el cambio institucional más serio y revolucionario en muchas décadas y que rompió con cuatro siglos de tradición contraria, como era el procedimiento penal inquisitivo y que ha sido tan exitosa que se ha usado como ejemplo en el continente y sus artífices son constantemente llamados a prestar asesoría en procesos legislativos equivalentes. Si culpamos a Michelle Bachelet de no habérsela jugado por la reforma educacional y el cambio institucional y político, me parece aún más reprochable y decepcionante la actitud al respecto del presidente Ricardo Lagos, quien tampoco hizo nada por la reforma educacional y, en materia de democratización, se dio por satisfecho poniendo su firma a la Constitución de 1980, heredada de la dictadura, como si su mero nombre y el fin de algunas instituciones obsoletas e inoperantes, como los senadores designados o la tutela militar del Consejo de Seguridad Nacional, inyectara legitimidad, pluralismo, competencia, participación ciudadana, equidad y todo aquello de lo que seguimos careciendo en virtud de esta camisa de fuerza institucional, diseñada ad hoc para el autócrata Augusto Pinochet por su ideólogo Jaime Guzmán. También hay que decir que Bachelet fue prácticamente ungida candidata por el presidente Ricardo Lagos y todos hubimos de someternos al dictamen del gran arquitecto, no obstante lo cual, el comportamiento posterior de aquél hacia su apadrinada fue de extrema deslealtad, achacándole todas las culpas (“problemas de implementación”, afirmaba) por estropicios que venían de su propia administración (Transantiago, tren fantasma a Puerto Montt, etc.), en tanto la presidenta Bachelet guardaba un leal silencio para protegerlo. Similar actitud chapucera hacia Michelle Bachelet y su gobierno, tuvo Patricio Aylwin, aunque de éste no cabía esperar mayor lealtad. Mi conclusión de los gobiernos concertacionistas, es que quien generó las mayores expectativas, fue quien más me decepcionó, ya que prefirió olvidarse de todo lo que de él se esperaba a cambio de conquistar el amor de los empresarios, en tanto que el único por quién no voté resultó elegido en primera vuelta entre 8 candidatos con la mayoría más aplastante de nuestra historia democrática y ha sido el más decente en su actuar posterior. En cuanto a Michelle Bachelet, no era mi candidata originalmente, pero nos la impuso Lagos y se comportó con bastante más honradez y sobriedad de lo que era dable esperar a esas alturas del período concertacionista y eso es lo que explica la masiva esperanza que genera su eventual retorno. Pero tendrá primero que descartar a muchos personajes impresentables que pululan entre los escombros de la Concertación, gente que vive y se solaza en el autoritarismo, el caciquismo, las malas artes o la corrupción pura y dura. Como he afirmado en ocasiones anteriores, la carta de triunfo de Michelle Bachelet si se decide a competir en la elección presidencial de 2013, estriba en un compromiso prioritario de campaña de cambiar el sistema político presidencialista actual por un régimen parlamentario consagrado en una nueva Constitución que reciba la ratificación ciudadana en un referéndum, renunciando ella a la jefatura del gobierno y reteniendo la jefatura del Estado durante la primera legislatura y el primer gobierno presidido por un primer ministro en nuestra historia republicana que se genere bajo este nuevo régimen político.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Aniversario del 5 de octubre

Es triste decirlo, pero la forma más apropiada de celebrar el cinco de octubre para la Concertación de Partidos por la Democracia, sería que aquellos envejecidos líderes recordaran, de partida, su propia denominación y sus discursos de entonces e hicieran un mea culpa por el olvido en que dejaron después de aquel triunfo histórico a todo un pueblo que se ilusionó, trabajó y logró derrotar al tirano, pese a lo cual, nunca más fue llamado a ser protagonista del acontecer político. Éste quedó reservado como un juego privado para aquellos profesionales de la política, quienes prefirieron dejar a la ciudadanía huérfana de toda conducción y entenderse con los supuestos derrotados en el plebiscito, con quienes se han dado por décadas un muy buen modus vivendi de “democracia de los acuerdos”, “política de consensos”, “justicia en la medida de lo posible” y otros dislates, cada cual más alejado de la democracia representativa que había existido en Chile hasta el golpe de Estado de 1973 y que pretendíamos recuperar a partir de octubre de 1988 y plasmarla en una nueva Constitución de origen legítimo y ratificada por el pueblo soberano.

Sin embargo y a poco de asumir en 1990, el presidente Patricio Aylwin nos informó que la esperada transición a la democracia ya había concluido exitosamente y que vivíamos en una democracia plena (con los tribunales aplicando la ley de amnistía, ejercicios de enlace, senadores designados, el dictador de comandante en jefe, etc., etc.), afirmación meramente voluntarista y tan alejada de la realidad que nadie se lo creyó y hubo de ser sucesivamente repetida por todos los presidentes que lo sucedieron.

Lo cierto es que mientras sigamos regidos por nuestra peculiar institucionalidad ad hoc marca Jaime Guzmán & made in UDI, impuesta por la dictadura, con todos sus enclaves autoritarios y mecanismos contramayoritarios, partiendo por el fraude electoral institucionalizado que representa el antidemocrático sistema binominal (33%=66%), no podemos catalogar a nuestro país como una democracia representativa.

Finalmente y a 24 años de aquel lejano 5 de octubre, la conciencia del engaño a la ciudadanía se ha hecho cada vez más universal y mayoritaria y los embaucadores de este largo cuarto de siglo, no pueden pretender conducir nada y debieran tener el decoro de pasar a segunda fila y dejar el protagonismo a gente nueva, de cualquier edad, pero que nunca avaló -que la hay y mucha- esta verdadera política de conciliábulos que se ha dado entre la Alianza de derecha que apoyó a la dictadura y la Concertación de Partidos por la Democracia (sic), en lo que bien merecería pasar a llamarse en la historia nacional, la República Aliancertacionista, aunque el nombre de república le quede grande.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

Vuelos de líderes

El vuelo en alas delta de Putin ataviado de blanca túnica y con un pico ad hoc en la víspera de la cumbre de Vladivostok, guiando a un grupo de grullas sacadas del cautiverio para enseñarles la ruta migratoria adecuada, debió dejar al presidente Sebastián Piñera muerto de envidia y de ansiedad por la práctica de alguna hazaña aérea similarmente epatante para después de su regreso a Chile.

Dada su proverbial impulsividad y usual descriterio, alguien debiera estar pronto a aconsejarle que no anuncie una segunda operación cóndor.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega

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