Resulta difícil imaginar que un gobierno que alcanza un importante crecimiento económico, incluso en condiciones adversas, saca adelante proyectos sociales emblemáticos y tiene una envidiable tasas de empleo, no logre el apoyo de la opinión pública de manera contundente. Por el contrario, ningún resultado es reconocido como un avance valorable frente a las expectativas de la ciudadanía.
Escribe Guillermo Holzmann, cientista político
Ya muchas líneas se han escrito sobre lo que denominamos la paradoja de Piñera, que en definitiva concentra todos los costos políticos y sobrevive –en términos de adhesión– casi exclusivamente con el trabajo que le entregan, principalmente, sus ministros políticos.
El hecho que la adhesión se mantenga entre el 30 a 35 por ciento resulta inédito en nuestras más de dos décadas de democracia y plantea una percepción de vacío de conducción, que es reconocido (en forma implícita o explícita) en las propias huestes partidarias. El escenario podría ser peor, salvo que la oposición aparece incluso más mal evaluada que el gobierno. Sin duda esta paradoja es, y será, materia de estudios para tratar de entender por qué las expectativas y la percepción ciudadanas no logran sintonizarse con el quehacer político de una democracia que se pensaba consolidada.
Al no existir esa imagen de poder que los gobiernos representan, ni tampoco un sistema de partidos con capacidad para canalizar las demandas, permite que hoy en día hayan al menos once presidenciables que aparecen o se autonominan precandidatos intentando copar el imaginario ciudadano, con la secreta esperanza de ser EL/LA elegido/a por los votos, aprovechando esta vacancia y la incorporación de cuatro millones y medios de potenciales votantes.
Si usted está de acuerdo con lo antedicho, quiere decir que entró en el juego, pues está pensando cuál va a ser su posición en esta disputa de poder y ha logrado olvidar que todo ello no es, ni más ni menos, que la expresión nítida de una debilidad democrática de tipo estructural.
En términos simples, el poder es comparable con la energía: se encuentra en todos los espacios. Por esa razón, las movilizaciones de tipo transversal, con distintas cargas ideológicas y focalizadas en la necesidad de superar la desigualdad, por una parte, y lograr mejores niveles de dignidad y calidad de vida, termina siendo el elemento aglutinador de movimientos que expresan el poder que el sistema político en su conjunto dejó deslizar entre sus dedos. Ello ya plantea un tema complejo, que en su expresión llana se traduce en “tu problema es mi problema”.
Una línea que nos permite buscar algún tipo de explicación dice relación con el hecho que la Concertación –durante 20 años– aprendió a administrar una democracia heredada, donde descubrió comodidad, flexibilidad y muchos beneficios, estableciendo como eje la condena a la violación de derechos humanos y su irrestricta defensa. Esto implicó que la Concertación, en términos prácticos, y particularmente económicos, se derechizó, al son de la globalización. Mientras que los distintos grupos de origen liberal y conservador no tuvieron problemas en aceptar el modelo de gestión y negociar su estabilidad.
En este sentido, y en términos esenciales, la Concertación aprendió a administrar su propia continuidad, bajo el nombre de democracia de los acuerdos. A lo cual concurrieron de forma entusiasta los demás partidos del sistema, incluido el Comunista.
Al ganar la derecha el poder, el mentado cambio se transformó en la continuidad, modificando solamente el estilo de gestión, por lo cual ha seguido llamándose democracia. La imagen literaria del “gatopardo” puede ser una buena síntesis de ello.
Los acontecimientos desde el 2006 en adelante, y los que nos tocará vivir al 2014, dan cuenta que el conflicto es el resultado de una erosión democrática y no el triunfo de ningún sector. Más aún, todos reconocen que la globalización no tiene alternativa, pero si se quiere mejorar, se requiere una calidad democrática que hoy está lejos de debatir. No tenemos ni el contenido, ni la visión de futuro necesaria para hacernos cargo de lo que hoy la ciudadanía está expresando en las calles. Eso es un empoderamiento que muestra la debilidad de un proceso mal conducido.
Dado que las municipales se han presidencializado, y considerando la variedad y diversidad de precandidatos y las pocas ideas con suficiente contenido de mejoramiento democrático, es fácil no sólo prever la conflictividad sociopolítica, sino que se puede adivinar cuáles van a ser las ofertas programáticas de cualquier candidato del 2013.

No todos saben que el crecimiento es solo para 5% y el resto 95% no lo reciben
¿Cual es la idea de seguir pregonando lo mismo?
El 95% estamos sufriendo todos los días, nuestra familia nos pregunta, Quë