Chile después de Obama

martes 19 de abril 2011
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Chile, como ejemplo y referente (no como líder) precisa de esa gran visión que permita los grandes acuerdos.

Escribe Guillermo Holzmann, cientista político.

 Los aspectos fundamentales de la visita de Obama se relacionan con los objetivos e intereses de EEUU en la Región y el mensaje que plantea para establecer una relación beneficiosa que, de más está decir, es desde su perspectiva.

La política exterior se define a partir de las visiones de largo plazo y el comportamiento que mantiene en el sistema internacional, donde estados con menor capacidad de posicionamiento y respaldo económico o relativo nivel de desarrollo quedan supeditados –si es que no cooptados– por aquellos que poseen claridad respecto a horizontes futuros superiores a 50 años.

A Obama le ha correspondido consolidar el modelo de relación que, desde hace casi una década EEUU ha desplegado con América Latina (AL). El elemento central de esta estrategia se basa en asumir las diferencias y desarrollar una vinculación bilateral a partir de la identificación de los intereses estadounidenses y las coincidencias con cada país. A ello se suman las condiciones mediante las cuales se define el entorno internacional de seguridad bajo un prisma de análisis de los riesgos y amenazas de EEUU. Similar ejercicio, con distintas variaciones, se han realizado con otros continentes o subcontinentes, llevando a sendos discursos de definición de líneas prioritarias de vinculación en Asia, Medio Oriente y África. En este contexto, solo faltaba AL.

En los discursos de Obama se identifican las condiciones mediante las cuales el país del norte valida las relaciones de igualdad política en el escenario internacional y bilateral. Éstas se resumen en que cada país debe asumir la inserción en el proceso de globalización como un eje de su gestión, lo cual debe ir acompañado de una fórmula democrática coherente con la cultura política de cada pueblo y enmarcado en un modelo de desarrollo basado en la economía de mercado que respete las regulaciones internacionales de comercio y de cooperación financiera. Estas condiciones no están adscritas a un modelo rígido sino que deben ser la expresión del desarrollo político de cada nación, donde los derechos y la dignidad humana estén resguardados y garantizados.

La elección de Chile se debe a que está en el inicio de su proceso de consolidación como integrante pleno de la comunidad de estados desarrollados. Permítanme enfatizar el hecho de que nuestro país es considerado, desde una visión internacional y en virtud de sus indicadores, como una nación que resulta un ejemplo y un referente para muchos. Esta es la razón esencial por la cual el discurso para las américas se realiza desde esta plataforma, donde la estabilidad presente y futura aparece asegurada.

Un elemento central en el discurso de Obama es la generación de un espacio de convergencia que tenga una mirada a futuro capaz de acompañar los procesos de globalización hacia metas comunes en un horizonte de tiempo a largo plazo. En virtud de ello, EEUU está dispuesto a cooperar y ayudar las iniciativas que los países deseen emprender con vistas a incrementar el comercio, el desarrollo y la seguridad. En esta declaración están implícitos los intereses de EEUU y su necesidad de mantener acceso a mercados ya sea en calidad de demandante u oferente cuyo resultado sea beneficioso para mantener su posición relevante en el sistema frente a potencias como China y Rusia y, a su vez, acceder de forma preferencial a los recursos asegurados en AL, ampliando esta visión a todo el Océano Pacífico.

De lo anterior, los imperativos estratégicos de Chile le corresponde situarlos, definirlos, adecuarlos o establecerlos a la administración de Piñera. Ya no se trata solo de la energía nuclear y su opción para Chile. Más bien se trata de establecer una estrategia que integre estos tres elementos –comercio, desarrollo y seguridad– en una perspectiva de 50 o más años, lo cual debiera ser la base de una visión país integral y asociada a mecanismos y metodologías inclusivas y participativas. Si la Concertación fue capaz de consolidar una plataforma de crecimiento política y económica exitosa, le corresponde ahora a Piñera y su coalición sentar las bases de las líneas de desarrollo futuro. Es cierto que hay mucho de eso en las decisiones presidenciales, pero aun aparece desperdigado y expresado en indicadores de largo plazo.

Chile, como ejemplo y referente (no como líder) precisa de esa gran visión que permita los grandes acuerdos.

La estrategia de un país a futuro no se logra por la vía de la sumatoria de acuerdos nacionales sobre temas que aparecen compartimentados, sino a partir de una idea central que integre los distintos ámbitos del país.

Durante el 2011 nos podemos focalizar en los acuerdos y desacuerdos, en la viabilidad o no de acusaciones constitucionales, en el cumplimiento de metas o todo aquello que eventualmente asegure una buena evaluación el 2014 o el cumplimiento del pleno desarrollo el 2018. Sin embargo, ello será insuficiente si no existe una adecuada lectura de los imperativos de un mundo que avanza en varias materias y donde Chile debe ser actor referencial y bien posicionado para generar la confianza necesaria.

El discurso de Obama se transforma en una invitación que supone cambios sustantivos (y para más de algún país, una apuesta) respecto a las capacidades y voluntad política que involucra este proceso.

Chile es parte del club de las naciones globalizadas y eso impone una mirada distinta, que Obama la reseñó en su discurso y las convirtió en exigencias para mantener un proceso no solo de crecimiento económico sino que de industrialización hacia el desarrollo. Bajo esta premisa, nuestro compromiso y participación en temas comerciales, tecnológicos y de seguridad debiera construirse desde el futuro hacia el presente y no solamente pensar en proyectar lo que se tiene o necesita.

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