Afganistán, la guerra olvidada

domingo 8 de agosto 2010
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afganistan“Lo que hoy preocupa a los estadounidenses es la injustificada pérdida de vidas y el enorme gasto económico que implica una guerra, especialmente en tiempos en que el dinero no sobra”

Escribe Rakesh Goklani

Poco ha permanecido constante en el conflicto afgano. Una guerra que tras nueve años ha cambiando en forma y esencia.

El Afganistán de Obama, claramente no es el de Bush.

Como bien podemos recordar, la administración del ex presidente se caracterizó por librar una guerra de características limitadas en Afganistán. Sus operaciones se concentraron casi exclusivamente en actividades anti terroristas y anti subversivas, sin involucrarse en tareas “socio políticas” de mayor profundidad. Bush junior consideraba a ese país como un estado fallido -como una zona en caos- y decidió actuar en esa realidad. No cambiarla. Actitud muy distinta a la que tuvo en Irak.

Con la llegada de Obama, los planes para Afganistán mutaron. Se triplicaron las fuerzas, se estableció como prioridad la reconstrucción de un estado afgano fuerte y se apuntó directamente al Talibán, factor de inestabilidad política mucho mas influyente que Al Qaeda.

Una tarea ambiciosa, idealista tal vez, pues no sólo choca con algunas tradiciones afganas, como lo son la resistencia acérrima al invasor extranjero y el fuerte nacionalismo, sino también con los cambios en la situación actual del conflicto.

La aún débil estructura institucional, sumada a la dispersión del liderazgo talibán a través de aldeas y zonas tribales, ha sumido al país en un estado de latente inseguridad por la aparición de cientos de grupos armados e independientes entre sí.

A esto se le suma la “ayuda indirecta” que han recibido los insurgentes, pues según Hanif Atmar, ministro del interior de Afganistán, gran parte del dinero que gobiernos y ONG’s han enviado para ser invertido en hospitales y caminos, ha terminado, a nivel local, siendo entregado al Talibán para garantizar la no destrucción de las obras y la protección de la vida de los trabajadores.

El tráfico de opio y heroína, hasta hace poco la principal fuente de ingresos del Talibán, está dando espacio a otras actividades. A nivel local, los grupos combatientes prefieren el secuestro, los asaltos y el robo a campesinos, reemplazando así su antigua ideología religiosa extrema, por el simple actuar criminal y la ambición económica.

Esta variación en el conflicto, si bien representa un problema táctico para las fuerzas estadounidenses, también les da una oportunidad política: reafirmar frente a la población local que el verdadero enemigo a combatir es la actividad criminal y no un grupo étnico, cultural o religioso.

Bajo el gobierno de Obama, las fuerzas de ocupación parecen haber entendido que proteger la infraestructura básica y la población civil, puede llegar a ser incluso más importante que combatir al Talibán. Tal vez salvando escuelas y viviendas, se pueda ganar la batalla más importante, lograr la confianza de los afganos.

Este apoyo local también sirve de consuelo, especialmente cuando el interés público en casa ya no es el mismo de antes. Para la gran mayoría, Afganistán ya no es un tema de primera plana. La paranoia terrorista establecida en los EEUU tras el 11-9, ha ido desapareciendo con el tiempo. Sintiendo cada vez más distante la relación entre el terrorismo y la guerra en Afganistán, lo que verdaderamente preocupa a los estadounidenses es la injustificada pérdida de vidas y el enorme gasto económico que implica una guerra, especialmente en tiempos en que el dinero no sobra.

Si esto ya representaba un debilitamiento en el piso político de la administración Obama para llevar a cabo sus planes originales de “construcción de Estado” en Afganistán, la situación no mejora con el escándalo de “Wikileaks”. A mediados de julio, se informó que el sitio había publicado 91 mil reportes militares (supuestamente secretos), todos ellos filtrados desde distintas unidades estadounidenses en Afganistán. En ellos se detallaban descripciones de las operaciones, lugares, nombres de operativos locales, tácticas y números reales de bajas.

A un año de la fecha señalada para el comienzo del retiro de tropas, el desafío es enorme. Pero algunos aún mantienen la fe. Uno de ellos es el general Petraeus, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en la zona. Para él, la salida debe ser gradual, evaluando la situación en cada área y manteniendo una comunicación constante y cercana con los líderes locales. En sus propias palabras, en los próximos doce meses se enfocará en tres tareas: “destruir al Talibán, eliminar la corrupción y sentarse al tomar el té con sus amigos afganos”.

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