El rol de los partidos en la era Piñera

viernes 28 de mayo 2010
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holzmanEscribe Guillermo Holzmann

El llamado a la unidad nacional, planteado por Sebastián Piñera en su discurso del 21 de mayo, no sólo implica un desafío a que el gobierno desarrolle su tarea en forma, sino, de manera muy importante, que exista un sistema de partidos que tenga la capacidad y condiciones para orientar a la sociedad en la consolidación de los objetivos diseñados y comprometidos.

Es cierto que la educación, la salud y la vivienda son ejes esenciales para la vida y dignidad humana, pero también lo es el contar con una democracia que no sólo ostente una multiplicidad de leyes que acrediten su formalidad o numerosas votaciones que legitimen la distribución de poder, sino que tenga eficientes espacios de participación, con posibilidades ciertas de influir en la decisiones.

En esta tarea, el gobierno ha asumido una parte de su responsabilidad, expresado en las acciones desarrolladas en su discurso. Sin embargo, la parte más importante es de directa responsabilidad de los partidos políticos. De hecho, no hay democracia posible sin un sistema de partidos adecuadamente consolidado. Por ello, preocuparse de cómo están nuestros partidos, constituye un ejercicio sano y necesario, en vista que varios de ellos enfrentan renovación de directivas.

Si bien es cierto, establecer el rol que cada partido tuvo en la derrota de la Concertación o en el triunfo de Piñera es parte de un debate que, finalmente, no va al tema de fondo asociado a las propuesta respecto el mejoramiento del modelo de sociedad por el cual Chile ya optó, como tampoco a la apertura de espacios de efectiva inclusión de ciudadanos en dicho competente esencial a la democracia. En estricto rigor, y dejando de lado los porcentajes que cada partido obtiene en las elecciones municipales o parlamentarias, lo cierto es que más del 30% de la población con derecho a voto no participa en las elecciones y menos del 6% de los ciudadanos milita en algún partido. Ello se traduce en la generación de pequeños grupos oligárquicos, que al interior de cada partido, se enfrentan por el poder cada cierto tiempo, sin considerar la opinión de militantes y menos de simpatizantes. Bajo estas condiciones cada partido despliega una estrategia de clientelismo, cuyo éxito depende de las prebendas que cada gobierno le pueda otorgar, independiente incluso de si son parte de la coalición gobernante u opositora. Bajo este prisma es previsible que la incorporación de primarias por ley tenderá a mantener la discrecionalidad de sus dirigentes, con lo cual la esencia democrática de éstos resultará más que dudosa.

Con estas características, reseñadas someramente, nuestro sistema de partidos no solamente es débil, sino que altamente vulnerable frente a presiones e influencias extra-partidarias y extra-políticas y claramente insuficientes para satisfacer cabalmente las necesidades que plantean nuestros objetivos de desarrollo social.

Si consideramos este prisma como una primera aproximación a los procesos que viven la Concertación y la Alianza, no es difícil concluir que sus actuales procesos eleccionarios, más que estar orientados a generar propuestas de calidad, en lo ideológico y coyuntural, se dirigen a que las directivas tengan la mejor vitrina y espacio posible para definir los espacios de poder que le den beneficios o les permitan determinar de qué manera se van a identificar los próximos candidatos municipales y parlamentarios, previéndose que se buscará ejercer la posibilidad de veto a quienes busquen la reelección .

Por otra parte, un factor insuficientemente asumido es el financiamiento que los partidos poseen, el cual permite espacios oscuros y grises donde el origen de los recursos y los compromisos asociados son desconocidos para la ciudadanía.

La realidad nos indica que una parte importante de nuestros políticos termina viviendo del Estado. Lo cual no tiene nada de malo si se quiere profesionalizar la política y se hace de forma transparente, pero tiene un alto cuestionamiento si ello no se trasluce en los términos que una democracia sana exige. De esta forma, los candidatos a conducir a los partidos plantean propuestas que son propias de su visión de sociedad, pero que no necesariamente cuentan con un proceso que permita asegurar su efectiva representatividad. De más está decir que la baja adhesión ciudadana a los partidos, es la débil expresión de una realidad que está a la vista, que los partidos no quieren ver, la ciudadanía asume como un hecho y el gobierno ve el espacio necesario para actuar con diferentes cuotas de autoritarismo.

Una forma de evitar este bulto es pretender hacer girar las elecciones en torno al rol que les corresponde, ya sea como soporte del gobierno o como oposición a una nueva coalición gobernante, con lo cual se plantea una falsa dicotomía que deja de lado, justamente, lo que ya sabemos: que la sociedad quiere participar en las decisiones políticas que le atañen.

Dado que estos procesos se repiten en el año del bicentenario, la conclusión inevitable es que en estas fechas simbólicas empezaremos a derruir en sus cimientos las fortalezas democráticas que el país había logrado. Y ello constituirá la espada de Damocles para los objetivos planteados por el gobierno de Sebastián Piñera.

Ya no se trata de los nombres o liderazgos, sino de ideas que no son adecuadamente socializadas, ni menos debatidas, más allá incluso que podamos estar de acuerdo con las posiciones que cada partido esgrime. No deja de ser sintomático que las principales causas de destrucción de la democracia son, en orden decreciente, la oligarquización, la corrupción, la radicalización del conflicto social y el militarismo, en cualquiera de sus formas.

Como es obvio, destruir una democracia resulta ser más fácil de lo que se cree, pues son los actores quienes se encargan de decir que todo lo que pasa es parte de la democracia, salvo cuando ésta efectivamente se pierde.

Cautelar la democracia no es responsabilidad de la sociedad, sino que de nuestros queridos partidos políticos. Sí corresponde a la sociedad exigir que estos cumplan la función que les compete.

En Chile, lentamente avanzamos a ese escenario a través de larvados movimientos que aún no ven la luz pública y que esperan sólo la ventana de oportunidad para emerger con fuerza.

La experiencia política comparada nos enseña que un gobierno frente a este escenario intentará crean su propio referente de legitimidad, con lo que podríamos estar en un silencioso tránsito al partido de la P.

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