Lecciones de amistad y solidaridad

miércoles 21 de abril 2010
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elicura“Estamos en Kechurewe, disfrutando de su tranquilidad, mas también viviendo ahora la desazón de caminar por nuestra casa Azul averiada por el terremoto, sin poder dormir ni descansar en ella después de décadas”

Escribe Elicura Chihuailaf // Poeta

Es la primera tarde de sábado de abril, de la estación que más me agrada (mi exterior / interior): el otoño / la Luna de los Brotes Cenicientos. Estamos en Kechurewe, disfrutando de su tranquilidad, mas también viviendo ahora la desazón de caminar por nuestra casa Azul averiada por el terremoto, sin poder dormir ni descansar en ella después de décadas. Es como un exilio, una pérdida, es como no poder abrazar a la mujer / a la persona que se ama. Los rayos de Sol y de Luna que iluminan las ventanas y se deslizan por el piso de madera nativa son como heridas cuyos labios se abren dividiendo mi espíritu. No deseo pensar, pero ahí nacieron mis hermanas y mis hermanos y yo; pero ahí en el centro del comedor estuvieron los cuerpos inertes de mis abuelos, de mi tía María y de mi hermano Carlitos, preparándose para su último viaje, consolados –como nosotros– por las flores de los cantos sagrados de nuestra Gente; pero han estado también ahí jugando mis hijos y mis hijas. Pertenecemos a un planeta de vida y todo puede cambiar en un segundo.

Es noche, con mi hijo Gonzalito íbamos de vuelta a la ciudad; se había puesto a andar el siempre misterioso viento puelche (Gente que viene del Este) y nuestro vehículo, sin más aviso que la disminución del voltaje de la luz, se quedó sin ninguna posibilidad de seguir avanzando en la carretera. ¿Jenny, mi Chiquita, qué hacemos? ¿Malen, qué hacemos? ¿Caui, qué hacemos? Nuestra Gaby sueña al otro lado del océano. Toñi y Paulito duermen ya con su ternura de niños. Reconociendo mi inutilidad en las cosas prácticas de este mundo, cada problema es un abismo.

A través del celular, mi amigo Juan Carlos Barra me dice: “Tranquilos, estaré allí en quince minutos”. El viento puelche se lleva mi sombrero y la señal. Viene a mi memoria Panait Istrati y su “Los cardos del Baragán” que –en mi adolescencia– leí tendido sobre mi cama mientras este mismo puelche golpeaba –cargado de Sueños– el zinc y las maderas de nuestra casa. En Cunco nos recibe el abrazo siempre cariñoso de Cecilia, la compañera de Juan Carlos que entonces guarda nuestro vehículo en su casa y nos dice: “Ahí tienen mi auto para que sigan viaje”. Otra vez en camino, miro a mi hijo: “Maravillosa lección de amistad y de solidaridad que debemos aprender a retribuir”, le digo. La emoción, la gratitud, nos sume un largo rato en el silencio.

Otra vez en Temuko, recordamos que MapuExpress-Informativo Mapuche, cumplió diez años: “Se recuerda este aniversario para reconocer y valorar todos los esfuerzos comunicacionales autónomos, libres e independientes, comprendiendo la dificultad que existe para esos logros en medio de tanta discriminación, censuras, maquinaciones y constantes atentados a las libertades de expresiones. Asimismo, para valorar las expresiones de quienes luchan y defienden Derechos Humanos, de quienes les preocupa el Planeta, creando y construyendo desde la diversidad para la justicia y la dignidad de las personas y de los Pueblos”.

Recordamos también que “la Red de Comunicadores Mapuche de Wallmapu ha decidido en conjunto con nuestro hermano Richard Curinao, solicitar a instancias internacionales su pronunciamiento respecto a la persecución de la que es objeto producto de las fantasiosas investigaciones del Fiscal Sergio Moya”. En febrero “fue detenido por agentes policiales del Estado en su lugar de trabajo y requisado el disco duro de la computadora de allí, luego trasladado por la fuerza a su domicilio y requisado el disco duro de su computadora particular, lo que –sin duda– son hechos graves que atentan a la libertad de expresión y a los derechos a la comunicación e información del Pueblo Mapuche y a la de un defensor de Derechos Humanos”.

La Justicia, a través del Fiscal Andrés Cruz está solicitando 103 años de cárcel para el dirigente Héctor Llaitul, lo que –para quienes somos librepensadores y, por tanto, respetuosos de la posición de quienes no han asesinado a nadie (¿a cuántos años condenaron a Pinochet?)– nos podría parecer hasta una concertada provocación. ¿Unidad nacional y ecuanimidad? ¿Las instituciones funcionan para seguir negando la legitimidad y para vulnerar su propia “legalidad”?

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