Dejamos hacer

viernes 2 de abril 2010
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Francisco Martorell“Detrás de cada movida, en este tablero de ajedrez desordenado, puede existir una mano negra interesada en ganar más de lo que corresponde”.

Escribe Francisco Martorell // Director El Periodista

Las cifras del terremoto en lo económico, aunque todavía no se tiene certeza de ningún guarismo definitivo, parecieran ser más que elocuentes y decidoras del camino que debe tomar el país para enfrentar esta tragedia.

Pero, como siempre, las visiones se entrecruzan y no necesariamente se dirigen al mismo puerto, muchas veces cometiéndose errores imperdonables o que la crisis la terminen pagando los más pobres.

Aunque muchos se han resistido a usar esas dos palabras malditas en casos como éste, oportunidad y negocio, ellas sí están presente en cada una de las decisiones que se toman en estos días. De ahí la necesidad de estar alertas.

El terremoto dio a algunos la oportunidad de hacer un negocio, ya sea asistiendo a sectores devastados, utilizándolo como excusa para no cumplir la palabra empeñada o, directamente, avanzando sobre políticas públicas para allanar el camino a privatizaciones apresuradas o cocinando leyes que luego se vuelven contra la mayoría de los chilenos.

Detrás de cada movida, en este tablero de ajedrez desordenado, puede existir una mano negra interesada en ganar más de lo que corresponde.

Es un hecho que la reconstrucción requiere madera y ella sube, así como se ha incrementado el precio de las mediaguas, también el de otros productos y los arriendos en las ciudades más afectadas. Otros, ya están viendo a mediano plazo y saben qué ficha mover para asegurarse el futuro. El borde costero, pasado el terror al tsunami, será un filete que pelearán constructoras y resorts en desmedro de los pescadores artesanales, uno de los sectores más afectados en esta tragedia. De ahí la importancia del artículo que esta revista presenta en sus páginas centrales porque intenta ver al Chile de hoy con los ojos del 2018, analizando los errores y viendo cómo ellos, una vez superados, nos pueden llevar hacia un mejor país.

Pero, para ello, la mirada no sólo puede ser económica. Todos los actores de la sociedad tienen que levantar su voz y hacerse oír. Aportar. Hasta ahora, casi reverencialmente, hemos escuchado en demasía un coro de economistas que le han impreso su sello al alma nacional, convirtiendo a nuestra sociedad en lo que hoy somos, con defectos y virtudes, pero incapaces de crear un Estado basado en la solidaridad, salvo cuando nos convoca la televisión.

Los cálculos inmediatos y cortoplacistas, las ganancias a todo dar, el vivir apresurado, el querer tener más que el otro y de cualquier forma, nos condujeron inexorablemente al modelo chileno actual, el que -según un comentarista de la TV estadounidense- tiene dos caras y que el mundo las conoció tras el sismo de febrero.

Ahora, ya de lleno en la reconstrucción, aunque todavía no sabemos qué hacer con los escombros y las secuelas sicológicas de una movida de piso de 8,8 grados, debemos ser más exigentes que nunca con los permisos de edificación y la supervisión. También, con celeridad pero concienzudamente, aplicar las reglas medioambientales que un país moderno está obligado a cumplir para ser sustentable. No es tiempo de relajo ni de aprobación de proyectos que dañan la tierra. Ya conocemos su fuerza, aprovechémosla para nuestro bienestar.

El terremoto y los tsunamis del 27 de febrero nos produjeron un costo en vidas que nunca conoceremos porque mucha gente que dejó de existir ese día no lo fue por acción directa del mar o un derrumbe y no aparece en la lista oficial de fallecidos. Otros murieron en accidentes o de crisis cardiacas en los hospitales. Hubo centros médicos habituados a recibir un infartado cada día que casi llegaron a la treintena en esa fatídica madrugada de sábado, de los cuales casi un 20 por ciento no pudo recuperarse. Algunos murieron en accidentes de tránsito o por la caída de una avioneta.

Esa gente, que debiera ser considerada víctima del megasismo, no lo es, porque pareciera ser que un país tiene una imagen internacional mejor mientras menos personas mueren en una catástrofe. Quizá, por eso, los errores que se han producido en la confección definitiva del número de personas muertas o desaparecidas. Pero sólo quizás…

El mejor homenaje para todas ellas, además de nombrarlas, es reconocer que sus muertes obedecieron a que durante muchos años no estuvimos a la altura de nuestras expectativas y dejamos hacer… simplemente, dejamos hacer.

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Comentario

manon roland

excelente reflexión

lunes 12 de abril 2010 a las 20:51
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