Educación para la Libertad

lunes 11 de enero 2010
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marta-blancoEscribe Marta Blanco

“Hoy, tras veinte años de democracia, no se le puede decir al país que algunos chilenos no sirven para gobernar. Para eso están las elecciones. El pueblo soberano debe decidir”

La libertad es resbaladiza. Si la maltratamos, responde con la fuerza de un alud. Si le hacemos la pata, nos desprecia. Y si la tomamos en serio, aparecen los trabajadores políticos y nos dejan turulatos de datos y frases y emociones y la libertad de elegir se convierte –en apariencia– en la batalla cósmica del bien y del mal.

Hoy en Chile, quien exprese la idea de votar por Sebastián Piñera habiendo votado por la Concertación los cuatro períodos, pasa a ser un energúmeno fascista. Creer que democracia significa diversidad y cambio está demonizado, si el cambio no es dentro del mismo grupo. Supongo que creerán que hay que pertenecer a una religión, un partido, o a un ‘think tank’ para dar una opinión válida sobre la segunda vuelta. Pero un gobierno no es más que un gobierno. El presidente y sus ministros no pasan a habitar el Olimpo, no son declarados dioses, y la gente vota por ellos porque son de carne y hueso, personas dedicadas al servicio público. Nadie cuerdo espera que hagan milagros.

En los veinte años que ha gobernado la Concertación se han hecho muchas cosas necesarias, unas cuantas innecesarias, dos o tres de graves consecuencias; pero fueron fértiles en sueños. Algunos sueños se convirtieron en realidad y otros se quedaron en paños menores.

Veinte son hartos años. Se ha cansado la Concertación. Se ha desmenuzado la Concertación. Se ha desconcertado la Concertación.

Y por eso hay que darle vacaciones. La presidente Bachelet es una mujer carismática, inteligente y trabajadora. Deja la presidencia con una altísima consideración popular y su simpatía, su tino, su señorío tranquilo y seguro nos han dado cuatro años de sólida dignidad. Es el momento de dejar a la Concertación en remojo –que no en reposo–, y trabajar en el país para hacer las cosas partiendo, ahora, desde otro principio que autorice la disensión, que valore los acuerdos, que borre la idea de que quien no es de la Concertación es una mala persona, insistiendo en vincular a todo el que pertenece a la llamada derecha con el latrocinio, el atropello, el abuso, lo que les impediría gobernar. Y para qué decir si hace negocios.

Hacer negocios, palabra que deriva del latín otius –ocio–, y que se opone a ello, no es un pecado. No hay manera ni de comprar una naranja sin que ello implique negocio. Se terminaron los tiempos del trueque, la gente vive mejor y come mejor y –cuando no hay cesantía– tiene trabajo haciendo negocios. Los empleados apernados por años en un puesto son mirados como aves de rara extracción, la idea hoy día es cambiar de puesto, cambiar de giro, inventar y lanzarse ‘a la piscina viva’, en palabras de la Mistral. La mitad de Chile hace negocios, desde el pescador al almacenero, desde el minero al zapatero, desde el comerciante al panadero. Nadie regala su trabajo y muy pocos viven de un sueldo fijo.

En todo acto humano la gente suele equivocarse. Nos pasan partes en las carreteras, nos cobran intereses si nos olvidamos de pagar la luz o el agua o el gas a tiempo, el dentista y el médico y el arquitecto y el economista claro que meten la pata de vez en cuando. No por ello vamos a declararlos delincuentes de perversa intención. Ojo con la exageración, que viene de la mano del delirio. Esto de que la Concertación es la única manera de gobernar Chile, que solo ellos tienen la llave de la administración correcta del país acusa prejuicio y arrogancia.

Los gobiernos a veces ponen acento en la salud y la vivienda, a veces en la educación o la infraestructura, a veces en la pobreza dura, otras, en la cultura. En los gobiernos de la Concertación se hicieron esfuerzos en todos los ámbitos del quehacer público. Hubo tropiezos y aciertos. También les cayeron encima varias crisis internacionales. El orden de Hacienda así como la independencia del Banco Central les permitieron navegar bien por las aguas estancadas de la economía, con el mundo sumido en una monumental caída del dólar.

Pienso que fue un error de la Concertación no hacer primarias. La gente optó por lo más cuerdo: hizo sus propias primarias saliéndose de los partidos, formando grupos o partidos nuevos, llevando independientes que resultaron poderosos, como Marcos Enríquez-Ominami, por quién nadie daba un peso y miren dónde está: abrió una vía de agua en la Concertación. Quedó demostrado que, si la ropa sucia se lavaba en casa, la Concertación decidió lavarla a todo aire, a todo grito, a todo insulto. No se trataron bien. Mostraron la hilacha de la pasión por el poder.

De pronto, pareció que querían convertir al país en una especie de teocracia endogámica, solo ellos servían para gobernar y alguien hasta llegó a preguntar “¿Y qué es eso del cambio, de qué cambio me hablan? Si la cosa funciona, sigamos igual”. O sea, querían continuar gobernando “ad aeternum”. Casi una réplica de los decenios del siglo XIX.

Y eso es no tener fe en un número importante de chilenos. Cuando Chile se independizó se dio como régimen de gobierno la república. La perdimos en varias oportunidades. Y la recuperamos. Después de Carrera, de O’Higgins, de Montt, de Balmaceda, de Ibáñez y de Pinochet. Hoy, tras veinte años de democracia, no se le puede decir al país que algunos chilenos no sirven para gobernar. Para eso están las elecciones. El pueblo soberano debe decidir.

Respeto y estimo a Eduardo Frei, y creo que hizo un buen gobierno. Aún así, le diré lo que decía mi bisabuelo: nunca segundas partes fueron buenas. El 17 de enero votaré por Sebastián Piñera, por su capacidad de trabajo y su denodado esfuerzo por demostrarnos que Chile ya no sufre el complejo de la dictadura. Confío en que separará el gobierno de los negocios y espero que dé solución a muchos problemas que persisten. Pienso en la salud pública, la educación y la pobreza. Confío en que la renovación celular de un cambio de equipo hará correr mucho oxígeno por las venas de Chile.

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