El cuento del gato que no comía ratones

jueves 3 de diciembre 2009
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marta-blancoEscribe Marta Blanco

“Este gato vegetariano no podía salir a la calle debido a las enormes puertas y al murallón de dos metros que rodeaba la mansión y solo podía vislumbrar por el hueco de la puerta de hierro contra el muro, un escaso ángulo de la vereda”

Había una vez un gato que no comía ratones. En realidad, no conocía a los ratones. Era un gato regalón, nacido puertas adentro en una casa moderna y hermética, con calefacción por losa radiante y alfombras persas. Su cama era un canasto forrado en suave algodón, y se cubría con una manta de lana pura. Alguna vez, por casualidad, vio una mosca. La cazó por instinto pero le pareció insulsa, y además poca cosa. Se alimentaba, como sus amos, de verduras crudas o cocidas, de algas marinas que llegaban en grandes canastos desde la casa de la playa, de paltas y lechugas, de tomates y apio, de berenjenas adobadas en una mezcla de pepinos, zapallitos italianos y porotos verdes. De hambre no se moría y parecía un gato desdeñoso y altivo. Él, claro, no lo sabía. Solía contemplarse en el espejo de cuerpo entero de la pieza de sus dueños, y al mirarse se admiraba: pelaje lustroso, patitas suaves y delicadas que en siete años –muchos para un gato– aún no perdían el color rosa de la piel del recién nacido, delgadez y elasticidad. Sí. Era un don gato. Desdeñosamente daba la espalda a su propio reflejo y se tendía al sol en las mañanas, en la terraza de baldosas. No sabía si era feliz, pero como no era infeliz, no se planteaba la cuestión.

Este gato vegetariano no podía salir a la calle debido a las enormes puertas y al murallón de dos metros que rodeaba la mansión y solo podía vislumbrar por el hueco de la puerta de hierro contra el muro, un escaso ángulo de la vereda. Por esa vereda pasó una gata un poco gorda, pensó, con unos ojos brillantes que lo contemplaron a través de la ranura. Lucía un pelaje oscuro y caminaba como dueña y señora de algo que don gato no conocía. Le clavó sus ojos de gata fatal y el vegetariano quedó trasminado por el golpe eléctrico de esa mirada. La gata siguió su camino, pero antes levantó una patita, hizo un gesto extraño con la boca y maulló levemente, casi en secreto. Don gato se estremeció y de pronto sintió una curiosidad frenética por saber qué había más allá, qué ocurría en el mundo, se preguntó. Porque no conociendo sino su inmenso y simétrico jardín, las terrazas y quinchos, las enredaderas y las flores, sí sabía del mundo. Poco, en verdad. Pero el jardinero entraba y salía por la puerta de servicio, el señor y la señora salían por el portón eléctrico que volvía a cerrarse de inmediato, a veces entraba gente elegante, y a veces algunos de aspecto malacatoso, generalmente más simpáticos. Pero don gato nunca creyó necesario salir de su entorno, al que, claro, llamaba su mundo.

La gata chascona lo sacó de sus cabales. Había dejado un efluvio tras ella que no supo cómo catalogar. Sintió de golpe la soledad terrible que lo envolvía y las terrazas le parecieron sórdidas, el pasto con sus hormigas y sus tréboles en flor una incomodidad y añoró el olor de esa gata vagabunda, quiso mirar sus ojos una vez más, comprendió que la seguiría como fuera. Encontraría la manera de escapar.

Y como bien dice Sancho, más sabe un hambriento que mil letrados, poco le costó escabullirse escondido tras la máquina de cortar pasto cuando el jardinero se retiró en la tarde. Salió a la vereda y echó a correr hacia quizás dónde. Iba a buscarla.

La gata sensual se paseaba por la única plaza del vecindario. Lo vio venir y aparentó no verlo. Don gato se paseó delante de ella, movió la cola, se le fue acercando pasito a pasito y en un dos por tres la naturaleza hizo el resto. A la gata este gato le pareció inclasificable. No tenía ni olor ni pelo de gato. No parecía hambriento ni desnutrido y eso que era flaco y delicado. Se hizo de noche. La gata le explicó que ella vivía en los tejados. Don gato preguntó ¿y cómo llegas tan alto?, a lo que la gata le contestó ¿de dónde vienes que no sabes trepar a los techos, el mejor lugar de una ciudad como Santiago?

gatos pagina Marta BlancoEl amor hace milagros. O los deshace. El gato nunca más volvió a su casa. La gata lo llevó a su madriguera, donde pasaban la parte del día que no usaban en vagabundear. A don Gato la libertad le pareció una gloria. Y la gata más hermosa del mundo lo miraba con sus ojos brillantes, lujuriosos y transitorios. Esto, claro, don Gato no lo sabía. De ella aprendió que un gato come ratones, que recorre el mundo y mira las estrellas, que le maúlla a la luna, a los árboles encrespados por el viento, que se esconden de la lluvia, que atravesar una calle llena de autos los llevaba a una población del río donde abundaban los ratones, los niños, los viejos paralíticos sentados en sillas de mimbre bajo un parrón, que uno roba de los mesones de las cocinas unas delicias llamadas sardinas y que a veces no hay qué robar ni qué comer y entonces se pasa hambre.

Así aprendió don gato que el mundo es diverso y en la diversidad hay una inextinguible, deliciosa sorpresa hecha de cosas buenas y de algunas muy malas. Que los corrían a escobazos de algunas casas modestas. Que los perros son rabiosos si andan con la cola entre las piernas echando baba, pero que hay perros vagabundos divertidos y juguetones. No serán gatos, pero son entretenidos, pensó. Y descubrió con asombro que su casa de cemento y el parque y las flores eran un aburrimiento y su cama era demasiado blanda, una soberana lata el encierro en un mundo recluido sobre sí mismo.

La gata lo abandonó al poco tiempo. Salió un día cerro arriba y él no se atrevió a meterse entre zarzales y espinos para seguirla. Y descubrió, entonces, que no le importaba porque en ese momento se le cruzó otra gata olorosa a urgencia y el corrió tras ella y peleó con tres gatos matones, más encima, que lo dejaron en un dos por tres convertido en uno más del grupo. Ahora sí que eres gato, le dijeron. Lucía despeinado, gordo y tenía unas garras temibles. Soy un gato, pensó el relamido. Y maulló hasta quedar casi afónico, y se comió tres ratones en una racha de buena suerte, y cruzó a la plaza esquivando los autos y los buses diestro y maduro. Este es el mundo, pensó don gato. Y dicen que lo han visto pasearse con aires de matón por el barrio, que se encarama a los árboles en un dos por tres y que no queda nada del gato persa tan bien cuidado, preso en su jaula, ignorante del mundo y sin amigos. Aquí, se dijo, sentado en una piedra de la plaza, aquí soy yo.

Don gato había entendido, finalmente, que la diversidad es el mundo y que la libertad no se puede comprar porque no vale oro. Es pura vida la libertad. Y eso vale mucho más.

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