La Globalización y el Estrecho de Magallanes

viernes 23 de octubre 2009
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marta-blancoEscribe Marta Blanco

Como la especie humana es histórica y sapiens, la aspiración a la universalidad ocurrió cuando el primer casi hombre bajó de un árbol y se puso de pie, alargó la vista al horizonte y comenzó a hacerse cada vez más humano. Un día despertó del sueño de su naturaleza y salió a descubrir el mundo. Escogió ser más que sí mismo. Dibujó bisontes en Altamira, peces en los acantilados de Caldera, dejó su huella gigante en Nazca, su mano pintada en cuevas de Lascaux y Atacama.

Pero sin el verbo no habría memoria, historia y ni siquiera olvido. Para olvidar hay que recordar. Y para recordar había que escribir. El hombre no cejó de buscar códigos, signos, cuerdas anudadas, jeroglíficos; se las arregló siempre para guardar memoria de sí. Hasta que concibió el alfabeto y se lanzó a contar. Es curioso el hombre. Solemos achacar esta virtud a los gatos, pero es el hombre el curioso, el descubridor, explorador y, finalmente, el contador. Y es que la palabra ES el hombre.

Hernando de Magallanes habría visto unos antiguos portulanos, dibujados por el cartógrafo Martín de Bohemia, escondidos en los archivos de la corte del rey de Portugal. Siguió esa ruta, se aventuró hasta las costas del Brasil, bajó hacia el sur y logró entrar por el recóndito paso que permitía cruzar desde el Atlántico al mar del Sur, que los reyes de España querían mantener en secreto.

Antonio Pigafetta llegó a la corte de Carlos V cuando en Sevilla ya se hablaba del viaje. Sebastián el Cano, o sea el canoso, segundo al mando, quien habría de terminar el viaje -Magallanes fue asesinado en Filipinas-, era buen reclutador de talentos. Y embarcó a Pigafetta

Es de justicia comenzar la noticia antártica y famosa con quien escribió la bitácora literaria del viaje. Antonio tenía 21 años. El viaje duró dos semanas menos de tres años. Partieron 270 hombres, al regreso a España solo quedaban dieciocho. Algunos murieron en llegando.

Pigafetta escribe amparado en la mejor tradición testimonial. Cuenta su tiempo, descifra lo que cree ver, cosas y culturas, hombres y riquezas del continente indescifrado. Los cronistas, soldados que escribieron o dictaron solo para guardar memoria de lo que estaban viendo y viviendo, hacen de América un mineral literario inagotable. América sólo podía explicarse en el siglo XVI desde el asombro. Tuvimos que luchar para deshacernos de la menesterosa idea de nuestra inferioridad botánica y zoológica, la que intentó demostrar el naturalista Buffon aún en el siglo XVIII, descartando toda posibilidad de grandeza americana: sostenía que aquí no había animales grandes como el elefante y el león y, por lo tanto, era un continente inferior. En justicia, a Buffon debió tragárselo una boa constrictora para devolverlo después a nuestras costas, como la ballena devolvió a Jonás. Por incrédulo.

América había cambiado el globo: existía una tierra no descrita, otra raza con otras creencias o ninguna, un cielo sin la Estrella Polar, pero con la Cruz del Sur y con cinco estrellas, más encima.

Cruzar la línea ecuatorial es cambiar de cielo.

Cuenta Pigafetta:

“Cuando hubimos pasado la línea equinoccial, acercándonos al polo antártico, perdimos de vista la estrella polar. Dejamos el cabo entre el sud y el sudoeste, e hicimos rumbo a la tierra que se llama del Verzino, por la madera roja que abundaba allí” (se refiere al árbol llamado verzín, vocablo que se convierte en Brasil).

“Hicimos una abundante provisión de aves, de patatas, de una especie de fruta que se asemeja al piñón del pino, pero que es extremadamente dulce y de un sabor exquisito -la piña-, de cañas muy dulces, de carne de anta, la cual se parece a la de vaca…”.

Luego rinde las cuentas del Gran Capitán:

“Realizamos aquí excelentes negociaciones: por un anzuelo o por un cuchillo, nos daban cinco o seis gallinas; dos gansos por un peine; por un espejo pequeño o un par de tijeras, obteníamos pescado suficiente para alimentar diez personas; por un escabel o una cinta, los indígenas nos traían una cesta de patatas, nombre que se da a ciertas raíces que tienen más o menos la forma de nuestros nabos y cuyo gusto se aproxima al de las castañas. De una manera igualmente ventajosa, cambiábamos las cartas de los naipes: por un rey me dieron seis gallinas, creyendo que con ello habían hecho un magnífico negocio”.

Describe por primera vez a los habitantes de la Patagonia. Habían ya entrado en el estrecho, “…Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza”. El gigante mostraba el cielo con el índice, “quería sin duda significarnos que habíamos descendido del cielo”. “Era tan alto que con la cabeza le llegábamos apenas a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían blanqueados por algún polvo. Su vestido, o mejor su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después”.

En la tarea de describir a los animales americanos ni los monstruos mitológicos ni el Bestiario Medieval de Borges lo superan: “Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita”. Tuvo que recurrir a la analogía zoológica para describir al guanaco.

Luego raptan a dos indios para mostrarlos. “Eran capaces de comerse una cesta llena de bizcochos cada uno al día y se bebían de un resuello un medio cubo de agua. Devoraban los ratones crudos y aún con piel. Nuestro capitán dio a este pueblo el nombre de patagones”.

Meses después, azotados por el escorbuto, ya en el Pacífico, muchos mueren desangrados; el pan se llena de gusanos y el agua se pudre en los toneles. Cuenta que los marineros pagaban medio ducado por una rata y se la comían gustosos.

La historia del hombre es la historia del hambre. Y la impiedad. En esos años se castigaba la traición con el descuartizamiento, trato que le dieron a Juan de Cartagena por urdir un complot para matar a Magallanes. En esa ocasión perdonaron a Gaspar de Quesada, “entonces el comandante, que no osaba quitarle la vida porque había sido criado capitán por el Emperador en persona, lo arrojó de la escuadra y lo abandonó en la tierra de los patagones con cierto sacerdote su cómplice”. Y de Gaspar de Quezada nunca más se supo.

El viaje continúa por el Oriente, y regresan a España a dar fe del estrecho que Magallanes llamó “De las once mil vírgenes”, de la Patagonia y sus habitantes. Pigafetta escribió su “Primer Viaje en Torno al Globo hasta las Indias Orientales por la Vía de Occidente”. Es menos leído y menos citado que Il signor Miglione, de Marco Polo. Pero ese no lo escribió el viajero. De regreso a Venecia, Marco Polo, preso por deudas en Génova, compartió su celda con Rusticello de Pisa. A él le dictó lo que había visto. Y quizás algo más…

Esa vuelta al mundo de Magallanes fue la primera globalización. Antonio Pigafetta fue un astronauta del siglo XVI. En su tiempo, ese viaje equivalió a ir a la luna. Lean su libro e irán con él.

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