Licenciado, licencia, licencioso

lunes 28 de septiembre 2009
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benkeEscribe Ernesto Behnke

Médico

La ciencia médica tiene en sus variadas pautas de tratamiento, diferentes grupos de indicaciones que tienen que ver con medicamentos, procedimientos, dietas y reposo. La importancia relativa de cada uno de ellos depende fundamentalmente de la patología específica del paciente y del facultativo que la prescribe. Para las tres primeras hay guías y protocolos que son de práctica y aceptación más o menos generalizadas.

Así por ejemplo, nadie duda que el tratamiento de una Apendicitis Aguda es la operación, seguida de tratamiento Antibiótico, Analgesia, Dieta liviana u otra y… el reposo. Naturalmente, hay otras situaciones donde el reposo está en primerísimo lugar e incluso como indicación única.

El reposo, que puede ser para un escolar por ejemplo, obliga a la emisión de un certificado que justifique la inasistencia del alumno o diga por qué no puede hacer gimnasia o que le permita postergar un examen, ello debidamente acreditado por un profesional médico. He aquí una primera pregunta ¿podemos asegurar que todos estos certificados responden a una razón médica? Todos estaremos de acuerdo que no es así.

En otro caso puede tratarse de un anciano, que requiera reposo y que deba contactarse a la familia para asegurarse que éste y otras indicaciones se cumplan.

Ello en los extremos de la vida.

En el medio tenemos a una población, entre los cuales están los trabajadores, quienes frente a enfermedades el licenciado medico debe procurarle, entre sus indicaciones, reposo y justificar su ausencia del trabajo con una Licencia Medica.

En todos los casos, el Profesional es reconocido como un Ministro de Fe, que define a su real creer y entender, cual es el lugar del reposo y cual es su extensión y da testimonio público de ello a través de ese documento, el que es aceptado socialmente. El buen uso de ella contribuirá a la recuperación de la persona y su reintegro adecuado a su fuente laboral.

Más allá de las argumentaciones reglamentarias, tecnológicas o económicas, a mí parecer, el eje principal de la discusión es el siguiente: cuando la veracidad de la patología es inexistente o los plazo exagerados estamos frente a un hecho grave, éticamente repudiable, en que se vulnera la fe pública cuyos protagonistas esenciales son el paciente y el médico, más repudiable aún, si el facultativo saca ventajas económicas de ello.

Y esto, desgraciadamente sucede y se entregan licencias médicas para justificar cuidado de hijos, ausencias de nanas, inasistencias no originadas en patologías, la negativa del empleador en otorgar un día libre o vacaciones, apartar del trabajo por desavenencias con los jefes, alargar los feriados, cumplir trámites de cualquier tipo, en fin, en el caso puntual de algunos médicos, no importa la razón: “dígame cuantos días quiere”.

Esta situación no se mejora, ni con leyes, controles, supervisiones o sanciones, algunas de las cuales ya existen. Las nuevas volverán a ser vulneradas si no se enfatiza que tanto el médico como el paciente asumen que tras este hecho hay un aspecto ético insoslayable: un paciente que miente y un médico que engaña.

Aquí, entonces, tiene un rol relevante el Colegio de la Orden cuyo deber primario es resguardar los aspectos éticos de la profesión. Pero también la sociedad, como un todo, que debe reflexionar si acaso no nos hemos ido acostumbrando a que la mentira y el engaño sean actitudes no sancionadas o repudiadas en otros ámbitos de nuestras relaciones.

La ética en esencia es introspectiva y reflexiva. La moral se impone o trata de hacerlo a través de leyes, que permiten o castigan, pero no mejoran la causa raíz que es ÉTICA, así con mayúsculas.

Detengámonos, por ejemplo, a reflexionar respecto al comportamiento ético en el ámbito de la política e identifiquemos quién es paciente y quién es médico. Pidamos una Licencia para poder hacerlo.

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