Cartas de Gabriela Mistral a Doris Dana: El escándalo y la Cultura

viernes 11 de septiembre 2009
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marta blancoMarta Blanco

Escritora

No es un buen síntoma intelectual la predilección por el escándalo, que termina sustituyendo obras, amores y personas. No es bueno porque el escándalo a medio siglo de distancia, no es más que ceniza de huesos calcinados y una cierta morbosidad que huele a lo que hoy día llaman “reality”.

La publicación de un libro con parte de la correspondencia entre Gabriela Mistral y Doris Dana no incluye sino un par de cartas de esta última, pero sirven en bandeja de plata –aunque es plaqué de mala calidad– las que Gabriela Mistral escribió en sus últimos años a Dana, una jovencita terriblemente parecida a la actriz Catherine Hepburn, en esos tiempos una estrella de la comedia hollywoodense, en la que aparecía como el símbolo de una belleza moderna, de un carácter fuerte y un sex-appeal sin obstrucciones. La pantalla, y más en esos tiempos, hace de anteojo de Galileo para los incautos: agranda lo lejano, acerca lo inalcanzable, obliga a la masa a sacar el cerebro del remojo para llenarlo con la paja picada de la televisión, que divierte sin necesidad de pensar. Doris, dicen, era coqueta. Y alegre. Y libre.

La Mistral no era libre. Tenía la vocación llagada, no podía sino tomar la vida en serio, la poesía es cosa brava, lengua sin benevolencia con la frivolidad o la necedad.

Las cartas mistralianas, y no necesariamente las develadas en este libro, nos muestran una inteligencia viva, un compromiso espiritual y social, estético, con el mundo. Gabriela Mistral se preocupaba del destino humano, de la historia humana, de la peripecia y el dolor humanos. Venía de familia pobre y severa, de padre ausente y madre leedora de la Biblia; venía de las montañas del valle del Elqui, de hermana profesora. Ella, que también lo fue, lo pagó caro. Partió a la entonces lejana Punta Arenas a dirigir un liceo. Viajó por el mundo regalando su experiencia de educadora y poetisa. Harto hizo por Neftalí Reyes cuando era profesora del liceo de Temuco, al que ayudó en sus comienzos poéticos, mucho antes de que se autonombrara Pablo Neruda. Conocía –olía– el genio.

Se carteó con muchísimas personas de esas que llaman personalidades. Habló en las Naciones Unidas. Era amiga de filósofos, políticos, poetas, gente de variados mundos y culturas. Se rodeaba de mujeres. ¿La rodeaban las mujeres? Da un poco lo mismo. Anduvo en trifulcas de ideas, en peleas diplomáticas porque no era, precisamente, diplomática. Pero no cejó nunca en su poesía. Escribió y escribió aunque fue magra en publicar. Hurgó en el budismo, pero siguió católica a su manera. Su Poema de Chile es un canto de amor a este país que se dio maña en maltratarla. Crecí escuchando que era ahombrada y fea. Pero no lo era. ¿No lo fueron, en las bocas fértiles de desdén y desazón, las mujeres que hicieron aquello que les estaba vedado? Y es que casi todo lo que las sacara del hogar, como decían, las convertía en seres desdeñables y peligrosos, ahombrados.

Estas cartas de la Mistral son un alma al desnudo. Muestran la soledad de una envejecida y mañosa poetisa, de una mujer que tenía motivos reales y concretos para sentirse maltratada. Su voladura pasional y desmedida, abierta con bisturí de morgue en este libro, cometiendo así una autopsia tosca de sus más privados momentos, da cuenta de la soledad de la Mistral. Con esas cartas intentaba llenar los años de su incipiente vejez. Aparece allí también el legajo de los papeles de adopción de Yin Yin, sobrino del que se decía era su hijo, que se suicidó en Petrópolis a los diecisiete años. Sobrino o hijo, pariente o desconocido, el muchacho fue su amor filial y su gran desastre moral. No se recuperó jamás de esa muerte. La llenó de mitos, leyendas, pena y furia. La muerte no se nos aparece justa cuando agarra al más joven, al más querido.

No deja de ser extraño que Doris Dana no guardara una sola de las cartas que escribió a Gabriela. Si bien es cierto que no ha de haber guardado copia, no es menos verdad que al convertirse en albacea de todo lo escrito por Gabriela Mistral le llegaran esas cartas suyas, de la que una muestra con claridad qué lejana se mantenía de esa vieja dama literaria que había decidido convertirla en su persona más querida.

Se han publicado de Gabriela Mistral otras cartas con otros amores apasionados. Pero su amor por Magallanes Moure no escandalizó. Rehusada, poetisa y provinciana, sirvieron más bien como anécdota pueril, acentuando, junto con la historia de Romelio Ureta, la idea de una mujer no tan femenina como exigían la cultura y los buenos modales, una escritora críptica y ardorosa, que no sabía de medias tintas y declaraba amores y perdones y preguntaba a Dios por qué la había abandonado: “Padre Nuestro que estás en los cielos,\ ¿porqué te has olvidado de mí? \Te acordaste del fruto en febrero\ al llagarse su pulpa rubí.\ ¡Llevo abierto también mi costado,\ y no quieres mirar hacia mí”.

Los artículos que por años envió a El Mercurio, algunos recopilados gracias al trabajo de Alfonso Calderón, son una muestra de su cabeza portentosa. Acá no gustaba su castellano excesivo, laborioso, refinado. Quienes dictan las leyes de las buenas costumbres nacionales han decapitado la lengua en Chile. Miles de palabras “suenan mal”. Quien aspire a trepar – y ella no fue jamás trepadora– deberá evitar decir “provecho”, “con perdón de la expresión”, “rubor”, “cabello”, “bebé” y otros múltiples ejemplos, aunque está bien visto llamar al color naranja “naranjo”. En Chile, hablar mal es ser “gente bien”. Rara lengua de la tierra que la Mistral llamó “lagartija mineral”.

Para recordar: su maravilloso artículo sobre Castilla con una conversación imaginaria con Teresa de Ávila en un tren en Castilla la Vieja; su texto sobre los gusanos de seda y la fabricación de la seda en Francia. No menos, su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura.

Para no olvidar: su muerte solitaria en un hospital de Nueva York, su amor por la conversación sobre temas intrincados y sabidurías ancestrales; su sencillez de vida, su amor por la naturaleza y su intensa y provocativa preocupación por la pobreza extrema de hispanoamérica.

Para reflexionar: ¿qué sabemos de la homosexualidad? Biológicamente, no desconoceremos a los hermafroditas. Psicológicamente, nada hay probado. Pareciera que hay un gen que obliga. La iglesia Católica condena a los homosexuales siempre que no estén entre sus fieles servidores. Existen dudas científicas sobre la homosexualidad, pero existe desde que hay memoria.

El talento de Gabriela Mistral no disminuye ni acrecienta por su condición sexual. Una mujer con la cabeza puesta allá por las alturas donde otro no ha llegado, incapaz de prepararse hasta una taza de té, inerme en el mundo de lo cotidiano, buscó la proximidad de aquellas que podían ayudarla a vivir diariamente. Amó o no amó ya es otra historia. Su soledad, su fragilidad, la hicieron desolada y frágil. Su poesía la hizo grande.

Es una medida de su calidad humana el que no dejó de creer en la pasión, el amor, la caridad, la justicia y la belleza del mundo aún en su vejez. Muchos entran en la vejez amargos y pétreos. Ella murió humilde, no conocía la altivez.

Da vergüenza que los chilenos hablen de ella y no lean su obra. Leerán, apuesto, estas cartas privadas que no guardó, no era mujer de papel de calco. Doris Dana si las conservó. Pregunta necesaria: ¿qué ocurrió con las cartas de Doris Dana? De seguro estaban entre los papeles de la Mistral, que no botaba nada. Pero se hicieron humo.

Leer su poesía y sus artículos es conocerla. Leerla con intención y sin perspicacia, dejar de lado su obra en nombre de unas cartas de vieja solitaria y apasionada que busca ser querida, que insiste en querer, es no entenderla. Para hablar del amor no utilizó la lengua de los ajenos a la poesía, la belleza y la pasión: “Anda libre en el surco, bate el ala en el viento \ late vivo en el sol y se prende al pinar.\ No te vale olvidarlo como al mal pensamiento: \ ¡le tendrás que escuchar! […]

A la Mistral aún tratan de sacarla de su lugar: Pura médula sus palabras. Ni un átimo de grasa en sus escritos. Poetisa, prosista curiosa de mundo, de naturaleza, de aves y animales. Sólida y exclusiva, su lengua no es de este mundo. “Habla lengua de bronce y habla lengua de ave”. Tal lo escribió en Amo Amor.

Señora doña Gabriela, yo sé que no escribiría usted como un abogado o un ingeniero, como un alguacil o un gerente, y le pido perdón por esta imprudencia tardía y vana.

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Comentarios (4)

Andrés

Una artista es su época y también su forma de vida. Conocer a esta mujer grande, en su integridad, ayuda a comprender su tiempo. Una o dos cartas, un pecado de vejez o de juventud, la historia se hace con los detalles. Salud Marta, en todo caso, por ayudarnos a pensar con sus notas en El Periodista.

viernes 25 de septiembre 2009 a las 19:03
1
Margarita

Muy buena columna. Una vez más he quedado deslumbrada con su capacidad para analizar y criticar. Felicitaciones.

lunes 28 de septiembre 2009 a las 00:28
2
Fernanda

Idem. Comparto los comentarios anteriores. ¿Por qué no se escuchan voces como las de Marta en la TV? Salud a El Periodista!!!

lunes 28 de septiembre 2009 a las 20:58
3
Margareta

Comparto lo dicho y disfrute leyendo el articulo. Ojala algun dia pueda yo encontrar quien publique lo que yo escribo.
Grattis grattis!! (felicitaciones Marta)

domingo 4 de octubre 2009 a las 12:26
4

Los Comentarios se han cerrado.

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