Prats, el alter ego de Pinochet

lunes 2 de octubre 2017
|
por

Cuando se iban a cumplir 30 años del asesinato del ex comandante en Jefe del Ejército, en el 2003, la periodista Pamela JIles escribió esta crónica y perfil que hoy rescatamos del archivo para nuestros lectores.

Por Pamela Jiles Moreno (2003)

Dicen que el fantasma de Prats le penaba a Pinochet. Después de su asesinato en Buenos Aires, en septiembre de 1974, el dictador comenzó a sentir la presencia nocturna del ex comandante en jefe del Ejército.

Al comienzo eran solo ruidos extraños en la casa. El general Pinochet, supersticioso por herencia materna, insistía en atribuir este deambular sobrenatural a su antecesor en el cargo. Más tarde, el ánima de Prats se instalaba a los pies de su cama y no lo dejaba dormir. Ni a él ni su esposa Lucía.

Desesperados y mal dormidos… se cambiaron de casa.

Lo habían mandado matar en el jubileo del primer año de la dictadura, como signo inequívoco de la poca gana de su subordinado, Pinochet, de permitir que siguiera respirando el único hombre con la capacidad de formar un gobierno en el exilio.

Hace veintinueve años, Prats contaba con un notable ascendiente sobre muchos oficiales que habían servido bajo su mando. No obstante su polémica participación en el gobierno de la Unidad Popular, era percibido entonces por el grueso del Ejército como un general valeroso -capaz de enfrentar al golpismo con su propio cuerpo- y un militar con una capacidad intelectual sobresaliente. Ambas características, especialmente peligrosas para el que había sido su hombre de confianza, su mano derecha, su segundo al mando: Pinochet.

EL SUBORDINADO SE INSUBORDINA

El general Carlos Prats González había entregado el mando del Ejército a Pinochet totalmente convencido de que éste era leal a la línea central de su pensamiento y acción: que esa institución armada debía aportar a una salida política a la crisis del país y desbaratar cualquier intento de insurrección militar.

“El general Pinochet, como Jefe del Estado Mayor General del Ejército, contaba con mi más absoluta confianza. En los muchos momentos de extrema gravedad que me correspondió vivir y hasta el momento de mi retiro, él escuchó mis confidencias cuando examinaba la situación que se vivía y sus sombrías expectativas”, escribe Prats en Buenos Aires, ya exiliado, sin saber que en pocas semanas su cuerpo y el de su esposa serían destrozados por una bomba.

Sin recriminaciones y haciendo gala de caballerosa sobriedad, Prats registra en esos mismos días la “dolorosa sorpresa” que le produjo saber, por declaraciones del propio Pinochet, que ya desde abril de 1972 su subordinado de confianza planeaba a sus espaldas tomar el control del país por la vía armada.

De hecho, en los meses precedentes al Golpe, el Ejército con Prats a la cabeza había frustrado cinco intentos de insurrección, usando sus facultades, valor personal del Comandante en Jefe y un eficiente trabajo de inteligencia de la institución en nada parecido al que ostentó por estos días en el incidente en el consulado austral.

LA DOCTRINA PRATS

Desde que fue nombrado a la cabeza del Ejército por el presidente Frei Montalva, Carlos Prats se propuso como tarea prioritaria la de avanzar con una institución respetuosa de la constitución y sensible a los problemas de los sectores populares.

Carlos Prats fue un defensor del costitucionalismo al interior de las instituciones armadas. Consideraba que el Ejército debe ser obediente al poder civil democráticamente elegido, que su misión es la de garantizar la soberanía de los chilenos, sin deliberar en política. Creía firmemente en la disciplina y la cohesión militar para el cumplimiento de sus funciones.

Curiosamente, los militares que quebraron el estado de derecho e intervinieron en política a sangre y fuego, han deformado la trayectoria de Prats durante treinta años.

Pinochet hizo una gama amplia de esfuerzos para enlodar la figura de su superior, mostrándolo como un personaje servil al comunismo, alejado de la doctrina institucional. Y hasta hoy los pocos gestos de reivindicación de su figura por parte del mando del general Cheyre, aparecen tímidos y deslavados.

Prats, como el actual Comandante en Jefe, suscribía plenamente los lineamientos hechos por el general Schneider, que no concebía en ningún caso a las fuerzas armadas como una alternativa de poder y que afirmó que “hacer uso de las armas para llegar a la conducción del país implica simplemente un desconocimiento y aún más una traición al país que le ha entregado esta tarea”.

Hay que recordar que la participación del general Prats en el gobierno -y la de otros mandos militares- se da en el marco de la Guerra Fría y en el inicio de un proceso revolucionario en Chile, que desde el primer momento se intenta frustrar por medios militares. Esta confrontación entre un proceso de transformaciones que se abre paso y la conspiración que se instala en su contra, colocó objetivamente a los mandos de las fuerzas armadas en un papel muy central.

Como en la sociedad, al interior del Ejército también convivía -como hoy- una orientación constitucionalistas -doctrina Schneider- con otra básicamente anticomunista -doctrina de la seguridad nacional- muy exaltada por ideólogos civiles de derecha que asignan una función mesiánica a estas instituciones, muy funcional con el golpismo.

En este contexto, Prats no suscribe un compromiso con Allende sino con la soberanía popular que había dado origen a un gobierno legítimo. Intenta mantener la cohesión y la verticalidad del mando del Ejército, pero va más allá. Como él mismo señala, contribuyó a “una participación realista de las Fuerzas Armadas en las grandes tareas del desarrollo del país que tiene trascendente incidencia en la seguridad nacional”.

Cada vez que se presentó el riesgo de una intervención militar, el general Prats reiteró su razonado rechazo a tal posibilidad: “Hay algunos chilenos que piensan que las soluciones deben ser de fuerza… ¿A qué conduciría? A una dictadura. Tendría que ser implacablemente represiva… A la semana siguiente de los aplausos al dictador, los políticos de los bandos más encontrados estarían unidos gritándonos `gorilas’ y pidiendo elecciones. No… no acariciamos la idea de reemplazar el poder civil, ni es nuestra misión”, afirmaba en revista Ercilla en noviembre de 1972.

Contrariamente a lo que se ha sostenido, Prats no era en ningún caso un hombre de izquierda, ni siquiera progresista en muchas materias. Católico observante, hijo de una familia conservadora de provincia, en la mayoría de los aspectos tenía una visión tradicionalista. Aparentemente, Prats votó por Jorge Alessandri, el candidato de la derecha en la elección presidencial.

Tampoco fue amigo íntimo de Allende, como se ha dicho. Prats y el Presidente se tenían mutuo respeto (ver recuadro). El general afirmó sobre Allende: “No compartí su ideología marxista pero lo enjuicio como uno de los gobernantes más lúcidos y osados del Chile del siglo veinte y, al mismo tiempo, el más incomprendido”. Palabras que hacen meditar hoy sobre su propia persona.

PRATS EL INTELECTUAL

Prats pertenecía a una casta de militares que pareció extinguida durante los años de la dictadura, en que más bien arreció un estilo vulgar e ignorante en los cuarteles.

En 1957, mientras trabajaba en el Departamento Confidencial del Ministerio de Defensa, escribió un ensayo sobre Benjamín Vicuña Mackenna que fue reeditado en 1973 por su notable calidad. Al revisarlo hoy es posible captar una pluma suelta y una basta cultura en el autor.

Carlos Prats había cultivado la excelencia intelectual desde muy joven. Ya en el Liceo de Concepción se destacó por sus conocimientos de Filosofía y Ciencias, y de la Escuela Militar -en la que entró con sólo dieciséis años- egresó por cierto como el primer alumno.

Según señaló mucho después en sus memorias, ya en esos años de la década del treinta “había aprendido la lección de que el Ejército es una institución que no tiene derecho a usar ilegítimamente las armas que el pueblo le entrega para la soberanía de la patria, contra sus propios compatriotas”.

De la Academia de Guerra egresó en 1949 como el mejor alumno, seguido de René Schneider.

Si se conoce poco que el general René Schneider era un pintor aficionado bastante bueno, algunas de cuyas acuarelas están aún perdidas en los subterráneos de la Escuela Militar, tampoco se ha divulgado que su sucesor, el general Prats fue un entusiasta cultor de la escritura en todos sus géneros.

Más de diez años después de su muerte, en 1985, salieron a la luz pública sus ya famosas memorias, un valioso documento histórico que el llamó “Testimonio de un Soldado”, que además de una biografía quiso ser una reflexión sobre las convicciones de un militar de pensamiento democrático-constitucional.

Terminó escribiendo esta autobiografía cuando emprendió en el exilio un proyecto que había mascullado durante décadas: hacer un libro que debería llamarse Historial Mítico del Ejército de Chile, en el que pretendía mostrar a su institución como “salvaguardia de la democracia, de la paz social y de la soberanía nacional”.

Exactamente los mismos objetivos que se proponía el joven mayor Ramírez, protagonista del cuento titulado”Tribunal de Honor”, que Prats escribió en 1968, y con el que ganó el segundo lugar de un concurso literario nacional.

Prats aprovechó y profundizó su formación. Decidió ser un soldado -como le gustaba llamarse- culto, ilustrado, amante de las artes, poseedor de una extensa y variada biblioteca, de espíritu refinado y acervo intelectual sobresaliente. Las mismas características que tímidamente comienzan a rescatarse hoy en algunos miembros del Alto Mando de general Cheyre.

El mismo general Cheyre que, a sólo un mes de haber asumido como líder del Ejército, rescató del silencio al innombrable general Carlos Prats cuando señaló: “Hemos hecho un proceso de reflexión, de cambio de la comprensión de los fenómenos que nos llevaron a actuar de una manera que decididamente está mal y que no se borrará por un acto de perdón”. Y añadió: “El crimen del general Prats le duele a la institución. El Ejército se conduele del asesinato de un ex Comandante en Jefe y su esposa”. Era la primera vez en veintiocho años que se reivindicaba al general asesinado. Incluso el Ejército realizó una misa en su memoria, con la presencia de sus familiares y del Alto Mando actual, en la línea de “reparar sensibilidades”.

Habrá que ver que prepara el Ejército para la conmemoración de los treinta años del asesinato de su ex Comandante en Jefe.

PRATS EN POLITICA

Hasta septiembre de 1970, la vida del general Prats seguía el curso regular de una carrera militar sin sobresaltos. Todo parecía indicar que en los siguientes años sería llamado a retiro, luego de servir lealmente como segundo de su amigo el general Schneider. Pero tras el triunfo de la Unidad Popular en las elecciones de ese año, se sucedieron una serie de acciones irradiadas desde la Casa Blanca para impedir la llegada a La Moneda de Salvador Allende.

La más potente de ellas fue el asesinato del comandante en Jefe del Ejército, baleado por un comando de ultraderecha. Carlos Prats fue designado entonces a la cabeza de la institución. Al asumir el mando dejó en claro su pensamiento al invocar “un anhelo supremo de que vuelva la cordura a los espíritus y que impere la concordia ciudadana para que no desintegremos la comunidad nacional y marchemos adelante en genuina democracia, optando por la ruta constructora del sacrificio solidario”.

A mediados de 1972 -en un marco de creciente inestabilidad, se llevó a cabo un paro del transporte y el comercio, hecho que generó la formación de un gabinete con presencia militar. En medio de un clima convulso, el presidente Allende llamó a oficiales de las Fuerzas Armadas a desempeñar funciones de gobierno con el objeto de construir paz social. Prats asumió como ministro del Interior. Más adelante se desempeñó en la cartera de Defensa y como Vicepresidente de la República.

El 29 de junio, el general Prats sale personalmente de La Moneda y reduce a los tanquistas que intentaban dar un Golpe apuntando contra la casa de gobierno, en lo que se conoció como “el tancazo”.

En los siguientes meses el general Prats es hostigado en su casa, en la calle y por algunos de sus propios subordinados. Al no conseguir un apoyo explícito de su cuerpo de generales, Prats decide renunciar al gobierno y al Ejército. El clima de polarización generalizado en el país, la presión para destituir al presidente Allende, la creciente politización de la oficialidad y la provocación constante de las Fuerzas Armadas por parte de la derecha, lo hacen temer una guerra civil.

“Yo tenía la esperanza -señala- de que al dejar el cargo de ministro del Interior y reintegrarme a mis funciones técnico-profesionales ya no existiría preocupación por mi actuación. Sin embargo, lamentablemente no ha sido así y cabe atribuirlo al estado de enajenación en que se agita el ambiente en nuestro país ante una aguda contienda ideológica”.

El 23 de agosto presentó su renuncia al mando de su institución, porque “no quería quebrar el Ejército” (ver recuadro). En sus memorias relata que aseguró al presidente Allende que “si me sucedía el general Pinochet, que tantas pruebas de lealtad me había dado, quedaba una posibilidad de que la situación crítica general del país propendiera a distenderse”.

Salen con él sólo dos generales leales, Mario Sepúlveda y Guillermo Pickering. “Sin la presencia de esos tres generales todo se solucionaba”, diría más tarde Pinochet al dar su versión de los hechos. Según el dictador, Prats era “el mayor obstáculo que se debía enfrentar, pues era totalmente adicto a Allende”.

Cuatro días después del Golpe el general Prats viajó a Argentina, país en el que se había desempeñado como agregado militar. Se radicó en Buenos Aires donde trabajó como contador y articulista del diario La Opinión, con el seudónimo Aristarco, que lo había acompañado toda su vida. Pero su mayor dedicación la puso en escribir un recuento de su vida, una especie de exorcismo contra las traiciones que le agobiaban en el exilio.

El general Prats fue asesinado por una bomba colocada en su automóvil pocos días después de haber terminado las páginas finales de sus memorias.

En las últimas frases de ese testimonio, el soldado Prats habla proféticamente del tiempo que comenzamos a vivir, adelantándose en tres décadas al “reencuentro” y el “nunca más” del general Juan Emilio Cheyre: “Muy difíciles -dice Prats- son los obstáculos que las Fuerzas Armadas y Carabineros tendrán que franquear en el futuro mediato para retornar a su sitial de legítima institucionalización, para recomponer su aptitud profesional en beneficio de la razón de ser de su existencia y para concitar el respeto y el cariño desinteresado de todos los sectores de la comunidad nacional. Una vez que sus miembros tomen conciencia individual de la incuestionable necesidad patriótica de una estrecha identificación de los institutos armados con los intereses del pueblo, que son comunes a la gran mayoría nacional, y desplieguen en conjunto un sincero y supremo esfuerzo doctrinario verticalista para anteponer al egoísmo y a la pasión, la divisa del honor y del espíritu militar, el guerrero podrá pasar al reposo anímico y el sol de la convivencia cívica logrará disipar la espesa niebla que cubre el campamento”.

SIGUE LEYENDO…

Palabra de Allende (Carta al general Prats)
Estimado señor general y amigo:

El Ejército ha perdido su valioso concurso, pero guardará para siempre el legado que usted le entregara como firme promotor de su desarrollo, que se apoyó en un orgánico plan que coloca a tan vital rama de nuestras Fuerzas Armadas en situación de cumplir adecuadamente sus altas funciones.

Su paso por la Comandancia en Jefe significó la puesta en marcha de un programa destinado a modernizar la infraestructura, el equipamiento y los niveles de estudio de nuestro Ejército, para adecuarlo a los niveles que demandan las tecnologías y ciencias actuales. Esto se le reconoce ahora y se apreciará mejor en el futuro.

Es natural que quien fuera el alumno más brillante, tanto en la Escuela Militar como en la Academia de Guerra, aplicara, en el desempeño de las más altas tareas del Ejército, elevada eficiencia, riguroso celo profesional y efectiva lealtad con los compromisos contraídos con la nación, su defensa y su sistema de Gobierno.

No es solamente la autoridad gubernativa la beneficiada con su conducta. Es toda la ciudadanía. Sin embargo, estoy cierto que, dada su recta definición de soldado profesional, usted considera que, simplemente, cumplió con su deber. A pesar de ello, señor general, me corresponde agradecer, en nombre de los mismos valores patrióticos que defiende, la labor que usted desempeñó.

Expreso una vez más el reconocimiento del Gobierno por su valiosa actuación como Vicepresidente de la República, ministro del Interior y de la Defensa Nacional. Su invariable resguardo del profesionalismo militar estuvo siempre acorde con el desempeño de sus difíciles responsabilidades, porque comprendió que, al margen de las contingencias de la política partidista, ellas están ligadas a las grandes tareas de la seguridad del país.

El encauzamiento del Ejército dentro de las funciones que le determinan la Constitución y las leyes, su respeto al Gobierno legítimamente constituido fueron reafirmados durante su gestión, de acuerdo con una conducta que ha sido tradicional en nuestra nación, que alcanzó especial relevancia frente a los incesantes esfuerzos desplegados por aquellos que pretenden quebrantar el régimen vigente y que se empeñan con afán bastardo en convertir a los institutos armados en un instrumento para sus fines, despreciando su intrínseca formación.

A usted le correspondió asumir la Comandancia en Jefe del Ejército en momentos difíciles para esa institución y, por lo tanto, para Chile; sucedió en el alto mando a otro soldado ejemplar, sacrificado por su riguroso respeto a la tradición constitucionalista y profesional de las Fuerzas Armadas. El nombre de ese general, don René Schneider Chereau, trascendió nuestras fronteras, como símbolo de la madurez de Chile, y reafirmó el sentido o’higginiano impreso en el acta de nuestra independencia y que consagra el derecho soberano de nuestro pueblo para darse el Gobierno que estime conveniente.

Su nombre, señor general, también desbordó nuestro ámbito, al punto que en otras naciones aprecian, en toda su dimensión, su actitud profesional insertada en el proceso de cambios impuesto en Chile por la firme vocación de su pueblo.

Es este un momento en que hay chilenos que callan ante las acciones sediciosas, a pesar de hacer constantes confesiones públicas de respeto a la Constitución. Por eso, su gesto significa una lección moral que lo mantendrá como una meritoria reserva ciudadana, es decir, como un colaborador de la patria con el cual estoy seguro ella contará cuando las circunstancias se lo demanden.

Los peores ataques dirigidos contra usted constituyen una parte de la escalada fascista en la cual se ha llegado a sacrificar al comandante de la Armada Nacional, mi edecán y amigo, Arturo Araya Peeters, quien fuera ultimado por personas pertenecientes al mismo grupo social que tronchó la vida del general Schneider. Es éste un duro momento para Chile, que usted lo siente de una manera muy profunda.

El gesto de su renunciamiento, motivado por razones superiores, no es la manifestación de quien se doblega o rinde ante la injusticia, sino que es la proyección de la hombría propia de quien da una nueva muestra de responsabilidad y fortaleza.

Lo saludo con el afecto de siempre.

Salvador Allende Gossens

Comparte:

No hay comentarios

Los Comentarios se han cerrado.

.