En la recta final

lunes 11 de enero 2010
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“En este ejercicio la valoración del voto de cada ciudadano enfrentará un discurso de cambio y continuidad en el caso de Piñera-Frei o de cambio y cambio si pasara a la segunda vuelta ME-O, planteando una suerte de simplificación respecto a lo que esta campaña no ha tenido que es el contenido”

Estamos próximos a develar el misterio que conlleva una elección presidencial. Sabremos finalmente si la estructura de partidos de la Concertación, con la ayuda del gobierno, podrá pasar a Eduardo Frei a la segunda vuelta o, si por el contrario, se produce un cambio sustantivo en el comportamiento electoral y es Marco Enríquez-Ominami quien deberá enfrentar a Sebastián Piñera cuya opción triunfadora se mantiene, aún cuando el desafío para el ballotage puede tener ribetes hasta ahora impensados.

Resulta difícil abstraerse del ambiente electoral, especialmente cuando todo pronóstico coloca el mayor desafío en la Concertación y no en la Alianza. Al efecto, es probablemente la primera vez que el ambiente de triunfo favorece al candidato de centroderecha. Si bien, resulta evidente que los procesos electorales generan expectación y distintas expresiones asociadas a los compromisos y visiones políticas, al final son los votos los que determinan la realidad.

El día después de las elecciones será de análisis y proyecciones para la segunda vuelta. Como en toda competencia electoral de esta naturaleza la opción de los candidatos se orienta a conquistar el voto más débil del adversario y lograr la mejor distribución a su favor de los sufragios descolgados de la primera vuelta. Lo notable es que en este ejercicio la valoración del voto de cada ciudadano enfrentará un discurso de cambio y continuidad en el caso de Piñera-Frei o de cambio y cambio si pasara a la segunda vuelta ME-O, planteando una suerte de simplificación respecto a lo que esta campaña no ha tenido que es el contenido.

La situación de Chile no es la única que se ha planteado en el planeta. Al efecto, cada una de los actos eleccionarios realizados en el mundo occidental ha dado cuenta de fórmulas distintas pero convergentes en su esfuerzo de lograr el respaldo de ciudadanos. Los factores comunes están relacionados con las ideas de dialogo, integración, no exclusión y cambio, contrastando con aquellas que se plantean de manera confrontacional y excluyente en la idea de que la presión sobre el inconciente ideológico del votante producirá un retorno a su visión política de esa naturaleza. Ello se refleja en la búsqueda de separar a la ciudadanía en izquierdas y derechas, obligándolos a optar.

Lo concreto es que la línea de separación entre izquierdas y derecha se ha ido transformando en una frontera o área difícil de definir, donde el cruce de un lado a otro es cada vez mas frecuente al punto que varios que en antaño se autodefinían en un lado, hoy día están dispuestos a declarar su opción electoral por el contrario. No obstante esa elección, una vez que se entra a esa zona y se cruza por tanto la línea de separación ideológica tradicional, no hay una sensación de desubicación o error que requiera ser reparado o del cual se sienta responsable. Cuando ello sucede, tenemos un proceso de desideologización respecto a las opciones de décadas pasadas, con lo cual se plantea la búsqueda de nuevos referentes ideológicos que den cuenta de lo que sucede en la sociedad. De allí que la personalización de la política como el surgimiento de los denominados “díscolos” sea una expresión de dicho proceso.

Con este antecedente las democracias en América Latina enfrentan un desafío, al menos, triple, en el sentido de que los procesos de consolidación democrática significaron la implementación de reformas, adecuaciones y el diseño de un mejor Estado que, como sabemos, suele ir acompañado de políticas públicas y mayores regulaciones y controles del Estado sobre distintas actividades, pero sin abandonar la economía de mercado y manteniendo la ilusión de participación política; el segundo elemento que se perfila como central, es el debilitamiento constante del sistema de partidos, donde la fragmentación de cada uno de ellos, los conflictos asociados , los personalismos y otros argumentos que siguen la misma lógica, dejan a los partidos como entes de muy baja representación ciudadana y con el agravante de que no lejos de construir una sintonía con ellos, mas bien lo que hacen es parapetarse en su discurso en la creencia de que ello evita la fragmentación al no reconocer la crisis interna que cada partidos tiene y que se niega a reconocer; el tercer elemento es el grado de participación política, toda vez que, por una parte, la cantidad de no inscritos ronda el 40 por ciento de los que poseen edad de votar y, por otra, los grupos desencantados de los partidos y la política parecieran aumentar o mantenerse en porcentajes notablemente altos y persistentes en el tiempo.

Resulta paradojal que el ciudadano que hoy día está dispuesto a cruzar esa línea ideológica y que a la vez critica el sistema de partidos, prefiera muchas veces abstenerse de influir en el sistema. La razón para ello es relativamente simple, pues la estrategia de las cúpulas partidarias es encerrase sobre sí mismas con tal de no ver cuestionado su poder o su conducción.

En este escenario parece lógico pensar que la segunda vuelta será menos confrontacional de lo esperado, aunque sí de mucha intensidad. El argumento es que ninguno que gane tendrá asegurado mayorías o podría dar como dato dado una alta gobernabilidad, pues estará obligado a ofrecer participación a su contrincante o integrar a personeros de la oposición para asegurarse una mínima capacidad de negociación con la zona fronteriza que se ha creado alrededor de la línea que separaba la izquierda y derecha. Esto es, por demás, lo que han hecho quienes han triunfado en elecciones en Europa y que se impone, por la vía de los hechos, también en Chile.

Tenemos entonces una mirada electoralista tradicional que se manifiesta en esos llamados de “no votar por la derecha”, a sabiendas que habrá votantes de uno y otro bando que lo harán cruzados de manera ideológica y no de candidatos. A su vez, la necesidad de integrar a los del otro bando en el gobierno deja en evidencia una cuarta cuestión que no resulta menor, como es el hecho de que los gobiernos aseguran su gestión manteniendo el modelo de desarrollo, como ya lo hemos señalado, pero también gobernando con el menor compromiso posible con los partidos o más bien generando una relación instrumental con ellos y sus parlamentarios conforme sean las necesidades legislativas, pero dejando atrás definitivamente esa motivación de bloque que caracterizaba la democracia.

Probablemente usted lector es una persona informada y con el voto definido. La advertencia es justamente para que juntos podamos aportar a romper este proceso cuyo resultado es el debilitamiento democrático, la pérdida de legitimidad y la carencia de pensamiento innovador para plantear una propuesta que reoriente el quehacer partidario. Si los partidos se quedan solos y no se lucha por su renovación de ideas, la democracia entra a un sendero de no retorno.

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